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17/5/13

La puerta



Despertó temprano. Una tibia luz ingresaba a través del ventanuco superior. Suave, apenas un trazo luminoso. Del otro lado de la puerta venía un murmullo constante. Creciente. Asombrado, apartó las mantas y, con lentitud de huesos viejos, se bajó de la cama y caminó hacia la puerta. Raro: la puerta de la celda estaba entornada. Se refregó los ojos, creyendo que lo traicionaban. Pero no era así. El murmullo se colaba por la rendija apenas entreabierta. Por un segundo se sintió de nuevo joven, el uniforme impoluto, las carnes firmes, y empujó la puerta con decisión. Entonces los vio. Cubrían un pasillo que ya no parecía existir de tan ancho y largo y alto que era. Apiñados hasta donde la vista pudiera alcanzar: eran cientos y más cientos. Miles. Murmuraban y el murmullo ensordecía. Tendían las manos pálidas hacia él, y él quiso retroceder, volver a su celda, cerrar la puerta, ahora que por fin comprendía por qué esa puerta estaba entreabierta, ahora que por fin miraba cara a cara a los muertos que había matado, y eran miles, venidos de todas las tumbas, de todos los ríos y todos los pozos para estar allí, justo allí, justo en ese momento. ¡Habían esperado tanto tiempo por él!

El director del Servicio Penitenciario Federal confirmó que Jorge Rafael Videla falleció por la mañana, de muerte natural, en el módulo 4 del Complejo Penitenciario Federal 2 de la ciudad de Marcos Paz, constatándose su óbito a las 08.25 hs del día viernes 17 de mayo de 2013.

21/3/13

El ángel chueco



Nana para alguien muy querido


Cuando cumplí los diecisiete cursaba el último año de la secundaria y con Jorge, mi novio, planificábamos casarnos en un par de años. Luego, a los diecisiete y medio, me hice cargo de mi vida.

Terminé aquella fiesta de cumpleaños acodada en el alféizar de la ventana de mi dormitorio, mientras me cepillaba los dientes, casi dormida. Estaba agotada de cerveza, música, arrumacos y peleas.

Y entonces, la luna.

Con esa luz helada que a veces tienen las lunas invernales, redonda, pura escarcha. Por un instante la imaginé grávida, y me pregunté si acaso el conejo que vive en sus cráteres podría ser una coneja dando fin a una larga preñez, y si en la superficie lunar habría suficiente alimento para una prole de conejitos. En eso estaba cuando creí ver una sombra que no era la de un conejo pero que parecía descender de la propia luna. Se descolgó por las ramas del jacarandá y al tocar la tierra brilló fugazmente y se esfumó. Yo no sabía qué había visto, si es que había visto algo. Me quedé largo rato allí, la frente pegada al cristal, tiritando de puro frío y de un miedo aún más diáfano.

Tiempo después, cuando ya había trabado relación con él, supe que sí, que mi ángel chueco se había descolgado de la luna la noche de mi cumpleaños diecisiete. Me lo contó otra noche de luna llena, con las ventanas abiertas de par en par ante una primavera anticipada y ambos en el segundo vaso del vino añejo que le robé a mi padre. Solíamos quedarnos en la penumbra, yo arrebujada bajo las sábanas, él en cuclillas a los pies de la cama, contándonos uno al otro la magia de su propio mundo. Por eso, de tanto contarle a él cómo era mi mundo, y de tanto que él me escuchaba absorto y maravillado, descubrí que había magia en mi vida. 

Nunca le hablé a Jorge sobre mi ángel chueco; Jorge no hubiera entendido. Al fin lo dejé a él y a los muebles que estaba comprando a plazos, para cuando nos casáramos. Abandoné sin un suspiro el futuro que meses atrás me había parecido promisorio. La magia me arrastraba con ella, y no quería volver a la soledad de un páramo sin lunas que vomitasen conejos prolíficos y ángeles estrafalarios. 

Le dije a todos: me hago cargo de mi vida, ¡ya es hora! Vi, en la sonrisa de mi madre, una comprensión que no esperaba de ella, y en la mirada pensativa de mi padre la aceptación que tampoco esperaba de él. 


A veces mi ángel volaba a otros lugares, a buscar otros mundos con los cuales empaparse de historias; solía desaparecer por días, meses, y regresaba cargado de emociones y relatos que intercambiaba con los míos.  Caminábamos por las calles y  los campos, despacio, porque sus pobres piernas chuecas y torpes no daban para más. Hablábamos, y a veces yo lloraba sus penas y a veces él reía mis risas. Cometía conmigo mis errores y tropezaba con las mismas piedras que yo ponía en mi camino: era chueco y torpe, el pobre. No era mi ángel de la guarda. «Tonta, no existen. Créeme, esto de los ángeles es lo mío», decía. Pero estuvo a mi lado durante mis estudios y también en esos viajes insólitos a parajes extraños que yo hacía siempre que podía. Fue el primer crítico de mis pinturas. Y el último; a la postre, tuve que reconocer que no servía para eso. Él me animó a la música: «Vamos, todos los ingenieros químicos deben hacer música, ¿no lo sabías? Es un axioma matemático… ¿Pero es que no te enseñan nada en la Facultad?», decía, y entre examen y examen me arrastraba a esos cafés bohemios donde mi guitarra terminó siendo tan apreciada que nadie creyó que supiera  calcular flujos de masa.

Volaba al corazón de los hombres que yo conocía y me traía el aroma de las flores que había en ellos. A veces, el olor era fétido.  El día que trajo un corazón perfumado de violetas me guiñó un ojo, lo dejó en la mesa, y sin decir palabra rengueó hasta la cocina, para continuar desarmando el horno de microondas. Quería descubrir dónde estaba el fuego que calentaba su café con leche.  

Las violetas son mis flores preferidas, como bien sabía él.


Anoche mi ángel chueco regresó a la luna. Lloré lágrimas dulces cuando abrí la ventana, me despedí de él y lo vi trepar por esa larga escalera. No sé qué haré sin su compañía. Dijo que ya deseaba demasiado el frío del vacío interestelar; que tenía suficientes historias para contar a la vera de la luz de las estrellas, arriba, en la superficie de la luna, a los otros ángeles.  Y que también me extrañaría. 

Me prometió que cuando mi niña cumpla los diecisiete, regresará.  

Me prometió que si mi niña no es capaz de saquear la alacena para invitarlo a un desayuno de medianoche en el jardín, me soplará pesadillas al oído, todas las noches, sin faltar una. 

Aunque sé que nunca volveremos a vernos, también sé que sabré que si la heladera amanece vacía, y no logro encontrar el sacacorchos pero sí las mantas húmedas de un rocío imposible, será porque mi niña ha salido al jardín, a festejar con sándwiches y vino blanco al ángel chueco. 

Y sonreiré, con esa sonrisa de mi madre, lejana ya en mis diecisiete y medio pero recién ahora descifrada.


(Publicado en Prosofagia 14)


6/2/12

La verdadera historia de Necroslogía




Como prometí en la entrada anterior: un cuento sin pies ni cabeza, un relato que escribí en los días en que las revisiones de Prosofagia y Necroslogía aterrorizaban mis neuronas y necesitaba fugarme de la realidad...



La verdadera historia de Necroslogía


Dedicado con todo mi cariño
a los compañeros de La Tribu



Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…

habíase que se había llegado una nave hiperlumínica —algo vieja y descascarada, mohosa por dentro y oxidada por fuera— proveniente de un ignoto planeta situado en el traste de una galaxia de escaso renombre. Llegó a través de un portal transgaláctico de porquería, temperamental, de esos que aparecen y desaparecen cuando se les viene en ganas. Ahora no lo encontrarán por ningún lado: luego de los sucesos que paso a relatar fue bloqueado hasta el fin de los siglos amén (o hasta que el universo se congele, lo que antes suceda).

La nave traía una tripulación compuesta por quince ejemplares de la especie humaniforme de ese planeta, autodenominada Homo sapiens. También venía una colección de dieciocho ejemplares de la especie Monky monkito, con un coeficiente de inteligencia sensiblemente superior al de los humaniformes, tanto que se las arreglaron para subir a la nave como polizones y, una vez en el espacio profundo, convencer a los tripulantes de que no servían para otra cosa que para hacer morisquetas. De esa forma consiguieron viajar gratis, comer a sus anchas, dormir mejor todavía y divertirse hasta la muerte, trabajando poco y rascándose mucho, mientras los humaniformes sudaban la gota gorda de día y de noche intentando mantener de una pieza la pieza de museo que usaban de nave espacial.

Los humaniformes no tenían ni idea de a dónde habían arribado. Parece ser que atravesaron el portal sin darse cuenta, en un momento en que estaban ocupados dilucidando qué letra se veía más bonita sobre una lápida. Si esto os parece ridículo, permítanme aclarar que no les está pareciendo lo suficientemente ridículo: ¡la lápida era de mentirillas! Según ellos contaron, habían escrito un libro de cuentos sobre la Muerte, que no consiguieron publicar en su planeta pese a que intentaron los más diversos caminos. Un integrante se afilió a un partido político e hizo campaña durante diez años, con el exclusivo fin de ser designado Ministro de Educación e imponer el libro como obligatorio en las clases de literatura escolar; pero su partido nunca obtuvo más de un 0,0000001 % de los votos válidos. Otro jugó a la quiniela clandestina durante dos años, dos veces por día, hasta ganar un premio lo suficientemente importante como para autoeditar el libro… Lástima que, para ese momento, estaba en bancarrota, y se vio obligado a emplear el premio en evitar que lo desalojaran, por no pago de la hipoteca, de la carpa donde vivía, en los pastizales junto a las vías del ferrocarril. El más arrojado de ellos aprendió a usar el tablero ouija y se comunicó con los ancestros de los editores más afamados del ramo, e intentó convencerlos de que a su vez convencieran a sus descendientes (si era necesario, embrujando sus hogares con hordas de poltergeist) de publicar el susodicho libro. La jugada no salió exactamente como lo había planeado; requirió tres exorcismos, cinco contrahechizos celtas y quince sesiones de curación del empacho para liberarse de los fantasmas que se le habían acumulado en cuerpo y casa.

Esta buena gente, obsesionada con publicar sus cuentos, decidió tentar suerte en otro planeta. Se inscribieron en los cursos de astronáutica espacio-temporal y tras diez años de estudio intensivo obtuvieron los títulos correspondientes; entonces compráronse una nave en liquidación por vejez vetusta y, con todo en regla, salieron a la búsqueda de una editorial extra-planetaria.

Como ya conté, llegaron sin quererlo al planeta V23 de la galaxia Muy Muy Lejana. Sus habitantes, generosos y pacíficos, se compadecieron de los humaniformes y su triste historia e iniciaron una revuelta planetaria para obligar a las editoriales a hacerse cargo del librillo de cuentos. Craso error, que pagarían caro, como se verá a continuación.

En V23 desconocían la escritura. O la conocían pero no la utilizaban, lo cual viene a ser lo mismo para lo que nos importa. Sus libros eran audio-libros, ¡y qué belleza ver a los habitantes andar por calles y parques, con los auriculares conectados a sus tentáculos auditivos, leyendo sin cesar! Los accidentes de tránsito eran bastante frecuentes, pero eso no arredraba a los tantísimos y entusiastas lectores. Los cuales, tras el éxito de su revuelta planetaria estaban, imagínense, esperando entusiastas que se publicara el audio-libro de los humaniformes.

Previa traducción al lenguaje veveintitrésico.

Y ese fue el problema… La ortografía, sintaxis y estilística de los textos humaniformes no era apta para ser convertida en sonidos veveintitrésicos; la traducción condujo a una interminable cacofonía, a un ritual de cánticos pegadizos y a la vez horrísonos. Los habitantes de V23 cayeron en una espiral autodestructiva; incapaces de escapar al influjo demoníaco de las palabras-sonidos venidos de otra galaxia, no solo escuchaban una y otra vez los cuentos, sino que también los recitaban a viva voz. Dejaron de dormir, de comer, deambulando como zombies por ciudades y campos, arrastrando con ellos a niños en estado catatónico. El gobierno tuvo que movilizar a las fuerzas del orden y seguridad y de la salud, previo taponar sus tentáculos auditivos con gasa y envolverlos en vendas y yeso aislante. Recogían de las calles a los más afectados, los dormían con drogas o tentaculazos (lo que hiciera falta) y los arrastraban a los centros de salud psiquiátrica que se montaban casi en cada esquina. Los bomberos, ojerosos y macilentos, invadían las casas, bibliotecas y librerías secuestrando ejemplares del libro maldito para incinerarlos en los descampados. Pese a todo, la batalla se hubiera perdido si no fuese porque un funcionario hizo un descubrimiento asombroso: los empleados de las oficinas gubernamentales eran inmunes. Nunca se supo por qué, pero yo creo que la costumbre de oir papeles inútiles y absurdos, típicos de cualquier burocracia (sea de la galaxia que sea), los llevó a adquirir una resistencia inusual a los sonidos infernales. El caso es que el gobierno cerró todos los ministerios y envió a los empleados como fuerza de choque contra los libros. Fue la única vez en toda la historia del planeta que sirvieron para algo útil, ¡pero qué útiles fueron esa vez!

¿Y los humaniformes? Para salvarlos del linchamiento los encerraron bajo siete llaves en un refugio subterráneo cavado apresuradamente y sin comodidades. Aburrido, un refugio subterráneo sin comodidades. Para no aburrirse más, hartos de mirarse las caras y comer comida enlatada saborizada con sabandijas, decidieron escribir una segunda antología, cuyo título sería:
«De los extraños sucesos acaecidos en el viaje interestelar de una nave perdida a través de sistemas solares hiperespacios agujeros negros y otros accidentes geográficos de diferente naturaleza y de cómo alex boris clarinete edgardo elisabet esther gothian harvey nelo pedro pepsi plásido rafa valls zoquete lograron sobrevivir a la muerte por asfixia por envenenamiento serpenteril por gravedad excesiva por deshidratación desértica y otros accidentes (¿sinónimo?) terribles sufridos en su vagar sin norte ni guía ni esperanza ni fe ni jabón perfumado.»

Cuando los veveintitrésicos se enteraron del proyecto y tradujeron el título… Sin dilación alguna los cargaron en una nave y los enviaron de una patada tentacular a través del portal. Luego juntaron los bordes del portal y los engramparon. Para reforzar, cosieron el portal por encima de las grampas, con un bonito y sólido punto cadena y preciosas cuerdas de colores vivos. Una vez seguros de que estaba bien bloqueado, lo impulsaron con un cañón súper-impulso-de la muerte mundial hacia el borde de la galaxia. No volvieron a saber ni del portal ni de los humaniformes, hoy convertidos en el cuco para asustar a los niños que no quieren tomar la sopa.

¿Y los Monkys? Se fueron a una isla tropical, donde vivieron y se reprodujeron alegremente entre daikiris y hula-hulas. La colonia monkiana creció y creció, y al fin montaron un HumanisicPark, con el que ganan muchos pesos veveintitrésicos por año veveintitrésico, y continúan viviendo y reproduciéndose alegremente.





6/11/11

Al final de la jornada


—¿Y...?  —Movió la copa haciéndola tintinear sobre el vidrio oscuro—. ¿Pesado, el día?
—¡Qué va!... Excelente, excelente. A la centésima segunda computadora... No creerás mi suerte, ¡veintitrés capítulos de una novela!
—¿Inédita?
—Si no fuese inédita no estaría alegre como pascuas, ¿no te parece? ¡Hombre!

La sonrisa, de oreja a oreja.

—Pero... ¿revisaste...?
—Todo. Correos electrónicos, msn, cada carpeta de “mis documentos”. Todo.
—¿Foros, blogs, concursos?
—Nada. Inédita, te digo. Un pobre tipo que no sale de su madriguera. Como era yo antes de que la tuberculosis me trajera aquí.

Bebió un sorbo y volvió a hacer rodar el pie de la copa sobre el vidrio. A su alrededor las túnicas color cielo y nieve se confundían entre sí y con las imágenes en los espejos. Un dejo de envidia tiñó de amarillo pálido la suya; rápido, se obligó a pensar en otra cosa, cualquier otra cosa que lo arrancara de sus desvergonzados celos y devolviera a su túnica el color que debería tener. ¡Qué desdicha tanta vulnerabilidad!

—Y es buena. Es original, muy original, eso me dijo el Jefe —concluyó bajando la voz hasta el susurro.

Satisfecho, miró de reojo a su amigo, regocijado con sus esfuerzos por borrar el sucio amarillo de la túnica y obligarse a esbozar una sonrisa de compromiso.

—¡Qué...! ¿La leyó el Jefe? ¿Ya?
—Ya, sí. Tiene dos Editoriales interesadas en comprarla. Buen precio, ¡muy buen precio! Y espera más ofertas, mañana. Me dijo...
—¿Qué?
—Dijo que era el mejor negocio de La Otra Vida S.A. en un siglo.  Que esta vez nos pondríamos delante de la competencia. Que... —No pudo más y explotó—. ¡Me dará un ascenso! ¡Seré subgerente!

La túnica de su compañero tornó a un amarillo tan intenso que hería la vista. Varios fantasmas jóvenes, recién llegados al lugar, los miraron con curiosidad.

En ese exacto momento Joaquín Sindoque dormía intranquilo en su cuartucho de escritor ignorado. Seguiría siendo un escritor por cuatro meses y tres semanas más, hasta el día aciago que, paseando un ramo de rosas rojas que había comprado para su novia, descubrió en un escaparate la recién editada —y muy publicitada— novela Aguas de azúcar. Tembloroso, entró en la librería. Dos días después quemó en hoguera india su computadora, papeles y libros, abandonó la literatura, la ciudad y a Laura, y se embarcó rumbo a una plataforma petrolera, mar adentro. No volvió a saberse de él.

Nunca comprendió cómo su novela inconclusa fue plagiada hasta el último detalle. Eso lo atormentó hasta el bienaventurado instante en que una imprudencia lo explotó junto a la caldera.


13/3/10

Una hermosa mujer en el andén

—¿Mermelada?
—Sí, gracias.

Aún así, pálida y con las suaves ojeras del insomnio, seguía siendo hermosa. Se preguntó qué sentía verdaderamente por esa mujer, con la que había dormido tantas veces. ¿Una costumbre, una dulce costumbre de otoño ya en primavera? Él llegaba a la ciudad sabiendo que ella lo esperaba en la estación de trenes, y que le permitiría invadir su departamento por un par de días. Confiaba en encontrar su cepillo de dientes en el baño, las pantuflas esperándolo, una botella de su vino preferido enfriándose en la heladera. Cuando al caer la tarde ambos regresaban de sus ocupaciones, a él le gustaba sentarse en el sillón, con una copa en la mano, y mientras mentía atención al televisor, la observaba ir y venir, trajinando por las habitaciones, acomodando, abriendo ventanas y regando las plantas. A veces cenaban en el departamento —por pura comodidad—, otras salían a cenar afuera, como una pareja que celebra su aniversario de casamiento. Se reían de las cosas cotidianas, y compartían sus sueños en la madrugada, luego de hacer el amor. A veces, también discutían, incluso casi violentamente. Ella era testaruda, tenaz en sus convicciones, constante en sus ambiciones. Él, no le iba en zaga.

—¿Qué sentís por mí, Alejandra?
—Te quiero, lo sabés.
—Yo también. Pero no sé cómo. Me parece que solo nos hemos acostumbrado el uno al otro, que nos sentimos cómodos, somos buenos amigos, pero no sé qué más.
—Bueno, eso es querer, también, ¿no es así?
—Sí, es así. No sé.

Alejandra toma una tostada, vacila, la coloca de nuevo en el plato. Lo mira, con seriedad:

—¿Querés terminar?¿Estás cansado?
—No, no, no estoy cansado, Ale, por favor, sabés que no es así.
—Pero querés terminar. A eso, no me contestaste. ¿Hay otra mujer que te importe?
—Es que no, bueno, sí, la hay, pero ella no importa, sabes, es que vengo muy poco a la ciudad. Sucede que...

Él se quedó callado, sin saber cómo continuar. Alejandra tomó de nuevo la tostada y deslizó la mermelada con cuidado, casi con parsimonia. Desde tiempo atrás sabía que habría un desayuno como este. O una salida a un cine. O un banco en la plaza. El corazón se le estruja, pequeño y solitario, pero ella continúa untando la tostada, tomando su café con leche, en silencio. ¿Qué puede decirle? En pocos minutos él saldrá a sus negocios, ella a su trabajo y luego a sus lecciones de pintura; no volverán a hablar —a mirarse a los ojos— hasta la noche, en la estación de trenes. ¿Qué contestar en tan breves instantes al hombre que se ama, cuando la desgana lo invade, así sencillamente, entre un sorbo y otro del café? La vence la inutilidad de cualquier protesta, la imposibilidad de soportar la mansa calma con la que él anuncia su desconcierto de sentimientos. Si le gritara, si jurara detestarla, si golpeara la mesa o proclamara amar a otra mujer..., entonces ella sabría qué hacer, lograría encontrar el núcleo de su desesperación, las palabras incendiarias con las que sacudirlo: «Pero qué pedazo de imbécil que sos, ¿no te das cuenta de que me querés como en tu vida lo has hecho? ¿Tan poco te conocés? ¿Costumbre? ¡Las pelotas!».

Pero no. Entonces...

—No te olvidés de meter los libros en la valija, mirá que no estaré aquí para recordártelo...
—No, no, quedate tranquila. ¿Dónde están?
—En el escritorio, claro, ¡si los dejaste ahí!
—Sí, bueno, estoy algo dormido todavía. ¿Te veo en la estación? ¿O querés que te vaya a buscar a la Academia?
—¿Cómo me vas a ir a buscar, si andás con la valija a cuestas? No seas tonto, nos vemos directamente en la estación.


El vendedor de diarios la observa. Una figura lejana, casi solitaria en el andén, que saluda a alguien que se asoma por la ventanilla, quizás en el coche ocho de la formación. El tren se pone en marcha, con dificultad de viejo asmático; la mano de quien está en la ventanilla se agita, cada vez más borrosa. Ella espera mientras el tren pasa a su lado, hasta que el último coche desparece en la curva. Luego se da vuelta y empieza a caminar, lentamente, como quien desea regresar, volver sobre sus pasos. Un leve aire de tristeza la envuelve; es leve pero está allí, inconfundible, se palpa como si fuese materia, quizás por la caída algo pronunciada de sus hombros, o porque la falda revolotea sin gracia alrededor de sus piernas. El vendedor la observa: es hermosa, la mujer, caminando sin prisa por el andén casi vacío, el bolso colgando de su hombro derecho, el suéter blanco. Bella y triste en sus movimientos, pero no con la tristeza de la melancolía —que es gris plata—, sino con la tristeza de la derrota. Que es gris plomo. La observa sin despegar la mirada de ella, y sin embargo no logra advertir en qué momento la mujer cambia —apenas— el andar; pero de pronto y con sorpresa percibe que el balancear de las caderas ya no es el mismo. Veinte pasos la separan del vendedor, y él ve cómo endereza sutilmente la espalda, cómo levanta la cabeza con vehemencia; solo diez pasos, y la falda ahora se agita libre, oscura contra la piel dorada. Pasa a su lado, altiva, la mirada encendida: una hermosa mujer envuelta en el eco desafiante de sus tacos altos, en el andén vacío.