Pero qué cosa...
Cómo nos engañaste.
Nos ibas a dejar nomás.
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19/2/16
16/9/13
Borges por Piglia
Durante los cuatro
sábados de setiembre el escritor Ricardo Piglia charla, analiza y bromea sobre
Borges y el mundo literario.
Imperdible.
Para quienes vivan en
Argentina, sábados, 21 hs, TV Pública.
Para quienes no, los
videos están a disposición en:
TV Pública digital
(hasta el momento, solo el primer programa, espero que vayan actualizando la
página a medida que los programas se vayan sucediendo…).
Y en la columna lateral
se podrán encontrar otras opciones interesantes para quienes gustamos de la
literatura.
3/6/13
Sobre Cortázar
10/4/13
Daniel Franco y Del Miedo y otras Islas
«¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros?»
El Nombre de la Rosa, Umberto Eco.
La reseña que hizo
Daniel Franco de Del Miedo y otras Islas
me gusta porque habla bien de nuestra antología, y eso es siempre gratificante.
Pero, si abro una
entrada en mi blog, no es por eso.
Es porque creo que toda
reseña a un texto literario es, también y en sí misma, un texto literario.
Habla de la obra
reseñada y habla del autor de la reseña: de cuál es su percepción como lector y
de cuál es su capacidad para transcribir las ideas en una página escrita.
Hay reseñas que son
ricas en ideas y hermosas en forma. Constituyen una obra literaria por derecho
propio. Se leen con ese único y especial placer que produce el leer.
Y esta es una de esas
reseñas.
10/3/13
El título de una novela
Esta entrada es una
extensión (o deformación, según se desee) de mi contribución a la
sección «Grageas literarias», Prosofagia16.
Es indudable la
importancia del título en una obra literaria. ¿Cuál sería, entonces, un buen
título? ¿Uno que refleje o condense el sentido de la obra, o bien que exprese
la intencionalidad del autor al escribirla? ¿Uno que sea original y atraiga la
atención del posible lector? ¿Aquel que sea factible de ser convertido en
mantra, que se imprima como mantra en la mente de los lectores?
Umberto Eco, en sus Apostillas a
El Nombre de la Rosa, escribe:
«El
narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría
escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin
embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio
reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título. Por
desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a
las sugerencias que generan Rojo y Negro o Guerra y
Paz».
O sea, habla del título
de la obra como un aspecto más del paradigma
en el que se inserta el acto creativo de esa obra. Él asume a la novela como
una máquina de generar interpretaciones. No únicamente la narración de una
historia: la novela está allí para promover, incentivar, desatar el pensamiento
del lector. El narrador no solo se reprime de explicar: también evita facilitar
esa tarea interpretativa que ejerce el lector. Por eso le preocupa que el
título regimente las ideas.
El mundo real tampoco
explica ni ofrece una única interpretación. La Luna no se explica a sí misma.
No puede: "explicar" es un verbo humano. No ofrece una única interpretación
sobre sí misma: la Luna de los astrónomos no es la Luna de Ítalo Calvino en Las Cosmicómicas, ni la de los marinos
en alta mar ni tampoco la de los enamorados o la de los licántropos. Desde este
punto de vista, una novela que sea una máquina de generar interpretaciones
puede ser considerada como una representación fiel de nuestra relación con el
mundo real, por más fantástica que sea su trama. En una novela
fantástica de esta naturaleza la narración se alejará de los hechos del mundo real; las
claves de esa narración, en cambio, serían más cercanas a la realidad que cualquier
crónica de hechos verídicos, si es que esta crónica cierra caminos
interpretativos.
Por supuesto, al afirmar
lo anterior estoy mirando al mundo desde un paradigma alejado del positivismo a
ultranza. De la misma forma que Umberto Eco habla del título de una novela
desde su paradigma de concepción de la novela.
Volviendo a las
Apostillas… Cuenta, también, que el título provisional de su novela fue La abadía del
crimen, título que, sin dudas, cierra caminos interpretativos,
mientras que el definitivo, El Nombre de la Rosa, los abre casi
hasta el infinito. Creo que este ejemplo es suficientemente claro: ¿cómo
suponer siquiera que El Nombre de la Rosa
podría haberse titulado La abadía del
crimen? ¡Hubiera sido terrible! Desde el vamos el título encasillaría a la
novela, en la mente del lector, como novela policial.
«La
idea de El nombre de la rosa se me
ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica
tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos:
rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las
dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces,
gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector
quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y,
aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo
sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras
posibilidades. El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.»
Mientras leía recordé
uno de los (para mí) mejores títulos de una novela: Cien años de soledad. Es un título mágico, que despierta la
atención y se queda prendido a las neuronas, se recuerda, se afirma en la
memoria. Mas ¿qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Pues… ¡Hay que leer la
novela entera! ¿Puede, el lector, comprender el significado del título mientras
va leyendo? Creo que es muy difícil. Uno lee y lee y puede imaginar muchas
cosas, pero sigue sin saber realmente el porqué del título. Hasta el último
párrafo. Allí el título se explica y al explicarse también aflora el significado
último de toda la novela. El título de Cien
años de soledad, como el de El Nombre
de la Rosa, solo puede captarse «a último momento, después de haber escogido
vaya a saber qué otras posibilidades». (Aunque no son casos idénticos, por
cierto.)
En las antípodas tendríamos
las novelas que deliberadamente conducen a interpretaciones acotadas. Utilizando
el razonamiento y las palabras de Eco, ¿sus títulos deberían regimentar ideas en
vez de confundirlas?
Pienso en un ejemplo: Mujercitas. Luoise
May Alcott no quiso, evidentemente, crear una máquina de producir
interpretaciones. Y en ese sentido el título es honesto: ya desde el vamos
regimenta las ideas del lector.
Hablando de honestidad,
Eco hace una referencia a ella:
«Quizás
habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, la
historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede
permitirse por distracción».
Es cierto: es un título deshonesto. O un
acto de ilusión de un mago, que nos hace mirar su mano derecha cuando es la
izquierda la que lleva adelante el truco. Y luego el mago hizo exactamente lo
que pregona Eco: tituló la continuación como Veinte años después. ¡Nada de regimentar ideas!
Un caso interesante es
el de la novela de Mary Shelley: Frankenstein
o el moderno Prometeo. El título nos dice cómo leer la novela. Nos dice
cuál es la clave interpretativa a utilizar para comprender la historia (si bien
utilizar esa clave no es nada sencillo desde la óptica de este siglo 21). El
cine, posteriormente, convirtió la obra
de Shelley en un clásico que todo el mundo conoce. Pero lo hizo destruyendo esa
clave inicial: los títulos de las películas se redujeron a Frankenstein, a
secas. Podía ser Frankenstein I, II, el regreso, la ida o la vuelta, pero
siempre Frankenstein a secas. ¿Abrió interpretaciones al eliminar la clave existente
en el título inicial? No, porque simultáneamente redujo la novela a una
historia de monstruos, castillos sombríos y terror (luego ello cambió un poco,
pero ya el imaginario colectivo estaba formateado). La reducción fue tan
drástica que incluso hoy muchas personas creen que Frankenstein es el monstruo.
La alteración del título original abrió ventanas, pero el discurso narrativo se
apresuró a cerrar esas nuevas ventanas… y las viejas también.
3/2/13
La coma, ese infierno tan temido
No
solo soy incapaz de escribir nanotextos: cuando intenté elaborar un sencillo y
breve artículo sobre el uso de la coma para Prosofagia finalicé
escribiendo cuatro, dos de ellos publicados en Prosofagia 13 y los otros
dos en Prosofagia 14.
El texto que sigue es el primero.
El mundo humano es un mundo lingüístico.
Julián Marías
Estos artículos
recogen algunas inquietudes que me acompañaron en el foro Prosófagos,
en las revisiones de cuentos, las dudas, las discusiones, mis propios relatos y
los interrogantes que me surgieron gracias a ellos: el buen uso de las comas,
las rayas y las comillas constituían el pan nuestro de cada día.
No escribo desde
el lugar del experto: lejos estoy de serlo. Más bien he leído o estudiado un
poquito, y si algo he logrado aprender, ¿por qué no compartirlo con otros
compañeros de ruta en esto de la escribida?
Elisabet habla de los
sintagmas. Sintagmas que forman oraciones, con las que a su vez se construyen
unidades mayores hasta llegar a disponerse del plano completo del castillo (el
texto). Mas ¿cómo se organizan esas diferentes unidades gramaticales y
semánticas para producir el plano del castillo? Como parte de la respuesta a
esta pregunta aparecen, en todo su esplendor, los signos de puntuación.
Y eso nos lleva a la coma: el signo de
puntuación que mayor complejidad presenta en su utilización. La coma nos
atormenta. Causa fiebre y temblores en nos, humildes aspirantes a escribas.
Una y otra vez vacilamos ante su uso.
¿Por qué esta dificultad? Intentando una
primera aproximación al problema, cito un fragmento de la Ortografía de la
lengua española, 2010 («Capítulo iii.
El uso de los signos ortográficos»):
3. Signos de puntuación
Los signos de puntuación son los signos ortográficos
que organizan el discurso para facilitar su comprensión, poniendo de manifiesto
las relaciones sintácticas y lógicas entre sus diversos constituyentes,
evitando posibles ambigüedades y señalando el carácter especial de determinados
fragmentos (citas, incisos, intervenciones de distintos interlocutores en un diálogo,
etc.).
[…]
De la puntuación depende en gran medida la comprensión cabal de los textos
escritos, de ahí que las normas que la regulan constituyan un aspecto básico de
la ortografía. El hecho de que, junto a usos prescriptivos, existan usos
opcionales no significa que la puntuación sea una cuestión meramente subjetiva.
De la lectura surgen conceptos importantes:
— Los signos de
puntuación son signos ortográficos. Su correcta utilización forma parte de la
ortografía tanto como la escritura correcta de la palabra «árbol».
— Existen normas
para su uso. Sin embargo, y a diferencia
de lo que ocurre en la ortografía de la palabra (incluyo letra y sílaba
dentro de palabra), estas normas no definen unívocamente el resultado
final. Existe una única forma aceptada de escribir «árbol»: árbol (aunque
existen palabras que admiten más de una grafía), pero pueden darse múltiples
formas (todas correctas) de puntuar un texto; cada autor tomará ciertas decisiones,
en función del estilo, contexto, intenciones comunicativas, etc.
— Los signos de puntuación
intervienen en la organización del discurso. Se utilizan para delimitar y
establecer relaciones entre los constituyentes del texto escrito.
Ajá. Interesante. Y... digo yo..., ¿cómo era
eso de las pausas? Porque, a mí, en la escuela, me enseñaron que los signos de
puntuación están para marcar las pausas a hacer cuando se lee en voz alta.
Pero... ¡los fragmentos citados ni las mencionan! ¿Entonces?
Por
favor, adicionar una coma en algún lado, ¡me quedé sin aire al leer!
¿Cuántas veces uno ha escuchado (leído, en el
caso de foros literarios) una advertencia de esta naturaleza? ¿O, a su vez, la
ha hecho? Muchas. Yo misma debo hacer un mea culpa.
En los años de foros y blogs aprendí que, a
ambos lados del Atlántico y con independencia de la edad, todos (o casi todos)
estamos convencidos de la existencia de una correspondencia biunívoca entre
signos de puntuación y pausas en la oralidad. Es una idea profundamente
arraigada y que se origina en la escuela primaria. Pero ¿es siempre así?
(La respuesta a ese interrogante está dada en
su propia escritura: aunque hacemos una pausa oral luego de la conjunción
adversativa pero, esa pausa no se marca con coma ni siquiera si a
continuación se abre una interrogación o exclamación.)
La escritura se originó a partir del lenguaje
hablado, como un sistema de representación gráfico que permite codificar, en
soporte físico, la comunicación oral. Por lo
tanto, la lengua oral y la lengua escrita guardan relaciones estrechas.
Pronunciamos [árbol] y escribimos árbol y no arból. Sin
embargo, pronunciamos [estáble] y escribimos estable. En la
lengua oral y en la lengua escrita se mantiene el acento en la misma posición,
pero no todos los acentos prosódicos se traducen gráficamente en una
tilde. Eso, que nos parece tan obvio a la hora de utilizar el signo
ortográfico acento, deja de parecernos obvio a la hora de utilizar
los signos ortográficos de puntuación.
Recurramos de nuevo a la Ortografía de la
lengua española. Expone, como funciones básicas de los signos de
puntuación, las tres siguientes:
— indicar los
límites de las unidades lingüísticas;
— indicar la
modalidad de los enunciados;
— indicar la
omisión de una parte del enunciado.
Con respecto a la primera, dice:
3.1.1 Indicar los límites de las unidades
lingüísticas
Gran parte de los usos de los signos de puntuación están orientados a la
delimitación de las unidades sintácticas y discursivas del texto escrito,
paralelas a veces, pero no siempre, a las unidades fónicas.
Como información adicional, explica que:
Las unidades lingüísticas son de muy diverso tipo. En
el plano fónico, cabe distinguir, entre otras, el grupo fónico, que es
el fragmento de habla comprendido entre dos pausas sucesivas (la casa de mis
padres), y la unidad melódica, fragmento al que corresponde un
patrón entonativo (La casa de mis padres está cerca). En el ámbito
sintáctico, son unidades lingüísticas los sintagmas o grupos
sintácticos, estructuras articuladas en torno a un núcleo que admite diversos
modificadores y complementos (el hotel; lleno de orgullo; desde su ventana;
compra comida). Los grupos sintácticos combinados dan lugar a las oraciones,
unidades que relacionan un sujeto y un predicado (Mi hermano compró comida).
Finalmente, en el plano discursivo, interesan aquí el concepto de enunciado,
unidad mínima capaz de constituir un mensaje verbal, y el de texto, que
es la unidad máxima de comunicación y está generalmente formada por un conjunto
de enunciados interrelacionados. Debe tenerse en cuenta que el enunciado es una
unidad de sentido —una unidad mínima de comunicación— y, por lo tanto, no tiene por qué ser
necesariamente una oración; así, son enunciados secuencias como ¡Cuidado!;
De acuerdo; ¿Cuándo llegaste?, o Cómete la sopa que te he preparado.
En otras palabras, tenemos
tres clases de unidades lingüísticas: las que pertenecen al plano fónico, las
que pertenecen al plano sintáctico y las que pertenecen al plano discursivo. El
uso de los signos de puntuación se
correlaciona directamente con las dos últimas clases. Su función es organizar y
delimitar unidades sintácticas y discursivas para la plena comprensión del
texto y la también plena transmisión de aquello que se quiere comunicar. Estas
unidades pueden o no superponerse con las fónicas.
Hay pausas orales que no se marcan en el
discurso escrito y hay signos de puntuación que, exigidos por razones de orden
sintáctico o semántico, no se corresponden con pausas orales. Al considerar que
la puntuación es una mera transcripción mecánica de las pausas orales se deja
de lado tanto elementos distintivos del discurso oral como del discurso escrito.
Llegado a este punto, creo
que es conveniente distinguir dos situaciones: la del lector y la del escritor.
Lo que aquí me interesa es el segundo caso. Me interesa porque sospecho que
algunos de los problemas que tenemos con el uso de la coma provienen de que,
convencidos de la necesidad de ajustarnos a rajatabla a un criterio fonológico,
implícita o explícitamente primero pensamos en las pausas orales y luego,
en función de esas pausas, distribuimos las comas. Intentamos reproducir
gráficamente, y de la forma más fiel posible, el discurso hablado. Nuestra
mente inicia primero una ruta fonológica y posteriormente «la convierte» en una
ruta gráfica. Cuando no existe correspondencia entre las unidades fónicas y
sintácticas… cometemos errores.
Tensiones y complejidades
Aunque sería tentador «culpar» a la escuela
por habernos «enseñado mal», conviene ser cauto y no caer en simplificaciones.
En la Ortografía se lee:
3.2.3 Puntuación, prosodia y sintaxis
(conclusión)
[…] La
puntuación y los elementos prosódicos mencionados son, pues, a menudo, sistemas
paralelos, pero no puede decirse que uno refleje el otro, aunque el
intento de reproducir las características prosódicas de oralidad está en el
origen de los signos de puntuación.
[…]
Este enfoque es esencial para entender las actuales reglas ortográficas de
la puntuación. Como se verá en el siguiente apartado, los criterios que
subyacen a la puntuación han variado a lo largo de las historia: mientras que
en unas épocas se ha privilegiado la lengua como fenómeno sonoro a la hora de
puntuar, hoy la puntuación se basa principalmente en la estructura
sintáctico-semántica de los enunciados y los textos.
En síntesis, las tensiones existentes entre el
código oral y el gráfico —y sus posibles rasgos autónomos e interdependencias—
vienen desde lejos... Son tensiones complejas y toda simplificación, peligrosa.
La escritura es una de las
actividades cognitivas de mayor complejidad: implica un alto número de procesos
y subprocesos que no se ponen en juego en forma secuencial sino simultánea e
integrada. De allí que el adecuado dominio de los aspectos ortográficos
represente una ventaja para el escritor: en gran medida son procesos factibles
de ser automatizados. Cuanto más automatizamos el uso de las normas ortográficas,
más libres serán nuestras neuronas para ocuparse de los procesos que nos importan
a la hora de escribir: aquellos que tienen que ver con la elaboración de un
discurso comprensible y también expresivo, bello, creativo.
Dado que la puntuación funciona como
organizador de ese discurso, su ortografía no puede ser considerada una
cuestión menor. Interiorizarla nos permite ser más libres a la hora de imaginar
los signos de puntuación como uno de los recursos que tenemos para otorgarle a
nuestros escritos la cadencia, el ritmo, las pausas y las entonaciones que
deseamos. Después de todo, los escritos también tienen su propia melodía.
Me gustaría cerrar esta primera parte con un
excelente —y delicioso— fragmento de Perdón
imposible (Guía para una puntuación más rica y consciente), de José Antonio
Millán, que nos recuerda cuán extraordinario es este universo puntuación y
cuán ricas son sus relaciones con otros aspectos de la escritura:
¿Para qué sirve la
puntuación? Para introducir descansos en el habla (pero no se descansa en cada
signo, y se puede descansar donde no hay signos), para deshacer ambigüedades
(pero no todas se pueden eliminar mediante la puntuación, ni ésta es el único
modo de hacerlo), para hacer patente la estructura sintáctica de la oración
(pero esto se hace también por otros medios), para marcar el ritmo y la melodía
de la frase (aunque no todos los signos tienen estos efectos), para distinguir
sentidos o usos especiales de ciertas palabras (pero para eso se pueden usar
también tipos de letra, como la cursiva), para citar palabras de otro
separándolas de las propias (pero eso se logra también con tamaños de letra y
sangrados), para transmitir estados de ánimo o posturas ante lo que se dice o
escribe (pero no todos tienen un correlato en la puntuación, ni éste es único),
para señalar la arquitectura del texto (pero eso también lo hacen los blancos,
y las mayúsculas).
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