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19/6/13

Prosofagia 17, impresa



—Es un libro.
—No, es una revista.
—Bueno, para mí es un libro.

(Diálogo familiar)

Paso las hojas, despacio, casi  palpando las letras, como si se tratase de una escritura en relieve sobre un lago de arena, pronto a deshacerse entre las manos.

Es somo soñar. Un hueco en la realidad. Es una forma de transformar esa realidad a veces tan seca, tan pedregosa.

3/2/13

La coma, ese infierno tan temido



No solo soy incapaz de escribir nanotextos: cuando intenté elaborar un sencillo y breve artículo sobre el uso de la coma para Prosofagia finalicé escribiendo cuatro, dos de ellos publicados en Prosofagia 13 y los otros dos en Prosofagia 14.

El texto que sigue es el primero.



El mundo humano es un mundo lingüístico.
Julián Marías
                                                                                 

Estos artículos recogen algunas inquietudes que me acompañaron en el foro Prosófagos, en las revisiones de cuentos, las dudas, las discusiones, mis propios relatos y los interrogantes que me surgieron gracias a ellos: el buen uso de las comas, las rayas y las comillas constituían el pan nuestro de cada día.
No escribo desde el lugar del experto: lejos estoy de serlo. Más bien he leído o estudiado un poquito, y si algo he logrado aprender, ¿por qué no compartirlo con otros compañeros de ruta en esto de la escribida?




Elisabet habla de los sintagmas. Sintagmas que forman oraciones, con las que a su vez se construyen unidades mayores hasta llegar a disponerse del plano completo del castillo (el texto). Mas ¿cómo se organizan esas diferentes unidades gramaticales y semánticas para producir el plano del castillo? Como parte de la respuesta a esta pregunta aparecen, en todo su esplendor, los signos de puntuación.

Y eso nos lleva a la coma: el signo de puntuación que mayor complejidad presenta en su utilización. La coma nos atormenta. Causa fiebre y temblores en nos, humildes aspirantes a escribas. Una y otra vez vacilamos ante su uso.
¿Por qué esta dificultad? Intentando una primera aproximación al problema, cito un fragmento de la Ortografía de la lengua española, 2010 («Capítulo iii. El uso de los signos ortográficos»):

3. Signos de puntuación
Los signos de puntuación son los signos ortográficos que organizan el discurso para facilitar su comprensión, poniendo de manifiesto las relaciones sintácticas y lógicas entre sus diversos constituyentes, evitando posibles ambigüedades y señalando el carácter especial de determinados fragmentos (citas, incisos, intervenciones de distintos interlocutores en un diálogo, etc.).
[…]
De la puntuación depende en gran medida la comprensión cabal de los textos escritos, de ahí que las normas que la regulan constituyan un aspecto básico de la ortografía. El hecho de que, junto a usos prescriptivos, existan usos opcionales no significa que la puntuación sea una cuestión meramente subjetiva.

De la lectura surgen conceptos importantes:

— Los signos de puntuación son signos ortográficos. Su correcta utilización forma parte de la ortografía tanto como la escritura correcta de la palabra «árbol».
— Existen normas para su uso. Sin embargo, y  a diferencia de lo que ocurre en la ortografía de la palabra (incluyo letra y sílaba dentro de palabra), estas normas no definen unívocamente el resultado final. Existe una única forma aceptada de escribir «árbol»: árbol (aunque existen palabras que admiten más de una grafía), pero pueden darse múltiples formas (todas correctas) de puntuar un texto; cada autor tomará ciertas decisiones, en función del estilo, contexto, intenciones comunicativas, etc.
— Los signos de puntuación intervienen en la organización del discurso. Se utilizan para delimitar y establecer relaciones entre los constituyentes del texto escrito.

Ajá. Interesante. Y... digo yo..., ¿cómo era eso de las pausas? Porque, a mí, en la escuela, me enseñaron que los signos de puntuación están para marcar las pausas a hacer cuando se lee en voz alta. Pero... ¡los fragmentos citados ni las mencionan! ¿Entonces?


Por favor, adicionar una coma en algún lado, ¡me quedé sin aire al leer!

¿Cuántas veces uno ha escuchado (leído, en el caso de foros literarios) una advertencia de esta naturaleza? ¿O, a su vez, la ha hecho? Muchas. Yo misma debo hacer un mea culpa.
En los años de foros y blogs aprendí que, a ambos lados del Atlántico y con independencia de la edad, todos (o casi todos) estamos convencidos de la existencia de una correspondencia biunívoca entre signos de puntuación y pausas en la oralidad. Es una idea profundamente arraigada y que se origina en la escuela primaria. Pero ¿es siempre así?
                                                  
(La respuesta a ese interrogante está dada en su propia escritura: aunque hacemos una pausa oral luego de la conjunción adversativa pero, esa pausa no se marca con coma ni siquiera si a continuación se abre una interrogación o exclamación.)

La escritura se originó a partir del lenguaje hablado, como un sistema de representación gráfico que permite codificar, en soporte físico, la comunicación oral. Por lo  tanto, la lengua oral y la lengua escrita guardan relaciones estrechas. Pronunciamos [árbol] y escribimos árbol y no arból. Sin embargo, pronunciamos [estáble] y escribimos estable. En la lengua oral y en la lengua escrita se mantiene el acento en la misma posición, pero no todos los acentos prosódicos se traducen gráficamente en una tilde. Eso, que nos parece tan obvio a la hora de utilizar el signo ortográfico acento, deja de parecernos obvio a la hora de utilizar los signos ortográficos de puntuación.
Recurramos de nuevo a la Ortografía de la lengua española. Expone, como funciones básicas de los signos de puntuación, las tres siguientes:

— indicar los límites de las unidades lingüísticas;
— indicar la modalidad de los enunciados;
— indicar la omisión de una parte del enunciado.

Con respecto a la primera, dice:


3.1.1 Indicar los límites de las unidades lingüísticas
Gran parte de los usos de los signos de puntuación están orientados a la delimitación de las unidades sintácticas y discursivas del texto escrito, paralelas a veces, pero no siempre, a las unidades fónicas.

Como información adicional, explica que:

Las unidades lingüísticas son de muy diverso tipo. En el plano fónico, cabe distinguir, entre otras, el grupo fónico, que es el fragmento de habla comprendido entre dos pausas sucesivas (la casa de mis padres), y la unidad melódica, fragmento al que corresponde un patrón entonativo (La casa de mis padres está cerca). En el ámbito sintáctico, son unidades lingüísticas los sintagmas o grupos sintácticos, estructuras articuladas en torno a un núcleo que admite diversos modificadores y complementos (el hotel; lleno de orgullo; desde su ventana; compra comida). Los grupos sintácticos combinados dan lugar a las oraciones, unidades que relacionan un sujeto y un predicado (Mi hermano compró comida). Finalmente, en el plano discursivo, interesan aquí el concepto de enunciado, unidad mínima capaz de constituir un mensaje verbal, y el de texto, que es la unidad máxima de comunicación y está generalmente formada por un conjunto de enunciados interrelacionados. Debe tenerse en cuenta que el enunciado es una unidad de sentido —una unidad mínima de comunicación—  y, por lo tanto, no tiene por qué ser necesariamente una oración; así, son enunciados secuencias como ¡Cuidado!; De acuerdo; ¿Cuándo llegaste?, o Cómete la sopa que te he preparado.

En otras palabras, tenemos tres clases de unidades lingüísticas: las que pertenecen al plano fónico, las que pertenecen al plano sintáctico y las que pertenecen al plano discursivo. El uso de  los signos de puntuación se correlaciona directamente con las dos últimas clases. Su función es organizar y delimitar unidades sintácticas y discursivas para la plena comprensión del texto y la también plena transmisión de aquello que se quiere comunicar. Estas unidades pueden o no superponerse con las fónicas.
Hay pausas orales que no se marcan en el discurso escrito y hay signos de puntuación que, exigidos por razones de orden sintáctico o semántico, no se corresponden con pausas orales. Al considerar que la puntuación es una mera transcripción mecánica de las pausas orales se deja de lado tanto elementos distintivos del discurso oral como del discurso escrito.

Llegado a este punto, creo que es conveniente distinguir dos situaciones: la del lector y la del escritor. Lo que aquí me interesa es el segundo caso. Me interesa porque sospecho que algunos de los problemas que tenemos con el uso de la coma provienen de que, convencidos de la necesidad de ajustarnos a rajatabla a un criterio fonológico, implícita o explícitamente primero pensamos en las pausas orales y luego, en función de esas pausas, distribuimos las comas. Intentamos reproducir gráficamente, y de la forma más fiel posible, el discurso hablado. Nuestra mente inicia primero una ruta fonológica y posteriormente «la convierte» en una ruta gráfica. Cuando no existe correspondencia entre las unidades fónicas y sintácticas… cometemos errores.


Tensiones y complejidades

Aunque sería tentador «culpar» a la escuela por habernos «enseñado mal», conviene ser cauto y no caer en simplificaciones. En la Ortografía se lee:

3.2.3 Puntuación, prosodia y sintaxis (conclusión)
 […] La puntuación y los elementos prosódicos mencionados son, pues, a menudo, sistemas paralelos, pero no puede decirse que uno refleje el otro, aunque el intento de reproducir las características prosódicas de oralidad está en el origen de los signos de puntuación.
[…]
Este enfoque es esencial para entender las actuales reglas ortográficas de la puntuación. Como se verá en el siguiente apartado, los criterios que subyacen a la puntuación han variado a lo largo de las historia: mientras que en unas épocas se ha privilegiado la lengua como fenómeno sonoro a la hora de puntuar, hoy la puntuación se basa principalmente en la estructura sintáctico-semántica de los enunciados y los textos.

En síntesis, las tensiones existentes entre el código oral y el gráfico —y sus posibles rasgos autónomos e interdependencias— vienen desde lejos... Son tensiones complejas y toda simplificación, peligrosa.

La escritura es una de las actividades cognitivas de mayor complejidad: implica un alto número de procesos y subprocesos que no se ponen en juego en forma secuencial sino simultánea e integrada. De allí que el adecuado dominio de los aspectos ortográficos represente una ventaja para el escritor: en gran medida son procesos factibles de ser automatizados. Cuanto más automatizamos el uso de las normas ortográficas, más libres serán nuestras neuronas para ocuparse de los procesos que nos importan a la hora de escribir: aquellos que tienen que ver con la elaboración de un discurso comprensible y también expresivo, bello, creativo.
Dado que la puntuación funciona como organizador de ese discurso, su ortografía no puede ser considerada una cuestión menor. Interiorizarla nos permite ser más libres a la hora de imaginar los signos de puntuación como uno de los recursos que tenemos para otorgarle a nuestros escritos la cadencia, el ritmo, las pausas y las entonaciones que deseamos. Después de todo, los escritos también tienen su propia melodía.

Me gustaría cerrar esta primera parte con un excelente —y delicioso— fragmento de  Perdón imposible (Guía para una puntuación más rica y consciente), de José Antonio Millán, que nos recuerda cuán extraordinario es este universo puntuación y cuán ricas son sus relaciones con otros aspectos de la escritura:

¿Para qué sirve la puntuación? Para introducir descansos en el habla (pero no se descansa en cada signo, y se puede descansar donde no hay signos), para deshacer ambigüedades (pero no todas se pueden eliminar mediante la puntuación, ni ésta es el único modo de hacerlo), para hacer patente la estructura sintáctica de la oración (pero esto se hace también por otros medios), para marcar el ritmo y la melodía de la frase (aunque no todos los signos tienen estos efectos), para distinguir sentidos o usos especiales de ciertas palabras (pero para eso se pueden usar también tipos de letra, como la cursiva), para citar palabras de otro separándolas de las propias (pero eso se logra también con tamaños de letra y sangrados), para transmitir estados de ánimo o posturas ante lo que se dice o escribe (pero no todos tienen un correlato en la puntuación, ni éste es único), para señalar la arquitectura del texto (pero eso también lo hacen los blancos, y las mayúsculas).


18/8/12

Prosofagia y el índice de autores


En los últimos meses realizamos un par de innovaciones en la página de Prosofagia. La primera: publicar, como entrada del blog, entrevistas y artículos aparecidos en la revista. La idea, originalmente de zoquete, rondó un cierto tiempo en el staff y rodó también un poquito, hasta que al fin decidimos llevarla a cabo. Las prevenciones se disiparon rápidamente: creo que sí ha sido una buena idea.

(También creo que pepsi publica las entradas con el mismo cuidado minucioso y estético por los detalles que el que tiene a la hora de maquetar.)

Luego decidimos llevar a cabo otra idea que venía dándonos vueltas desde hace un tiempo: organizar un índice de autores, que permitiera ubicar rápidamente las distintas participaciones de quienes colaboran con la revista. Confieso que cuando terminé la tarea de recopilación de los primeros quince números y me encontré con veintiún páginas de word y más de ochenta autores… Quizás en ese momento vi, con más claridad que nunca, cuánto significan estos quince números en trabajo, colaboración, diversidad. La historia de Prosofagia estaba allí, en esas veintiún páginas. Luego tomé aire y me pregunté: ¿y cómo haremos para publicar tanta información sin que resulte farragosa ni un tocho imposible de utilizar? Obvio, esta clase de preguntas me las hago yo… Y luego recurro a pepsi, que de seguro encontrará una solución. Como hizo también esta vez (y menudo trabajo le llevó, por cierto), así que solo es cuestión de ir a la página de Prosofagia: 


Y se podrá consultar el índice.

Por cierto, es bien posible que se hayan deslizado errores (la verdad es que llegó un momento en el que me bailaban las letras y números, jaja); así que si encuentran alguno, o que falta o sobra o que… Por favor, ¡escríbannos!

10/6/12

Revista Literaria Prosofagia: tres años


Uno, un buen día, se cruza en la calle con una vieja amiga y descubre, con asombro, que el niño que lleva de la mano es su hijo menor… Pero ¿cómo? ¡Si fue ayer nomás que secretéabamos secretillos sentimentales en la clase de Historia, que para desdicha del profe caía justito en la primera hora del día lunes! Entonces, así, de sopetón, uno se da cuenta de que el tiempo ha pasado, y que uno, distraído como el que más, lleva varios años sin recordar cambiar el calendario que está en la cocina, colgado en un clavito, al lado de la alacena. Pero, en el fondo, no es que uno sea un distraído capaz de salir a la calle con un zapato de cada color o equivocarse con el menú y pedir un café con leche en vez de una milanesa con papas fritas. Lo que sucede es que uno, simplemente, está ocupado viviendo, y vivir es tarea de tiempo completo.

Así que pasan estas cosas. De pronto uno se da cuenta de que ese loco proyecto —iniciado como loco proyecto y contra viento y marea— ya lleva tres años. Y uno piensa, recuerda, mira hacia atrás, y comprende que en estos tres últimos años siempre estuvo allí, día tras día: el número que se acaba de publicar, el número que se está haciendo, el número que se hará apenas descansemos unas semanas.

Al final, uno comprende que lo que sucede es que Prosofagia ya es parte de la vida de uno. Que uno anda por allí, por la vida, y esas cosas que, en otros momentos, captarían apenas la atención, ahora se transforman en "aquí hay una punta de un buen ovillo a desenrollar en un artículo". Por ejemplo, eso. Por ejemplo, otras situaciones. Porque Prosofagia está en el fondo de la mente, es una compañía constante. Por eso uno no se da cuenta de que el tiempo ha pasado y ya vamos por el número 15: porque Prosofagia no es una referencia del mundo externo sino un pedacito de la propia vida. Uno ha llegado a querer a este pedacito de la vida. Y uno, que siempre cree que hay tanto para mejorar que no sabe por dónde empezar a mejorar todo lo que hay que mejorar, también piensa que existe un salto de varios logaritmos entre este número 15 y el primer número. Para bien, claro. Y uno piensa —también— que logramos mantener un equilibrio que no siempre es fácil: sostener una línea de política editorial definida y al mismo tiempo no atarnos a una estructura, a modelos rígidos. Prosofagia nació con la premisa de que todo estaba por hacerse y teníamos la libertad para re-inventar la revista número a número. Todavía es así. La única libertad que no nos dimos fue la de considerar que era válido hacer un esfuerzo menor que el máximo esfuerzo que éramos capaces de hacer. Todavía es así.

Antes de que se me caiga una lagrimita —uno, siempre de lágrimas prontas…— finalizo esta entrada.
No sin antes colgar un cartelito que intenta ser —solo intenta— una sutil e ingeniosa acción de marketing:

Prosofagia 15, ¿aún no la leíste? ¿Y a qué dejar pasar más tiempo para hacerlo? Es buena, es gratuita y está solo a un clic de distancia de cualquier lugar en el que estés:


(¿Alguien cree que una empresa me contrataría para su departamento de publicidad? Quizás sea mejor que deje caer esa lagrimita en vez de intentar incursionar en las extrañas arenas movedizas del marketing y las ventas.)