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6/4/12

«El desperdicio», por Daniel A. Franco

Ya hace un tiempo que disfruté de la lectura de este relato… Pero la intención de hacer una breve reseña se me quedó, justamente, en intención, con el tiempo y las neuronas ocupadas a tiempo completo. Hace poco volví a leerlo y esta vez sí puse por escrito mis impresiones. Realmente fue un gusto leer y más todavía releer El desperdicio.



El desperdicio, relato. Daniel A. Franco.
Publicado en Amazon.
Para llegar a él: http://levedesliz.blogspot.com.ar/

El desperdicio entrelaza la narración de una serie de hechos con la narración sobre los personajes involucrados. La primera deja la sensación de que el azar es un diablo que metió su cola en la historia, retorciendo los destinos a puro golpe de buena o mala suerte. La segunda deja la sensación de que los personajes, incapaces de salir de su propio círculo de miserias, se encaminan fatalmente hacia esos ciertos destinos. La lectura final, entonces, camina en un equilibrio que, creo, cada lector romperá hacia un lado u otro lado a cuenta y riesgo propio. Y esta es una de las virtudes del relato: hacer partícipe al lector de la construcción del propio relato. Obviamente esto no sería posible si los personajes fueran figuras de cartón pintado. No es así; son humanos. Compleja y tristemente humanos. A la hora de la verdad no hay buenos, no hay malos, no hay ricos ni pobres, solo seres humanos que intentan —como pueden— vivir una vida cuya validez o cuyo desperdicio se relaciona más con esa condición de humanidad que con las circunstancias particulares.Así, leí El desperdicio con el interés que despierta una historia que llama a querer saber qué pasará a la vuelta de página, cómo se sucederán los hechos, qué le pasará a los personajes, pero al término de la lectura pensé que el relato me hablaba más allá de la historia; que me hablaba más bien de una historia y de personajes atemporales. Y esto, a mi modo de ver, es su mayor virtud.

La prosa merece un capítulo aparte. Quienes hemos leído antes a Daniel Franco sabemos que escribe muy bien y en más de un registro. El desperdicio está construido, en gran medida, con diálogos. Diálogos ágiles, rápidos, con interlocutores que hablan utilizando diferentes registros coloquiales, con modismos abiertos y también con muletillas que en la lectura apenas se perciben con el rabillo del ojo… pero que allí están. Los diferentes registros también aparecen en los párrafos de prosa pura, en principio a cargo del narrador; mas, aunque el narrador sea único, habla lo suficientemente cerca de los personajes como para hacerse en parte eco de sus idiosincrasias. Eso crea el efecto —o por lo menos así lo percibí— de asistir a escenas muy visuales, distintivas, cada una de ellas verosímil por sí misma. Hacerse en parte eco, ese es el secreto; si se hiciera totalmente eco posiblemente el relato se fragmentaría perdiendo continuidad. Me tomo el atrevimiento de citar dos breves párrafos, a modo de ejemplo:

«A sus espaldas, su mamá está tocando la puerta del baño a puñetazos y se oye a la cosa-hombre que sale y le dice con toda ternura a la mamá furibunda:
—Pinche cuchitril, parece una pocilga… »

«Claramente se nota que le disgusta la escena que presencia, y ella expresa su indignación con una elocuencia sazonada con una pizca de la Received Pronunciation que aun rehúsa desvanecerse en su recientemente obtenido dialecto neoyorquino.»

Claro, en todos los casos hay algo que se mantiene constante: la calidad escritoril. Es siempre un placer leer una prosa que destaca por alejarse de la monotonía y afirmarse en un sello personal, sin perder ni sencillez ni claridad ni mal usar los recursos linguísticos. Otra vez me tomo el atrevimiento de citar un párrafo:

«En el momento justo cuando Pedrito está listo para decirle sus verdades a la mamá neurótica de la limpieza, que ya le dio la espalda y se aleja, la puerta del dormitorio se abre de un portazo y una triste y fea excusa de varón aparece ahí y avanza su panza cervecera por la sala, emanando un delicado bouquet de humanidad mustia mezclada con whiskey del bueno y aliento mañanero del malo.»

Quizás porque me gustaría muy mucho ser capaz de escribir así (vade retro, envidia… ).

¿Aspectos negativos? En mi opinión, el relato saldría ganando con una leve reducción en el número de recursos estilísticos diferentes que se utilizan; no me refiero a los anteriormente señalados, cuya presencia es sin dudas positiva, sino a otros que los acompañan y que, en conjunto me dieron la sensación de provocar una lectura con más saltos de lo deseable. Sin embargo, también reconozco que es una apreciación subjetiva y que otros lectores bien pueden no verlo así, o incluso apreciar estas discontinuidades como elementos valiosos en su lectura. Y me queda la duda de si, leyendo el relato en formato de libro tradicional, mi percepción sería la misma.  Puede ser que no.

6/2/12

La verdadera historia de Necroslogía




Como prometí en la entrada anterior: un cuento sin pies ni cabeza, un relato que escribí en los días en que las revisiones de Prosofagia y Necroslogía aterrorizaban mis neuronas y necesitaba fugarme de la realidad...



La verdadera historia de Necroslogía


Dedicado con todo mi cariño
a los compañeros de La Tribu



Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…

habíase que se había llegado una nave hiperlumínica —algo vieja y descascarada, mohosa por dentro y oxidada por fuera— proveniente de un ignoto planeta situado en el traste de una galaxia de escaso renombre. Llegó a través de un portal transgaláctico de porquería, temperamental, de esos que aparecen y desaparecen cuando se les viene en ganas. Ahora no lo encontrarán por ningún lado: luego de los sucesos que paso a relatar fue bloqueado hasta el fin de los siglos amén (o hasta que el universo se congele, lo que antes suceda).

La nave traía una tripulación compuesta por quince ejemplares de la especie humaniforme de ese planeta, autodenominada Homo sapiens. También venía una colección de dieciocho ejemplares de la especie Monky monkito, con un coeficiente de inteligencia sensiblemente superior al de los humaniformes, tanto que se las arreglaron para subir a la nave como polizones y, una vez en el espacio profundo, convencer a los tripulantes de que no servían para otra cosa que para hacer morisquetas. De esa forma consiguieron viajar gratis, comer a sus anchas, dormir mejor todavía y divertirse hasta la muerte, trabajando poco y rascándose mucho, mientras los humaniformes sudaban la gota gorda de día y de noche intentando mantener de una pieza la pieza de museo que usaban de nave espacial.

Los humaniformes no tenían ni idea de a dónde habían arribado. Parece ser que atravesaron el portal sin darse cuenta, en un momento en que estaban ocupados dilucidando qué letra se veía más bonita sobre una lápida. Si esto os parece ridículo, permítanme aclarar que no les está pareciendo lo suficientemente ridículo: ¡la lápida era de mentirillas! Según ellos contaron, habían escrito un libro de cuentos sobre la Muerte, que no consiguieron publicar en su planeta pese a que intentaron los más diversos caminos. Un integrante se afilió a un partido político e hizo campaña durante diez años, con el exclusivo fin de ser designado Ministro de Educación e imponer el libro como obligatorio en las clases de literatura escolar; pero su partido nunca obtuvo más de un 0,0000001 % de los votos válidos. Otro jugó a la quiniela clandestina durante dos años, dos veces por día, hasta ganar un premio lo suficientemente importante como para autoeditar el libro… Lástima que, para ese momento, estaba en bancarrota, y se vio obligado a emplear el premio en evitar que lo desalojaran, por no pago de la hipoteca, de la carpa donde vivía, en los pastizales junto a las vías del ferrocarril. El más arrojado de ellos aprendió a usar el tablero ouija y se comunicó con los ancestros de los editores más afamados del ramo, e intentó convencerlos de que a su vez convencieran a sus descendientes (si era necesario, embrujando sus hogares con hordas de poltergeist) de publicar el susodicho libro. La jugada no salió exactamente como lo había planeado; requirió tres exorcismos, cinco contrahechizos celtas y quince sesiones de curación del empacho para liberarse de los fantasmas que se le habían acumulado en cuerpo y casa.

Esta buena gente, obsesionada con publicar sus cuentos, decidió tentar suerte en otro planeta. Se inscribieron en los cursos de astronáutica espacio-temporal y tras diez años de estudio intensivo obtuvieron los títulos correspondientes; entonces compráronse una nave en liquidación por vejez vetusta y, con todo en regla, salieron a la búsqueda de una editorial extra-planetaria.

Como ya conté, llegaron sin quererlo al planeta V23 de la galaxia Muy Muy Lejana. Sus habitantes, generosos y pacíficos, se compadecieron de los humaniformes y su triste historia e iniciaron una revuelta planetaria para obligar a las editoriales a hacerse cargo del librillo de cuentos. Craso error, que pagarían caro, como se verá a continuación.

En V23 desconocían la escritura. O la conocían pero no la utilizaban, lo cual viene a ser lo mismo para lo que nos importa. Sus libros eran audio-libros, ¡y qué belleza ver a los habitantes andar por calles y parques, con los auriculares conectados a sus tentáculos auditivos, leyendo sin cesar! Los accidentes de tránsito eran bastante frecuentes, pero eso no arredraba a los tantísimos y entusiastas lectores. Los cuales, tras el éxito de su revuelta planetaria estaban, imagínense, esperando entusiastas que se publicara el audio-libro de los humaniformes.

Previa traducción al lenguaje veveintitrésico.

Y ese fue el problema… La ortografía, sintaxis y estilística de los textos humaniformes no era apta para ser convertida en sonidos veveintitrésicos; la traducción condujo a una interminable cacofonía, a un ritual de cánticos pegadizos y a la vez horrísonos. Los habitantes de V23 cayeron en una espiral autodestructiva; incapaces de escapar al influjo demoníaco de las palabras-sonidos venidos de otra galaxia, no solo escuchaban una y otra vez los cuentos, sino que también los recitaban a viva voz. Dejaron de dormir, de comer, deambulando como zombies por ciudades y campos, arrastrando con ellos a niños en estado catatónico. El gobierno tuvo que movilizar a las fuerzas del orden y seguridad y de la salud, previo taponar sus tentáculos auditivos con gasa y envolverlos en vendas y yeso aislante. Recogían de las calles a los más afectados, los dormían con drogas o tentaculazos (lo que hiciera falta) y los arrastraban a los centros de salud psiquiátrica que se montaban casi en cada esquina. Los bomberos, ojerosos y macilentos, invadían las casas, bibliotecas y librerías secuestrando ejemplares del libro maldito para incinerarlos en los descampados. Pese a todo, la batalla se hubiera perdido si no fuese porque un funcionario hizo un descubrimiento asombroso: los empleados de las oficinas gubernamentales eran inmunes. Nunca se supo por qué, pero yo creo que la costumbre de oir papeles inútiles y absurdos, típicos de cualquier burocracia (sea de la galaxia que sea), los llevó a adquirir una resistencia inusual a los sonidos infernales. El caso es que el gobierno cerró todos los ministerios y envió a los empleados como fuerza de choque contra los libros. Fue la única vez en toda la historia del planeta que sirvieron para algo útil, ¡pero qué útiles fueron esa vez!

¿Y los humaniformes? Para salvarlos del linchamiento los encerraron bajo siete llaves en un refugio subterráneo cavado apresuradamente y sin comodidades. Aburrido, un refugio subterráneo sin comodidades. Para no aburrirse más, hartos de mirarse las caras y comer comida enlatada saborizada con sabandijas, decidieron escribir una segunda antología, cuyo título sería:
«De los extraños sucesos acaecidos en el viaje interestelar de una nave perdida a través de sistemas solares hiperespacios agujeros negros y otros accidentes geográficos de diferente naturaleza y de cómo alex boris clarinete edgardo elisabet esther gothian harvey nelo pedro pepsi plásido rafa valls zoquete lograron sobrevivir a la muerte por asfixia por envenenamiento serpenteril por gravedad excesiva por deshidratación desértica y otros accidentes (¿sinónimo?) terribles sufridos en su vagar sin norte ni guía ni esperanza ni fe ni jabón perfumado.»

Cuando los veveintitrésicos se enteraron del proyecto y tradujeron el título… Sin dilación alguna los cargaron en una nave y los enviaron de una patada tentacular a través del portal. Luego juntaron los bordes del portal y los engramparon. Para reforzar, cosieron el portal por encima de las grampas, con un bonito y sólido punto cadena y preciosas cuerdas de colores vivos. Una vez seguros de que estaba bien bloqueado, lo impulsaron con un cañón súper-impulso-de la muerte mundial hacia el borde de la galaxia. No volvieron a saber ni del portal ni de los humaniformes, hoy convertidos en el cuco para asustar a los niños que no quieren tomar la sopa.

¿Y los Monkys? Se fueron a una isla tropical, donde vivieron y se reprodujeron alegremente entre daikiris y hula-hulas. La colonia monkiana creció y creció, y al fin montaron un HumanisicPark, con el que ganan muchos pesos veveintitrésicos por año veveintitrésico, y continúan viviendo y reproduciéndose alegremente.





18/1/12

Necroslogía. O cómo seguir soñando…


Uno de esos indeseados chisporroteos informáticos me dejó fuera de la Red en unos días muy especiales. Muy. Porque tras varios meses de trabajo hemos publicado la antología de cuentos Necroslogía.

¿Dónde, qué, cómo?...  Seguir el enlace…



Los autores de los relatos hicimos el libro, la página web, el book-trailer (en un ratito estará subido en la página), todo de principio a fin, detalle por detalle, a veces tras largas deliberaciones, otras teniendo que rehacer el trabajo una y otra vez. Cada uno, además de escribir un cuento, aportó en la medida de sus tiempos, de sus saberes, de sus posibilidades. Y aquí está. ¿Cómo no van a ser estos días unos hermosos días?

No, no hicimos todo, en realidad. El prólogo es obra de Paco Illán Vivas, a quien le agradezco profundamente su buena voluntad y su buen hacer.

No daré más detalles del libro en esta entrada, ¡porque lo que vale la pena decir ya lo encontrarán en su blog! Una página que no tiene desperdicio en ninguno de sus apartados, debo decir.

Si fuese una buena vendedora (marketing, en palabras elegantes) emplearía este espacio para convencerlos, estimados lectores, de que se apresuren a visitar la página de Necroslogía, que compren el libro en papel (aunque si viven fuera de España no se los aconsejo, los costos de envío son estratosféricos) o que, por lo menos, descarguen en forma gratuita el PDF. Y que, además, lean la Antología. Y que nos cuenten (enseguida, enseguida) si les gustó o no (espero que sí :) ). Y que recomienden el libro a sus amigos, compañeros, familiares y también a los desconocidos con los que se cruzan en la calle. Emplearía toda una página para ello. Pero no soy una buena vendedora; más aún, soy mala vendedora, lo sé. Así que… Simplemente: pasen y vean. Yo solo esperaré, con paciencia, los comentarios (aunque me desvelo esperando, jajaja).


Necroslogía es, para mí, más que una antología de cuentos: es un libro hecho con nuestras propias manos. Aunque sean manos virtuales… Pero no. A estas alturas los integrantes del colectivo literario La Tribu no somos virtuales, no estamos digitalizados; aunque la mayoría no nos conocemos en la vida real y poco sepamos los unos de los otros, tenemos un hacer en común, un compartir en común que vuelve innecesaria cualquier otra consideración. Si tuviera que definir en forma sencilla qué es La Tribu para mí, lo diría de forma realmente sencilla: un espacio donde soy feliz.


Hace bastante tiempo, cuando comencé a buscar información para escribir un artículo sobre la Editorial Eloísa Cartonera (Prosofagia 9, agosto 2010), quedé enamorada de su página web (http://www.eloisacartonera.com.ar). En ella hablan de cómo el proyecto surgió durante la peor crisis económica del país, cuando la destrucción de las fuentes de trabajo empujó a la gente a la calle, a los clubes de trueque y al cartoneo para sobrevivir, cuando no al saqueo de supermercados. De cómo los creadores de Eloísa Cartonera decidieron embarcarse en la loca idea de pelearle a la crisis, sumando a los marginados del sistema para hacer cultura y vender libros al mismo tiempo que un kilo de papas o un atado de lechuga.

De esa página copio un fragmento:

«Pero lo mejor que nos pasó, además de conocerlos a ustedes, fue convertirnos en cooperativa. Al principio nos costó despertarnos, darnos cuenta. Antes, todos nosotros estábamos dormidos… Con el cooperativismo aprendimos que el trabajo es lo mejor que nos puede pasar. Convertimos el trabajo en parte de nuestra vida, y nunca una obligación, algo desagradable; convertimos al trabajo en un sueño, en nuestro proyecto.
Aprendimos a confiar en el otro, a ser mejores compañeros, a esforzarnos por un objetivo común, por algo más que nuestro propio ombligo. Conocimos muchas cosas, ente tantas otras nuestro tierno corazón, aleteando, como un murciélago moribundo que no logra escapar por la ventana… ¡Que el trabajo sea una alegría fue nuestro mayor descubrimiento!».

En el momento que leí este fragmento me dije: tengo que ir. Tengo que ir allí, a ese local, hablar con ellos, respirar ese aire. No solo por el artículo. Un lugar donde el trabajo es un sueño y una alegría compartida es un lugar que uno no puede dejar pasar como si se tratase de un cartel indicador al costado del camino. Fui. Vi a gente que trabajaba duro y sin tomarse un respiro y, mientras tanto, contaban historias hermosas, de esas que uno no olvida, porque son historias en las que se remonta el fracaso, los tropiezos, las caídas a fuerza de trabajo y de ideas. Cuando llegó el horario de finalización de las clases de la escuela cercana, los pibes, rumbo a su casa, pasaban por el local; los chicos —que son más agudos que nosotros, los adultos— sabían que allí existía un mundo maravilloso y lleno de risas. Un mundo maravilloso creado alrededor de los libros.


La Tribu no es una editorial ni una cooperativa sino un colectivo literario. Pero cuando pienso en ella, pienso en el fragmento que acabo de citar. Por eso, quizás, tenemos una página web destinada a una antología de cuentos sobre la muerte que tiene, como figura principal, incluso como administrador, a Monki. Porque tomarse en serio el escribir sobre la Muerte (y nos tomamos en serio cada cuento que escribimos) no es óbice, en La Tribu, para no reírnos con los videos que ahora pueden encontrar en Monki Town (pestaña "Monki", arriba).

No disfrutar del hacer entre todos es, definitivamente, estar dormido. O eso es lo que creo.




PD: cuando le dé las últimas puntadas a un cuento delirante y absurdo que tengo entre manos,  sobre Necroslogía, lo subiré :)

3/1/12

Revista literaria Prosofagia 14



El nuevo año viene cargado de esperanzas, de proyectos: recién estrenado, brillante, todavía sin ajaduras, remiendos ni reparaciones hechas con ataduras de alambre. El inicio de un año es como regresar a la infancia, a la época en que todo era posible, incluso los sueños.

Luego, el mundo dará vueltas y más vueltas; quizás las cosas vayan bien, quizás no tan bien. Quizás el azar intervenga, o los destinos se decidan en ámbitos en los cuales uno no tiene participación. Pero siempre habrá decisiones que tomaremos por nuestra cuenta y de las cuales dependerá si seguiremos soñando o no.

El 2011 fue un año difícil. Dejémoslo atrás. Apostar a seguir caminando hacia ese horizonte lejano, que, como dijo el poeta, nunca alcanzaremos, ¡pero sirve para caminar!

Caminar.

Prosofagia 14, con suma ilusión...




Índice de Contenidos

Secciones
HUMOR GRÁFICO: «Conciencia de autor» (Nelo),
SEA BUEN ALBAÑIL: «Comma, coma, Comala I» (Esther),
«Comma, coma, Comala II» (Esther),
LITERATURA Y TECNOLOGÍA DIGITAL: «Gadgets antiliterarios: La nube de palabras» (zoquete),
SOBRE LA LITERATURA: «Leyendo a Barthes: Análisis del relato» (Elisabet),
ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS: «VI Encuentro de Literatura Fantástica en Dos Hermanas» (Teo Palacios),
«Entrevista a Laura Gallego» (Elisabet),
«Las conversaciones de Formentor» (Melusina)
 Tríptico de felicitaciones: NAVIDAD «Cuartetas navideñas al niño Dios» por Lola Vicente, 
AÑO NUEVO Y REYES por Prosofagia.

Cuentos y Poesías

«La canción que va más allá» y «Estar aquí» por Julio Maruri (manuscritos inéditos).
«La despedida» por Pedro
«Sin hablar» por Natalia Rubio (Natts)
«Caín revisited» por zoquete
«El niño de los lazos» por Delia Aguiar
«El muro» por Manuel Pérez Recio (Nelo)
«Enola grain» por Agustín Capeletto
«Acecho en la Catedral» por Fernando Castellano Ardiles (Gothian)
«A mi hermano Miguel Ángel» por Lola Vicente
«JoséPepe» por Plácido Fernández González (Plásido)
«Dolores, la Curadora» por Harvey
«La cima del círculo» por Daniel A. Franco (D)
«Tríptico del pasado, presente y el futuro» por Pedro de los Ángeles
«El patito feo» por pepsi
«El bello sonido del agua» por Jesús García Lorenzo (clarinete)
«El prisma» por Ricardo Durán (Coloso)
«El traidor sin nombre» por Vanessa Navarro Reverte (Madelyne Blue)
«Gripe» por Boris Rudeiko
«El refugio» por Sergio José Martínez (Valls)
«A fuerza de tanto recordarte» por Janet Guerra
«Una mañana de octubre de los años setenta» por Edgardo Benítez
«El ángel chueco» por Esther

Fotografías:  Cesare Croci, CesareOne; Daniel Seller; José Luis Jaime Cortés; José Manuel Solana; Manel Llopart Roviró, Natalia Rubio, Natts;  Viñeta (HUMOR GRÁFICO): Nelo; Pintura: «No me des amor, sólo abrázame» de Shino Watabe.

7/12/11

Último mes del año


Mucho sucedió en Argentina en este año de gracia de 2011. Buena parte de esos sucesos —que ocuparon metros y decibeles en los medios de información— serán olvidados en un suspiro, no porque la memoria colectiva sea débil sino por la propia mezquindad de lo acaecido. Otros quedarán registrados en el recuerdo. Y posiblemente solo un par ingrese en la historia.

Quizás, dentro de un par de décadas, recordemos a este 2011 como el año de los Juicios. Con mayúscula y sin más aclaraciones, que no son necesarias. Cuando, tras treinta años de lucha incesante de los Organismos de Derechos Humanos, por fin el país, de norte a sur y de este a oeste, estuvo impregnado de esa rara cosa a la que se llama justicia.  Los senderos que los Organismos abrieron en las décadas pasadas ahora son, sin vuelta atrás, un único camino real, y parece firme el suelo, firme para caminar en él.

Quizás, dentro de un par de décadas, miremos hacia atrás y nos demos cuenta de que esa lucha incesante, lúcida, dolorosa se constituyó en el verdadero entramado social, en la razón por la que todavía sobrevivimos, todavía cantamos. Que seríamos, sin ella, un país mucho peor.

Y esto no es obra de políticos ni de economistas. No. Las Madres, las Abuela son la cara más pública de tantos y tantos que hicieron de tripas corazón, dolieron sus dolores hasta convertirlos en voluntad, y caminaron juzgados, despachos, plazas y calles, juntaron información de a trocitos, buscaron verdades que muchos no querían ver e insistieron tozudamente en la memoria, la verdad y la justicia.  

Gracias.






Coro Quiero Retruco (integrado por expresos polítcos y familiares de desaparecidos). Consignas de las marchas, Iglesia de la Santa Cruz.

18/11/11

Cuando de mundos se trata


Un mundo globalizado, sin fronteras políticas porque, en principio, la política ha dejado de existir como tal, devorada por un poder económico que sostiene una clase privilegiada mientras la mayor parte de la población está atrapada en un consumismo destructivo. ¿Una descripción de nuestro mundo en este noviembre de 2011? No. Ese es el mundo de Mercaderes del Espacio, novela de ciencia ficción publicada en 1954 (Frederik Pohl, C.M. Kornbluth).
Toda semejanza con la realidad es pura casualidad. ¿Lo es?

La ciencia ficción sigue siendo, para muchos, una suerte de hermanita menor de la literatura "de verdad". Esta concepción se ve refrendada por el cine y la televisión, que suelen —salvo honrosas excepciones— mostrar a la ciencia ficción como un género de batallas espaciales, monstruos alienígenas y héroes que, al final, siempre salvan al mundo. Sin embargo, la literatura de ciencia ficción puede hacer más que eso, y hace más que eso.

Lo anterior es apenas una introducción para lo que sigue, y lo que sigue es mi comentario a Ciudad sin Estrellas, de Montse de Paz (Elisabet), Premio Minotauro 2011. Como siempre, soy lenta como un caracol en reseñar. Pero, como los caracoles, al fin llego. Confieso, también, que en su blog:


hay otros comentarios más interesantes que el mío… Aconsejo pasar por allí.


Ciudad sin Estrellas


Si la literatura de ficción es un engaño, la buena literatura de ciencia ficción es un doble engaño. Si es buena, nos convence de que trata de aventuras, mundos asombrosos y personajes casi inimaginables, y nos dice que la leamos para divertirnos en nuestros ratos de ocio. Le creemos. Y nos interesa, nos divierte, nos asombra. Pero, cuando menos te lo imaginas, aparecen ideas cuestionadoras, inquietantes. La buena literatura de ciencia ficción inventa mundos para enfrentar al Homo consigo mismo o con sus sociedades reales. 

Ciudad sin Estrellas es una novela de ciencia ficción. De la buena. De la que se lee cuando uno tiene trece, catorce años, y despierta la imaginación, atrapa, logra que uno se impaciente por conocer el destino del héroe. De la que se lee cuando uno tiene más años sobre las espaldas y entonces se pregunta, por ejemplo, ¿y qué es esta Ziénaga?

En el mundo post-apocalíptico de la novela apenas han quedado unas veinte ciudades habitadas; Ziénaga es una de ellas. Todas, parece ser, son similares. Los habitantes de Ziénaga viven rodeados por dos murallas. Una de ellas es física: la cúpula que rodea la ciudad y la aísla. La otra es una muralla construida por la negación de la historia, la filosofía, la religión y la ciencia (lo que sus habitantes consideran "ciencia" no es más que un pálido reduccionismo técnico). En Ziénaga la Humanidad ha sido formateada para impedirle cualquier intento de trascendencia espiritual o intelectual, individual o social.

Al inicio de la novela, Prince, uno de los amigos de Perseo, le dice:

«¿Qué tiene de malo tu padre? Tiene un trabajo fijo, gana buena pasta, se divierte con sus amigos y vive sin preocupaciones. ¡Todos acabaremos así!»

Esta línea, inmersa en un diálogo más general, adquiere su verdadera importancia más adelante: en ella está inscripta la realidad en la que vive Perseo.


Montse de Paz (Elisabet) construye sólida y meticulosamente esta sociedad inmovilizada en un eterno ahora, aislada en el tiempo y el espacio. Una a una, las piezas encajan en el rompecabezas: la cúpula que ciega a sus habitantes; la aparente disociación entre "la ciudad" y "los boquetes" y la articulación social entre ambos a través de las rutas de la droga, rutas incluso protegidas, porque son vitales para evitar el desmoronamiento de toda Ziénaga; la precisa localización geográfica del barrio de los artistas; la preminencia del sexo virtual y, en general, de la virtualidad; los ritos de la muerte; el tipo de educación que se imprime en los niños.

Decía, más arriba, que en este mundo la historia es negada. Sin embargo, hay dos formas de transmisión histórica que perviven. Una: los mitos, que se exponen en los foros de los cazadores de antigüedades y los foros misticoides. La otra es individual, pero no menos importante: ese camino sutil que siguen las ideas cuando se transmiten a golpe de vivencias personales. En este caso, el camino que siguen desde la madre de Perseo a Perseo, y desde él… ¿hacia dónde, hacia quiénes?

Ciudad sin estrellas afirma la posibilidad de una Humanidad que, perdida su capacidad de trascenderse a sí misma, alcanza el paraíso prometido por la mayoría de las actuales tandas publicitarias televisivas. Pero, al mismo tiempo, niega esta posibilidad: el Homo, tozudo como una mula, seguirá empecinado en buscar más allá.

Por eso, el verdadero papel que cumplen las cúpulas no es el de impedir que sus habitantes salgan de la ciudad: es bloquear la conciencia de que existe un universo más allá del hombre, por la simple táctica de impedirle ver ese universo. Y Perseo quiere ver.

Si la construcción de esta particular sociedad es sólida, también lo es la construcción del personaje de Perseo. Está en las antípodas de ser un Prometeo y está en las antípodas del héroe típico. Perseo es un joven, casi un adolescente, que quiere ver. Quiere saber. Quiere saber qué hay afuera y quiere saber si creció sin su madre porque sí o realmente existió una razón. No va a salvar al mundo, no es lo suyo una gesta épica. Perseo es, de punta a punta, un jovencito que piensa en romper con los límites impuestos porque quiere saber, no porque posea una ideología, una finalidad de peso, una decisión, un compromiso social. Perseo es verosímil hoy y ahora, por quien es, por sus amigos y la relación que tiene con ellos, por sus expectativas; cualquiera de nosotros pudo ser o puede ser un Perseo, o ha conocido a uno, más de un Perseo. Es ignorante de casi todo y por eso es también peligroso en un sentido particular: como no es capaz de percibir el panorama completo deja abiertas las puertas al azar y este irrumpe una y otra vez, incluso con consecuencias dantescas. Esa inconsciencia de Perseo está equilibrada por Amanda. Amanda es uno de esos personajes que se hacen un lugar por sí mismos. En una sociedad como Ziénaga es —casi por lógica— la más cara madame quien posee la sabiduría que le falta a Perseo. La bella y silenciosa Amanda sabe, y le dice a Perseo: «Yo no puedo buscar el infinito. Mi cometido es ofrecerlo». Es, quizás, la única habitante de Ziénaga que podría leer a Borges.

Ciudad sin estrellas es una novela ágil, escrita con una prosa cuidada, sencilla y elegante, que lo es incluso en el lenguaje vulgar de sus personajes. La estructura, impecable. La facilidad con que se lee da cuenta de ambos: de la calidad de la prosa y de la calidad de la estructura. Si algo puedo reprocharle es la existencia de un personaje secundario cuya aparición (o extensión dedicada) no encuentro justificada (Vivian). Sin embargo, tampoco es posible el reproche porque, es evidente, Ciudad sin estrellas es la primera parte de una obra más ambiciosa, y se requeriría leer la continuación antes de opinar con fundamento.

Sin hacer mayores precisiones —por razones obvias—: el final me parece un gran final. Pero no solo pensando en que existirá una continuación. Me parece un gran final si la novela termina aquí y no hay segundas partes. Un final al que puedo dedicarle el mayor elogio que se me ocurre para el final de una novela de ciencia ficción: Hollywood nunca lo aceptaría.

6/11/11

Al final de la jornada


—¿Y...?  —Movió la copa haciéndola tintinear sobre el vidrio oscuro—. ¿Pesado, el día?
—¡Qué va!... Excelente, excelente. A la centésima segunda computadora... No creerás mi suerte, ¡veintitrés capítulos de una novela!
—¿Inédita?
—Si no fuese inédita no estaría alegre como pascuas, ¿no te parece? ¡Hombre!

La sonrisa, de oreja a oreja.

—Pero... ¿revisaste...?
—Todo. Correos electrónicos, msn, cada carpeta de “mis documentos”. Todo.
—¿Foros, blogs, concursos?
—Nada. Inédita, te digo. Un pobre tipo que no sale de su madriguera. Como era yo antes de que la tuberculosis me trajera aquí.

Bebió un sorbo y volvió a hacer rodar el pie de la copa sobre el vidrio. A su alrededor las túnicas color cielo y nieve se confundían entre sí y con las imágenes en los espejos. Un dejo de envidia tiñó de amarillo pálido la suya; rápido, se obligó a pensar en otra cosa, cualquier otra cosa que lo arrancara de sus desvergonzados celos y devolviera a su túnica el color que debería tener. ¡Qué desdicha tanta vulnerabilidad!

—Y es buena. Es original, muy original, eso me dijo el Jefe —concluyó bajando la voz hasta el susurro.

Satisfecho, miró de reojo a su amigo, regocijado con sus esfuerzos por borrar el sucio amarillo de la túnica y obligarse a esbozar una sonrisa de compromiso.

—¡Qué...! ¿La leyó el Jefe? ¿Ya?
—Ya, sí. Tiene dos Editoriales interesadas en comprarla. Buen precio, ¡muy buen precio! Y espera más ofertas, mañana. Me dijo...
—¿Qué?
—Dijo que era el mejor negocio de La Otra Vida S.A. en un siglo.  Que esta vez nos pondríamos delante de la competencia. Que... —No pudo más y explotó—. ¡Me dará un ascenso! ¡Seré subgerente!

La túnica de su compañero tornó a un amarillo tan intenso que hería la vista. Varios fantasmas jóvenes, recién llegados al lugar, los miraron con curiosidad.

En ese exacto momento Joaquín Sindoque dormía intranquilo en su cuartucho de escritor ignorado. Seguiría siendo un escritor por cuatro meses y tres semanas más, hasta el día aciago que, paseando un ramo de rosas rojas que había comprado para su novia, descubrió en un escaparate la recién editada —y muy publicitada— novela Aguas de azúcar. Tembloroso, entró en la librería. Dos días después quemó en hoguera india su computadora, papeles y libros, abandonó la literatura, la ciudad y a Laura, y se embarcó rumbo a una plataforma petrolera, mar adentro. No volvió a saberse de él.

Nunca comprendió cómo su novela inconclusa fue plagiada hasta el último detalle. Eso lo atormentó hasta el bienaventurado instante en que una imprudencia lo explotó junto a la caldera.