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22/1/13

Sobre la sangre derramada, de Manuel Navarro Seva



Manuel (Boris) ha publicado su segundo volumen de cuentos. Esta vez, relatos más extensos que los de Cosas que nunca confesé a nadie. Y más extensos que aquellos a los que nos tiene acostumbrados a nosotros, sus lectores-seguidores. Lo que no cambia es la excelencia de su prosa, la solidez en la narración… Y esa particular mirada sobre el mundo que el Homo creó a su imagen y semejanza.

Los personajes viven en San Petersburgo, o llegan, se van o recuerdan a San Petersburgo. Ciudad mágica. Ciudad donde la sangre puede ser derramada y ha sido derramada a lo largo de cuatrocientos años. Ciudad atravesada por la historia grande desde sus inicios, que sobrevivió a guerras y revoluciones y hasta a un feroz sitio de más de dos años en un siglo XX en el que ya parecía que sitiar ciudades era una táctica obsoleta.

Pero estas historias poco tienen que ver con esa otra. La violencia es íntima, personal; la sangre puede derramarse sin que los personajes pierdan una gota de ella, y a veces el no hacer resulta ser la mejor forma de hacer. Es posible comprender a los protagonistas, husmear en su interior, seguirlos en sus pensamientos y acciones porque, en definitiva, son como usted o como yo o como cualquiera. Aunque nunca nos haya tocado vivir sus particulares aventuras o conocer Rusia.

Luego de terminar el libro me dije que había algo curioso en él. San Petersburgo es otro personaje más, pero lo es con una cualidad casi fantasmal: está pero no necesariamente se advierte que está, a veces solo se lo observa con el rabillo del ojo y uno cree que lo ha olvidado y, sin embargo, sigue estando allí, justo en la periferia de la visión. Ahora me desvela el intentar averiguar cómo Boris logró este efecto. Para copiarlo, of course. Esa es la ventaja de compartir espacios literarios con los que son realmente buenos escritores…


Tuve la suerte de leer Sobre la sangre derramada antes de que se publicara. Boris me pidió una mirada crítica. La tarea más fácil del mundo: revisar los cuentos de Boris no es tarea, es una fiesta.  Así que no presten atención a los créditos: mi condición de "redactor" es, más que nada, la de haber disfrutado antes que otros lectores de estos cuatro magníficos cuentos.

Mejor no continúo. En el blog de Boris puede leerse el Prólogo, escrito por Montse de Paz. Elisabet dice todo lo que vale la pena decir y lo expresa con una calidad literaria insuperable. Callo la boca, entonces, y me remito al prólogo…

 Link a Amazon, Sobre la sangre derramada.

7/1/13

Las alforjas de los Reyes Magos



Nos llevó como un año, más o menos, pero al fin nos decidimos y armamos el blog de nuestro colectivo literario. O fue traído por los Reyes Magos. No sé. Pero que está, ¡está!:



Iniciamos con material de una de nuestras secciones literarias menos convencial que otras: los anuncios fantásticos. Que, por cierto, está abierta a quienes deseen participar…

2/1/13

Relatos Prosadictos



En esta primera antología del foro Prosadictos se puede disfrutar de once relatos,  obras de otros tantos autores, relatos muy diversos entre sí salvo en la atracción que despierta su lectura.

Luego de haber finalizado el libro pensé que, para escribir sobre él, me gustaría seguir otro orden que el que ofrece; utilizar un hilo personal para tejer las historias. Una suerte de hilo de Ariadna que comienza en Entre tú y yo (Mónica Bezom): un texto profundamente introspectivo, poético, que discurre entre el mundo de la vigilia y el onírico, un relato al que hay que leer dejándose llevar, sin intentar imponerle un ritmo propio a la lectura.

¿Luego? Luego, Huesos de cristal (Zacarías Montano), un relato ya con estructura de cuento, pero un cuento que parece responder con precisión a su título: una historia fantástica cuyos huesos son de cristal, una historia hecha de liviano, delicado y frágil esqueleto de cristal, que se recorre de puntillas, por miedo a quebrarlo.

Ya aquí regreso a Entre tú y yo,  a releer un fragmento que, aunque extraído de su contexto, bien puede ser considerado como premonitorio del resto de la antología:

«Un poco más alejado, un hombre vende lienzos de colores; los ha tendido en hilos apenas visibles y, no sé por qué, se me antojan ilusiones errantes condenadas a la soledad de los
arenales.»

El hilo de Ariadna me conduce a través de ilusiones imaginadas que, en el fondo, se refieren a aquellos que padecen (o padecerán) una soledad creada por sí mismos o por la sociedad en la que viven. Uno a uno, los cuentos que siguen se desenvuelven en una realidad reconocible como propia o ajena, pero siempre realidad reconocible. Los narradores, a veces trágicos y otras veces irónicos, desgranan qué le sucede a nos, los Homos, cuando nos aferramos sin medida al miedo, la muerte, la ambición, los recuerdos, o cuando chocamos con lo estatuido, lo reglamentado, lo políticamente correcto. Así, siguiendo mi hilo, arribo a La sentencia (Fernando Hidalgo Cutillas), donde se despliega, con maestría y alrededor de un hecho simple y casual, una espiral de miedos individuales y sociales cuyo final no puede ser otro que  amargo.

Tras haber partido de lo poético y de la fantasía y atravesado los páramos de la realidad, en el otro extremo del hilo llego a Sin la mosca (Daniel Franco), un cuento de ciencia ficción con todas las de la ley, y con esto me refiero a que el cuento posee eso que hace de la ciencia ficción un género incomparable: una idea que abre ventanas en la mente para permitirle expandirse más allá del mundo conocido, y, al hacerlo, comprender mejor el mundo conocido.

Al finalizar el recorrido vuelvo atrás para citar una frase de El lugar adecuado, el momento preciso (Vanessa Navarro Reverte):

«Sencillamente porque quería alcanzar la muerte, no sobrepasarla.»

Una frase que habla de Ana, sus lugares y momentos, pero que, con independencia a su historia,  también es una de las más bellas que haya leído en los últimos tiempos.


         Y, fiel a mi idea de que un libro es más que su contenido, mis felicitaciones a Daniel Franco por haber ideado y coordinado esta antología (tarea nunca sencilla), recomendable por la calidad de su contenido y también por la de su presentación.

27/12/12

Tantas veces me mataron



… escribía María Elena Walsh,

tantas veces me morí,

decía ella, y otras voces multiplicaron el tercer verso,

sin embargo estoy aquí,

al borde del 2013, y como aún tantas otras veces moriremos, ¿por qué no iniciar el nuevo año escuchando Como la cigarra, en la voz del Cuarteto Zupay? 




3/12/12

Cosas que nunca confesé a nadie, Manuel Navarro Seva



«De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que
nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío»
Cafetín de Buenos Aires.




Conocí a Boris Rudeiko (Manuel Navarro Seva) hace varios años, en el foro de prosa de Bibliotecas Virtuales. Rápidamente adquirí la costumbre de leer sus cuentos en cuanto los publicaba: eran buenos, de verdad buenos. Aprendí a degustar sus particulares narradores, siempre lejanos, incluso indiferentes. Me enamoré de sus historias cotidianas, a veces incluso surgidas de sencillas anécdotas. Luego, seguí su escritura durante estos años y lo primero a decir es que, simplemente, esa escritura es cada vez más atrapante.

Y, como en el tango, sigo pegando la ñata contra el vidiro, mirando de afuera una literatura —esa, la de Boris/Manuel— que nunca alcanzaré. Por más que me esfuerce no llegaré a escribir tan bien como él.

Así que cuando supe que había publicado «Cosas que nunca confesé a nadie» me alegré muchísimo. «Era hora, Boris, que te decidieras», le dije, «no puede ser que tus cuentos anduvieran por ahí, muriéndose de risa en blogs y foros». Lo más rápido que pude abrí cuenta en Amazon y me hice del libro.

«Cosas que nunca confesé a nadie» es un excelente recopilatorio de cuentos y de cuentos muy particulares. No hay sensiblería ni sentimentalismo. No hay aventuras épicas, trasfondos gloriosos ni espeluznantes terrores.

Lo que sí hay es vida. De la de verdad. De la que nos atraviesa. Uno, inocente, lee un relato sencillo, breve, que, además, se lee con facilidad, llega al final… ¡Ah!, llega al final y entonces cae en la cuenta de que se le ha adherido al alma la mirada triste de un niño. Y uno, inocente, cree que podrá desprenderse fácilmente de esa tristeza. Pero no, no es así. Y regresa sobre los pasos, vuelve a leer el cuento, lo dimensiona de otra forma. O bien sucede que uno lee una historia simple, cotidiana y, cuando menos lo espera, lo fantástico se adueña de lo cotidiano, al mejor estilo cortaziano. Te invade la desazón, la inquietud, ¿dónde está el límite entre lo real y lo fantástico? ¿Existe tal límite?

Manuel Navarro Seva no escribe por escribir: escribe porque tiene algo que decir. Lo dice. Y lo dice con arte y con oficio. La estructura de los cuentos es limpia, nítida, fluye. La prosa, construida con precisión de cirujano (o de ingeniero…) y con vuelo de artista, posee esa maravillosa cualidad de ser literariamente compleja pero aparentemente sencilla. Por eso sus cuentos se leen con facilidad.

Y a esto llamo literatura. De la buena. 

Puede decírseme que la amistad que me une a Boris nubla mi juicio. Que soy subjetiva. Es posible (¿cuándo se es objetivo?). Pero cuando, una y otra vez, te arremangaste para leer un cuento, con la firme decisión de destriparlo palabra por palabra, y tras una laboriosa tarea, tras sumergirte en las oraciones, las frases y los párrafos, apenas encontraste una coma que (quizás) podría eliminarse (o quizás no)… Y pese al destripamiento ese cuento no pierde su magia, su capacidad de conmover… ¿Qué decir? ¿Qué otra cosa podría yo decir, si he leído varias veces La luna y todas y cada una de esas veces me emocionó, si creo que Gripe es una descarnada fotografía de quiénes somos, si todavía intento averiguar cuál es el sortilegio secreto que funde tan limpiamente lo real y lo fantástico en Una barra de pan?

Pues decir que hay que leer «Cosas que nunca confesé a nadie».


18/8/12

Prosofagia y el índice de autores


En los últimos meses realizamos un par de innovaciones en la página de Prosofagia. La primera: publicar, como entrada del blog, entrevistas y artículos aparecidos en la revista. La idea, originalmente de zoquete, rondó un cierto tiempo en el staff y rodó también un poquito, hasta que al fin decidimos llevarla a cabo. Las prevenciones se disiparon rápidamente: creo que sí ha sido una buena idea.

(También creo que pepsi publica las entradas con el mismo cuidado minucioso y estético por los detalles que el que tiene a la hora de maquetar.)

Luego decidimos llevar a cabo otra idea que venía dándonos vueltas desde hace un tiempo: organizar un índice de autores, que permitiera ubicar rápidamente las distintas participaciones de quienes colaboran con la revista. Confieso que cuando terminé la tarea de recopilación de los primeros quince números y me encontré con veintiún páginas de word y más de ochenta autores… Quizás en ese momento vi, con más claridad que nunca, cuánto significan estos quince números en trabajo, colaboración, diversidad. La historia de Prosofagia estaba allí, en esas veintiún páginas. Luego tomé aire y me pregunté: ¿y cómo haremos para publicar tanta información sin que resulte farragosa ni un tocho imposible de utilizar? Obvio, esta clase de preguntas me las hago yo… Y luego recurro a pepsi, que de seguro encontrará una solución. Como hizo también esta vez (y menudo trabajo le llevó, por cierto), así que solo es cuestión de ir a la página de Prosofagia: 


Y se podrá consultar el índice.

Por cierto, es bien posible que se hayan deslizado errores (la verdad es que llegó un momento en el que me bailaban las letras y números, jaja); así que si encuentran alguno, o que falta o sobra o que… Por favor, ¡escríbannos!