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26/7/12

Esa mujer


Por Rodolfo Walsh

(Publicado en el volumen 
Los oficios terrestres, 1965)



El coronel elogia mi puntualidad:
—Es puntual como los alemanes —dice.
—O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
—He leído sus cosas —propone. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
Esos papeles —dice.
Lo miro.
—Esa mujer, coronel.
Sonríe.
Todo se encadena —filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
—La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
—¿Mucho daño? —pregunto. Me importa un carajo.
—Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años —dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
—Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
—La pobre quedó muy afectada —explica el coronel—. Pero a usted no le importa esto.
—¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
—La fantasía popular —dice—. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
—Cuénteme cualquier chiste —dice.
Pienso. No se me ocurre.
—Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
—¿Y esto?
—La tumba de Tutankamón —dice el coronel—. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
—Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
—¿Qué más? —dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
—Le pegó un tiro una madrugada.
—La confundió con un ladrón —sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
—Pero el capitán N...
—Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
—¿Y usted, coronel?
—Lo mío es distinto —dice—. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
—Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
—Me gustaría.
֫Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
—Ojalá dependa de mí, coronel.
—Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
—Mire.
A la pastora le falta un bracito.
—Derby —dice—. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
—¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
—Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
—Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
—¿Qué querían hacer?
—Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
—Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
—Y orinarle encima.
—Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! —digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
—Esa mujer —le oigo murmurar—. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
—Desnuda —dice—. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd —el coronel se pasa la mano por la frente—, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvienta. Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
حMe pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
—... se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire —el coronel se mira los nudillos—, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
—No.
—Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
Pero esa mujer estaba desnuda —dice, argumenta contra un invisible contradictor—. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
—Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
—Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
—¿Pobre gente?
—Sí, pobre gente. —El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior—. Yo también soy argentino.
—Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
—Ah, bueno —dice.
—¿La vieron así?
—Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
—Para mí no es nada —dice el coronel—. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
—A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-—Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: «Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo». Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
—Beba —dice el coronel.
Bebo.
—¿Me escucha?
—Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
—¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
—Tantito así. Para identificarla.
—¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
—Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
—Comprendo.
—La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
—¿Y?
—Era ella. Esa mujer era ella.
—¿Muy cambiada?
—No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
—¿El profesor R.?
—Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
—¿Enciendo?
—No.
—Teléfono.
—Deciles que no estoy.
Desaparece.
—Es para putearme —explica el coronel—. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
—Ganas de joder —digo alegremente.
—Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
—¿Qué le dicen?
—Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
—Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
—La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
—Llueve —dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
—Llueve día por medio —dice el coronel—. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
—¡Está parada! —grita el coronel—. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
—No me haga caso —dice, se sienta—. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
—¿Eh? —dice—. ¿Eh? —dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
—¿La sacaron del país?
—Sí.
—¿La sacó usted?
—Sí.
—¿Cuántas personas saben?
—DOS.
—¿El Viejo sabe?
Se ríe.
—Cree que sabe.
—¿Dónde?
No contesta.
—Hay que escribirlo, publicarlo.
—Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
—¡Ahora! —me exaspero—. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
—Cuando llegue el momento... usted será el primero...
—No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
—¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
—Es mía —dice simplemente—. Esa mujer es mía.




Fuente: Ciudad Seva


27/6/12

Leer a Ray Bradbury


(No es cierto que Bradbury haya muerto. Durante medio siglo existió —lo sé de buena fuente—, en un campo secreto de Illinois, un cohete destinado a él. Un buen día él metió una muda de ropa en su valija y se fue a Marte. Allí vive ahora, seguramente conversando en antiquísimas lenguas ya perdidas, en las tardes rojas de aires diáfanos, con los amigos que esperaron durante muchos, muchísimos años, pacientemente, hasta que él decidiera que ya era hora de hacer el viaje.

Por eso no hablo de él en pasado sino en presente.) 


Bradbury no es un escritor imaginativo: es un escritor que usa la imaginación para narrar su pensamiento. Tiene sus ideas y está seguro de que quiere contarlas. O sea, es un escritor. De los de verdad.

Lo fantástico (entendiendo como tal lo fantástico, la fantasía, lo maravilloso, la ciencia ficción y el terror) es, para Bradbury, un derecho del Homo, un derecho incuestionable e irrenunciable. Es el lugar del que podemos extraer fuerzas para defendernos de los infinitos shows bobos de la televisión, de las idénticas mesas de plástico de los Mac Donalds, de la vacuidad de la comunicación a toda costa y a costa de no comunicarse con el otro. Expone lo fantástico como el terreno donde es posible deshacer la civilización aséptica, desbaratar lo permitidamente posible, atreverse a lo decididamente imposible. Lejos de las épicas espaciales, sus personajes se lanzan al espacio persiguiendo los más primigenios sueños y terrores, para terminar encontrándose despojados de su soberbia de especie. Su héroe es el padre gris, encorvado en una biblioteca, despreciado por su hijo, pero que, cuando llega el momento, es capaz de saber que sí, que los pararrayos no están para detener los rayos sino las tinieblas y que la única forma de quebrar el corazón de una bruja es enviarle una sonrisa pintada en una bala. O es el campesino que se enfrenta a la mirada despreciativa armado solo con su dignidad y apoyado por un perro descastado que levanta su patita para orinar contra la pared. O el ciudadano común y corriente que entierra su reloj pulsera-teléfono en un helado de chocolate y con ello se gana el paraíso de una celda acolchada y silenciosa.

Bradbury descree de la muerte esterilizada en blanquísimos hospitales y la va a buscar en el azúcar de las calaveras del día de los muertos, y nos lleva con él hacia allá, hacia la muerte como era concebida en los albores del Homo, antes de los ríos de tinta y los intelectuales y los servicios pagos de entierros prolijamente organizados.

Bradbury nos acerca a lo fantástico, pero, curiosamente, lo fantástico resulta ser un niño corriendo por campos y montes con su calzado crujiente, de verano recién estrenado, un barrendero que sabe que ciertas melancolías no se curan con pócimas, unos padres que sacrifican todo por ver, tocar y escuchar a su hijo tal cual es y no tal cual parece que es, unos hombres que destruyen aquello que no son capaces de comprender, los tristes habitantes de todos los otoños de cualquier sitio.

Lo fantástico es un monstruo que espera durante un millón de años encontrar a alguien de su especie, alguien que lo salve de su soledad inconmesurable, una sirena en un faro que responda a su lamento. ¿Quién puede no adivinarse, en algún momento de su vida, en ese monstruo aullando por reconocer y ser reconocido por un otro que no existe?

O sea, lo fantástico es usted, yo, cualquiera de nosotros, en el fondo del alma, allá donde moran los miedos y el amor y la soledad y los sueños, donde las colinas pueden ser azules y el aire livianísimo, una mariposa dorada cambiar el destino de la humanidad y existen cohetes en los campos de trigo, pero siempre se trata del lugar donde moran los miedos y el amor y la soledad y los sueños. Nos devuelve el silencio, la noche en una ciudad vacía, la oscuridad del espacio profundo, la soledad de los caminos, nos los devuelve para que encontremos en ellos el recurso, la geografía y el tiempo necesarios para pensar, despaciosa, dulcemente, en la muerte, en los sueños, en el amor, en nosotros mismos.


Por eso, él nos dice que un libro, cualquier libro, todos los libros merecen ser quemados por los incineradores de siempre, no por las ideas que contienen sino porque en sí mismos, por sí mismos constituyen la más poderosa y revulsiva de las ideas: la imposibilidad de cercar al Homo, de encajonarlo, de encerrarlo entre paredes vacías de trascendencia. Mal que le pese al fast food alimenticio, periodístico, literario y audiovisual.


Si tuviera que definir cómo es la literatura de Bradbury a través de una única de sus obras, no eiegiría Fahrenheit 451 ni tampoco Crónicas Marcianas. Para mí, la literatura de Bradbury es la jarra que compró Charlie, en la feria de las afueras de su pueblo.

Exactamente esa jarra.

Y la observamos, noche tras noche, en silencio, pero no sabemos —nunca sabremos— qué contiene exactamente, porque cada uno ve lo que necesita ver.



10/6/12

Revista Literaria Prosofagia: tres años


Uno, un buen día, se cruza en la calle con una vieja amiga y descubre, con asombro, que el niño que lleva de la mano es su hijo menor… Pero ¿cómo? ¡Si fue ayer nomás que secretéabamos secretillos sentimentales en la clase de Historia, que para desdicha del profe caía justito en la primera hora del día lunes! Entonces, así, de sopetón, uno se da cuenta de que el tiempo ha pasado, y que uno, distraído como el que más, lleva varios años sin recordar cambiar el calendario que está en la cocina, colgado en un clavito, al lado de la alacena. Pero, en el fondo, no es que uno sea un distraído capaz de salir a la calle con un zapato de cada color o equivocarse con el menú y pedir un café con leche en vez de una milanesa con papas fritas. Lo que sucede es que uno, simplemente, está ocupado viviendo, y vivir es tarea de tiempo completo.

Así que pasan estas cosas. De pronto uno se da cuenta de que ese loco proyecto —iniciado como loco proyecto y contra viento y marea— ya lleva tres años. Y uno piensa, recuerda, mira hacia atrás, y comprende que en estos tres últimos años siempre estuvo allí, día tras día: el número que se acaba de publicar, el número que se está haciendo, el número que se hará apenas descansemos unas semanas.

Al final, uno comprende que lo que sucede es que Prosofagia ya es parte de la vida de uno. Que uno anda por allí, por la vida, y esas cosas que, en otros momentos, captarían apenas la atención, ahora se transforman en "aquí hay una punta de un buen ovillo a desenrollar en un artículo". Por ejemplo, eso. Por ejemplo, otras situaciones. Porque Prosofagia está en el fondo de la mente, es una compañía constante. Por eso uno no se da cuenta de que el tiempo ha pasado y ya vamos por el número 15: porque Prosofagia no es una referencia del mundo externo sino un pedacito de la propia vida. Uno ha llegado a querer a este pedacito de la vida. Y uno, que siempre cree que hay tanto para mejorar que no sabe por dónde empezar a mejorar todo lo que hay que mejorar, también piensa que existe un salto de varios logaritmos entre este número 15 y el primer número. Para bien, claro. Y uno piensa —también— que logramos mantener un equilibrio que no siempre es fácil: sostener una línea de política editorial definida y al mismo tiempo no atarnos a una estructura, a modelos rígidos. Prosofagia nació con la premisa de que todo estaba por hacerse y teníamos la libertad para re-inventar la revista número a número. Todavía es así. La única libertad que no nos dimos fue la de considerar que era válido hacer un esfuerzo menor que el máximo esfuerzo que éramos capaces de hacer. Todavía es así.

Antes de que se me caiga una lagrimita —uno, siempre de lágrimas prontas…— finalizo esta entrada.
No sin antes colgar un cartelito que intenta ser —solo intenta— una sutil e ingeniosa acción de marketing:

Prosofagia 15, ¿aún no la leíste? ¿Y a qué dejar pasar más tiempo para hacerlo? Es buena, es gratuita y está solo a un clic de distancia de cualquier lugar en el que estés:


(¿Alguien cree que una empresa me contrataría para su departamento de publicidad? Quizás sea mejor que deje caer esa lagrimita en vez de intentar incursionar en las extrañas arenas movedizas del marketing y las ventas.)