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2/10/11

Revista Literaria Prosofagia, número 13

Es cierto que publicamos el número de septiembre 2011 el día 1 de octubre... ¡pero apenas a unas pocas horas de haberse iniciado el mes!

Como siempre, puede leerse on line en dos sitios diferentes, leerse o descargarse en pdf, y para aquellos que quieran visualizarla en alta resolución (o imprimirla) está la opción de descargar el pdf sin comprimir (en este último caso, si la conexión no es muy rápida, teniendo paciencia porque son unos 116 megas...). 

Como siempre, ha sido una alegría hacer esta revista (también lo es hoy, un día después de publicada, en pleno descanso :) ); y espero que puedan disfrutar este número tanto como nosotros disfrutamos construyéndolo. 



Secciones

HUMOR GRÁFICO: «Mi primer desengaño literario» (Nelo),
SEA BUEN ALBAÑIL: «De sintagmas, oraciones y otras yerbas» (Elisabet),
«La coma, ese infierno tan temido I» (Esther),
«La coma, ese infierno tan temido II» (Esther),
LITERATURA Y TECNOLOGÍA DIGITAL: «Novelas para celular» (zoquete),
SOBRE LA LITERATURA: «La preparación de una conferencia
(Extractos de la novela Yo también tuve una novia bisexual,
de Guillermo Martínez, Ed. Planeta, julio de 2011)»
por Guillermo Martínez, Introducción (Esther),
ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS: «Entrevista a Elisabet» (Boris Rudeiko),
«Entrevista a Juan Eslava Galán» (Elisabet),
«Crónica de la Semana Negra de Gijón» (Elisabet).

La Lectura

ARTÍCULO: «Elogio de la lectura» (Boris Rudeiko),
FAN FICTION: «Introducción» (Esther),
«Por qué no había leido Drácula» (Gothian),
«El misterio del Solar» (pepsi),
ARTÍCULOS: «Leer es vivir muchas vidas I» (Margarita Holzwarth),
«Leer es vivir muchas vidas II» (Margarita Holzwarth),
«Lectores y lecturas» (Gemma Nieto),
«El lector editorial» (Melusina),
«La lectura tiene una historia» (Plásido).

Pepsi y Plásido, obviamente, en tapas e ilustraciones.

27/9/11

Prosofagia, setiembre 2011


Ya estamos en los últimos tramos antes de la publicación del número 13 de Prosofagia, con muchísimo trabajo —como siempre sucede al "cerrar la edición"— pero con todavía más entusiasmo. Hemos estrenado nueva página y dirección:


Desde allí, copio el mensaje de apertura de esta nueva etapa:

«Prosofagia lleva ya dos años de singladura. Nacida de la voluntad y el entusiasmo de un grupo de compañeros del foro Prosófagos, fue ganando entidad propia. Muchos lectores la seguían y esperaban el siguiente número. Además, poco a poco fuimos contando con otros colaboradores, externos al foro, que nos ofrecieron sus aportaciones. Por eso, y aunque actualmente el foro esté inactivo, quienes iniciamos la revista hemos querido que esta publicación siga viva.
Hay un tiempo para cada cosa. Algunas iniciativas nacen con fuerza, pasan un periodo de crecimiento y apogeo y, a veces, decaen o se transforman en otras realidades. Es propio de todo lo que tiene vida. Los que un buen día nos reunimos para crear la revista queremos seguir navegando y explorando otras aguas y otros puertos, siempre desde ese impulso inicial que nos motivó: el amor a las letras, y con la fuerza que nos anima en el laborioso quehacer entre bastidores, nuestra amistad.
Desde la renovada página de Prosofagia os damos la bienvenida a esta nueva etapa, en la que esperamos seguir aprendiendo y poder ofreceros mucho más.

La Redacción»

15/9/11

Por quién doblan las campanas

Candela tenía once años. Desapareció el 22 de agosto en Hurlingham, provincia de Buenos Aires. Fue encontrada muerta nueve días después, en una bolsa de basura tirada en un solar vacío, a pocas cuadras de su casa. Aún no se sabe quiénes fueron los responsables ni el porqué. El país se conmovió por su desaparición y muchos sintieron a Candela como si se tratase de una hija propia.

Los escandalosos errores de la investigación y la no menos escandalosa cobertura por una parte de la prensa convirtieron su historia en un circo mediático, obsceno. Veinticuatro horas al día circularon imágenes y noticias, primero, "para ayudar en su búsqueda", luego, "para exigir justicia".  Lejos de un capítulo de "La ley y el orden", una posible llamada de un secuestrador salió al aire antes de que el propio juez tuviera noticia de ella, la declaración de un testigo de identidad reservada se filtró a todos los canales de televisión casi cuando la tinta todavía estaba fresca, y todos pudimos ver, cómodamente sentados en nuestra casa, cómo la madre de la niña era llevada  a reconocer el cadáver de su hija, no en una morgue, no en privado, sino en el basural donde fue hallada y con las cámaras de televisión filmando sin pudor su dolor. Decenas y decenas de expertos en criminología llenan los espacios televisivos, dan su opinión, emiten hipótesis, discuten entre ellos y con los abogados de este acusado o del otro. Abogados que, incluso, intercambian sus tácticas y estrategias ante las cámaras, como si ese fuera el medio idóneo.

Todos acuerdan en que se trata de un crimen terrible. En eso sí acuerdo: una sociedad en la que los chicos no están protegidos es una sociedad que no puede llamarse a sí misma civilizada. Candela y todos los otros niños y adolescentes son las víctimas propiciatorias que ofrendamos a un dios perverso, día tras día, en los circuitos de la droga, los accidentes de tránsito, la pobreza, la desnutrición, el maltrato infantil. Los ofrendamos porque no somos capaces de defenderlos.  

Hay cuestiones que son ideológicas. Hay cuestiones que tienen que ver con la mediocridad profesional. Supongo. Estas son las explicaciones que encuentro a la hora de intentar comprender por qué muchos medios de información, pudiendo haber ocupado los espacios para exponer a la conciencia pública qué sucede con nuestros chicos, con seriedad, con profundidad, con altura, se hayan inclinado por armar ese impúdico circo morboso.

Curiosamente hubo otra noticia estos días que, si bien se publicó, no obtuvo de los medios de información, ni de lejos, la misma relevancia. El lunes 12 de setiembre, en la ciudad de La Plata, se inició el jucio oral y público en la causa llamada "circuito Camps".

El general Ramón Camps fue el jefe militar de la Policía de la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura militar. Bajo sus órdenes se gestó una de las redes más sofisticadas y macabras del terrorismo de estado. Conformada por seis centros de detención clandestina, los detenidos (¿detenidos? Secuestrados…) se hacían circular por ellos, con una precisa logística organizada alrededor de la desaparición forzosa de personas, la tortura, apropiación de bebés y asesinatos. Así que este es un juicio histórico: por primera vez se tratará, en la Justicia, el funcionamiento coordinado de un circuito de centros clandestinos que operó en la mayor provincia del país. No un represor en particular, no un conjunto de víctimas, no un centro clandestino: una red planificada, pensada y utilizada congruentemente dentro de una estrategia de terrorismo de estado.

Dentro de las 281 víctimas que contempla la causa se encuentran los chicos de "La noche de los lápices". La noche del 16 de setiembre de 1976 "grupos de tareas" de la policía bonaerense y del ejército secuestraron de su domicilio a diez estudiantes secundarios entre 14 y 18 años. Solo cuatro sobrevivieron. Los diez no fueron los únicos: otros operativos se pusieron en marcha antes y después de esa noche negra. En esos momentos, en la ciudad de La Plata los estudiantes secundarios estaban movilizándose para conseguir un "boleto estudiantil", más económico que el boleto común. ¿Fue esa la causa? En todo caso fue el disparador. Más bien hay que reparar en los dichos de un coronel, ante un grupo de padres: que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado "en colegios subversivos, para cambiarles las ideas". Estos dichos están en un todo de acuerdo con  los de Camps, quien calificó las operaciones como una lucha contra "el accionar subversivo en las escuelas". Cuestión de estrategia: para eliminar la subversión no solo había que eliminar a los jóvenes y adultos "subversivos"; también había que eliminar a los adolescentes que podían llegar a ser potenciales relevos en una militancia política o gremial. Cambiar las ideas no es sencillo: es más sencillo desaparecer a las personas.

¿Por qué es tan escasa la cobertura de este juicio, frente a la dada a la desaparición de Candela? ¿Será que la muerte de una niña de once años es más terrible que la de una de catorce? ¿O el dolor de una madre será, acaso, mayor en el 2011 que en 1976? Los treinta y cinco años pasados, ¿vuelven menos despiadado el horror?

No sé.

Pero algo no va bien en una sociedad donde parece que las heridas de hoy existen para dejar de lado las heridas, todavía abiertas, de ayer, y las de ayer, para olvidarse de las de la semana pasada. Una sociedad donde todos jugamos a ser policías, psicólogos forenses, expertos en criminología, abogados y jueces, hablamos de pruebas que no conocemos, de declaraciones de cuya fiabilidad no sabemos nada y perseguimos sospechosos por todos los canales de televisión. Y, al mismo tiempo, parece que nos olvidamos de que la historia tiene su propia lógica, su propio devenir. Treinta y cinco años, en tiempos de una sociedad, es como decir ayer nomás. La historia no perdona la ausencia de memoria, porque una sociedad no es lo que es: es lo que es porque fue.

Centro de detención clandestino "Pozo de Banfield".
Pasillo de celdas.
Hace solo cinco años, en setiembre de 2006, desapareció Julio López, testigo clave en el juicio por crimenes de lesa humanidad contra Etchecolatz. Julio ya había testimoniado. Su desaparición no afectaba para nada el curso del juicio; de hecho, sucedió el día anterior a que se conociera el fallo judicial. ¿Por qué, entonces? Un aviso. Un mensaje a futuro para las víctimas, los testigos, los jueces, el poder político: "aquí estamos todavía, podemos, lo hacemos, y lo hacemos con la seguridad de sabernos impunes". Julio sigue desaparecido y nada se sabe de él. No parece haber pistas, cursos de acción, nada. ¿Y quién es Etchecolatz? Quien fue la mano derecha del General Camps, en su papel de Director de Investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires.


Candela, hoy, Laura, hace treinta y cinco años: la injusticia de tanta muerte impiadosa es una única e intrincada red que nos atraviesa en el espacio y en el tiempo. Como dijo John Donne: «La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por tanto nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.»



10/2/11

Ciudad sin estrellas

Autor: Montse de Paz.
Novela: Ciudad sin estrellas.
Editorial: Minotauro.

No está todavía a la venta. Hoy por hoy, es un titular, una noticia, que ya puede leerse —mientras escribo estas líneas— en unas 3000 entradas en el Google: novela ganadora del VIII Premio Minotauro, 10 de febrero de 2011.

Montse de Paz es Elisabet. Nuestra Elisabet.

Barramos, entonces, el polvo acumulado en los rincones de este blog durante los meses pasados. Coloquemos flores frescas y tendamos la mesa con un lindo mantel (de los de antes, Eli, de esos vainillados con preciosismo y cariño por nuestras abuelas). Saquemos del letargo a las copas finas, las que se reservan para las ocasiones especiales, y escanciemos en ellas el mejor vino.

Elisabet posee las dos virtudes literarias más importantes: sabe qué quiere contar y sabe cómo contarlo. Más que narrar historias narra una forma de ver y entender el mundo. Como todo buen escritor deja pedacitos de alma en lo que escribe, migas de pan que pueden seguirse a través de los surcos de palabras.

Surcos maravillosos, por otro lado: ¡qué bien que escribe!

Merecido, merecidísimo premio.

31/8/10

Revista Literaria Prosofagia

Joan Miró, Joaquín Torres-García y los peques. ¿Qué tienen en común con las formas de producir y leer literatura? A saber: Prosofagia 9.


Contenido:


Entrevistas del Foro por B. Miosi (Blanca Miosi)
«Conociendo a Coloso (Ricardo Durán)»
«Encuentro con LoboHerido (Edgardo Benítez)»

Humor Gráfico
«Publicidad viral» por Nelo_ (Manuel Pérez Recio)

Sea buen albañil
«Las herramientas y los materiales»
por D (Daniel A. Franco)

Compañeros de ruta
«Hay que leer poesía» por Francisco Cenamor

ARTÍCULOS ENTREVISTAS
«Hermeneia, la literatura en la era digital
Entrevista a Laura Borrás» por Elisabet


EL MUNDO EDITORIAL - II PARTE


«De libros, autores y propiedad intelectual»
por Antonio Albarrán

«Mecenazgo o mercado»
Por Elisabet

«Trabajo y humildad: del manuscrito a la publicación»
Por ferlocke (Fernando Alcalá Suárez)

«La crítica literaria en la Red»
por Deusvolt (Sergio G. Ros)

«La aventura de un novel en la autoedición digital»
por Tania Lucía Cobos

«Eloísa Cartonera: la irreverencia de hacer libros»
por Esther

25/5/10

Las cero horas


Lejos está hoy la Feria del Libro de Buenos Aires de las de antes, las de las épocas en las que uno iba a encontrarse con los libros que no se hallaban en ningún otro lugar, o a comprar barato lo que era caro en las librerías. Hoy, es un enorme tinglado comercial.

Igual se puede disfrutar, cómo no: tanto libro junto siempre es una maravilla. Mesas redondas, conferencias, espectáculos de variada índole, cursos y talleres: la Feria del Libro es un espectáculo al que vale la pena asistir.

Las imágenes de la columna lateral y la que encabeza el blog corresponden a fotografías de las pinturas y figuras —de tamaño natural—de uno de los stand, el del ejectivo nacional. La que aparece aquí, en esta entrada, refiere a Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino. No es fácil apreciar los detalles, así que explico: la cabeza está separada del tronco por una máquina de escribir estilizada y de la que caen gotas de sangre.

Rodolfo Walsh fue herido de muerte en una calle de Buenos Aires, el 25 de marzo de 1977, por un grupo de tareas. Corría la peor época de la dictadura militar; un día antes, Walsh había escrito una carta abierta denunciando los crímenes cometidos desde el gobierno. Todavía no se sabe qué pasó con sus restos, como no se sabe de muchos de los 30.000 desaparecidos en la larga noche de los años de plomo.
Quizás uno de sus libros más reconocidos sea Operación Masacre, que, pese a su nombre, está lejos de ser ficción: trata sobre los fusilamientos en los basurales de León Suárez, cuando fueron ajusticiados civiles acusados de levantarse contra otra de las dictaduras surgidas de un golpe militar: la "Revolución Libertadora", en 1955, que derrocó al presidente Perón. Curiosamente, uno de los episodios que preludiaron a esta "revolución libertadora" quedó sepultado en el silencio durante décadas, y hace muy poquito tiempo recién fue oficialmente sacado a la luz pública: el 16 de junio de 1955, los aviones de la Marina de Guerra Argentina descargaron más de 9 000 kilos de bombas sobre la Plaza de Mayo y adyacencias. Sobre la gente que, como todos los mediodías, circulaba por allí. Ellos querían matar a Perón, nada más.

A pocos días de la recuperación de la democracia, el presidente Alfonsín firmó el decreto por el cual se abría el juicio a los integrantes de las Juntas Militares. El jucio culminó con la condena por sus crímenes y penas de cárcel, y abrió las puertas para otros juicios similares. Apenas dos años después el mismo gobierno de Alfonsín consiguió la promulgación de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, y con ellas, la mayoría de los represores quedaron libres de culpa y cargo.

En 1989 el siguiente presidente constitucional, Menem, promulgó, haciendo uso de sus prerrogativas presidenciales, el primer decreto de indulto.

Las organizaciones de derechos humanos, otras organizaciones civiles, los gremios y muchos partidos políticos (incluso del propio gobierno) convocaron a una movilización en la Plaza de Mayo.

Hace doscientos años atrás, la Plaza de Mayo no era una plaza bonita ni se llamaba "de Mayo", porque hace dos siglos atrás fue la primera convocatoria, allí, al borde del —todavía hoy existente— edificio del Cabildo, y era, justamente, mayo, y en ese Cabildo la orgullosa cabecera del orgulloso Virreynato del Río de la Plata comenzaría a derrumbarse para dar paso a las luchas por la independencia. En esos años convulsionados y convulsionantes, desde el norte al sur de Sudamérica la gesta independentista dio paso a los primeros atisbos del actual mapa político de la región. Casi doscientos años después, en los años 70, los militares de Sudamérica, en una curiosa (¿curiosa?) sincronización derrumbaron uno a uno los gobiernos democráticos e impusieron modelos políticos, sociales y económicos similares.

En setiembre de 1989 Buenos Aires fue teatro de la, quizás, mayor movilización desde el 83 a la fecha; cien mil personas (o 150 000, según quién haga los cálculos) se convocaron en Plaza de Mayo en contra del indulto. La organización de la movilización y de las columnas se vio desbordada; la gente, la que no se reconocía en organizaciones, gremios o banderías políticas, apareció así nomás, suelta; familias con los niños de la mano, ancianos en sillas de ruedas, señores serios de traje y corbata que recién salían de su oficina; y se metían en cualquier espacio, donde podían, entremezclados con los militantes.

Pero nada impidió la promulgación de ese decreto, ni del siguiente, un año después, con el que quedaban libres de penas incluso los integrantes de la Junta Militar.

Anoche, un millón de personas esperaba, en las calles de Buenos Aires, las cero horas del día del aniversario doscientos de aquel primer 25 de mayo.

Durante los últimos veinte años las organizaciones de derechos humanos no bajaron los brazos. Las leyes y decretos dejaron resquicios; por ejemplo, no contemplaban la apropiación ilegal de niños (los secuestrados junto a sus padres o nacidos en cautiverio), y por esos resquicios se continuó la lenta tarea de enjuiciar a los culpables. Hace un mes, la Corte Suprema de Justicia dictaminó la inconstitucionalidad del decreto que indultó a Jorge Rafael Videla y a su Ministro de Economía, José Martínez de Hoz. Antes, habían sido revocadas las leyes alfonsinistas y otros dictámenes judiciales habían impuesto la inconstitucionalidad de los indultos a quienes cometieron crímenes de lesa humanidad.

Veinte años.

¿El ministro de economía? Ah, el terror de los años de plomo no fue meramente político. Antes del golpe militar Argentina era un país de olvidos e injusticias, sí. Pero durante la dictadura cayó en picada en una ordalía de fábricas cerradas, pobreza y desocupación creciente, una deuda externa pavorosa y fraudulenta y una clase media que se volcó en masa a la timba financiera, pasando de la cultura del trabajo a la cultura de la plata dulce.

Curiosamente (¿curiosamente?) durante el gobierno de Menen la desocupación creció todavía a límites superiores, la destrucción del aparato industrial se profundizó, y en la gran fiesta privatista se vendió el país entero: reservas petrolíferas y otras naturales, comunicación, lo que fuese era factible de ser vendido y se vendió. Todo en nombre de la eficiencia neoliberal.

Hay una foto que está faltando; no disponía de distancia suficiente como para tomarla. La Feria del Libro se realiza en el prado ferial de la Sociedad Rural Argentina. A la entrada del edificio del Hall Central, sobre la puerta de acceso, si uno levanta la mirada, puede ver una placa con el nombre de uno de los socios fundadores, allá por 1866, y primer presidente de la Asociación: José Martínez de Hoz.

En todo esto pensaba a las cero horas del día de hoy, mientras escuchaba "Oíd mortales/el grito sagrado/libertad, libertad, libertad".

No queda otra que continuar caminando hacia ella —hacia la utopía—, aunque sepamos que se encuentra allí, justo en el horizonte. Y la línea del horizonte sea (es) inalcalzable.


17/4/10

Revista literaria Prosofagia, número 7




Iniciamos el segundo año de Prosofagia. Aún sospecho que se trata de una ilusión óptica, de una fantástica ficción percibida como real pero imaginaria. Pero, imaginario o real, este número 7 igual puede leerse:

http://www.revistaliteraria.prosofagos.com/



Contenidos


Editorial
El número 7 es un tropo
Cartas al Director.


Secciones:

Humor gráfico: Fantástica Literatura por Manuel Pérez Recio (Nelo_)

Entrevistas del Foro: Marta Querol, El despertar de El Fénixpor Sergio G. Ross (Deusvolt)

Compañeros de ruta: Cancionero y romancero de ausencias por Fulgencio Martínez (Revista Ágora)

Sea buen albañil: Sobre la albañilería, por Daniel A. Franco (D)


Artículos:

*Una máquina del tiempo. El mito del escritor, por Plácido Fernández (Plásido)
*La línea editorial. Esa gran desconocida, por Félix Jaime Cortés (felixon)


Lo fantástico en literatura:

*Entrevista: Rafael Ábalos, por Elisabet
*Lo fantástico, por Julián Echolls (Darthz)
*Admiración, fantasía y lo sobrenatural, por Elisabet
*La reescritura del mito en la obra de J.R.R. Tolkien, por Pedro de los Ángeles
*Asimov, la piedra que cae y el otro viento, por Esther

2/4/10

31/3/10

Los caminos (Haroldo Conti)

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En: «La balada del álamo carolina»


Los caminos


"y aunque la línea está cortada
señalando el fin yo sólo digo adiós
hasta que nos veamos de nuevo"
Bob Dylan


A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.

Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario de Mendoza. Y yo le he dicho que bueno, que sí a esa voz precipitada que se dispara desde algún rincón de esta madre Baires y atraviesa una milla de paredes, y antes de colgar la voz me ha dicho un día de estos tomamos un café y charlamos y yo he dicho que sí, que bueno y le he pedido a mi vieja que me sirva un café y bebo en honor de Paco este solitario café que de otra manera se enfriaría en el pocilio esperando el día porque aquí no hay tiempo realmente para las ceremonias del ocio y todo se reduce a voces y urgencias y paredes y señales.

Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a seiscientos kilóme­tros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, sólo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte de Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy, y mira el mar después de cabalgar un día sobre el lomo de su chalana, porque es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza, y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan sólo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, seiscientos kilómetros más abajo en el mismo atardecer.

Y entonces yo me pregunto a mí vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir, la de Lirio por ejemplo, que esta madrugada volverá al mar, de manera que se duerme y me olvida. Y yo dejo de golpear esta máquina.

Y ahora, que es noche cerrada y las voces y las paredes se han muerto hasta mañana y la Gran Noche de B aires se parece al mar, pongo un disco de Jobim para no morirme del todo y pienso en mi otro amigo, porque es el momento de los amigos y las ausencias, mi amigo Alfonso Domínguez, capitán, que vive también frente al mar, algunas millas más abajo sobre el lomo salado del Cabo de Santa María y que toca la flauta como Herbie Mann y talla mascarones como el Aleijandinho y aparte de eso calcula la derrota de cada barco que pasa en el horizonte y bebe una copa de vino a cada cambio de viento, siempre que no tarde dema­siado, y entonces vuelvo a golpear otra tecla y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio, y que es igualmente urgente y necesario que mi amigo Antonio Di Benedetto y Mercedes del Carmen Thierry, que tiene los ojos más sabios del mundo, y don Florencio Giacobone que vive en Rivadavia y prepara las mejores conser­vas de este lado de la tierra y que todos los inviernos baja al Delta a faenar un par de cerdos en el almacén del Nene Bruzzone, que nació en las islas y tripuló aquel doble par de leyenda con el flaco Bataglia cuando todos los remeros eran campeones, y el resto generoso de los muchos y buenos amigos de Mendoza tengan noticias de estos otros amigos que viven frente al mar, y es así que por fin entiendo cuál es la Gran Cosa, porque yo los junto a todos ellos, salto sobre las distancias y el tiempo y los junto a todos ellos en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos.
(septiembre de 1969)



El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Estudió filosofía, fue seminarista, maestro rural, profesor de latín, actor, director teatral aficionado, empresario de transportes, piloto civil, guinoista de cine, navegante y hasta náufrago. A pocas semanas del golpe militar,en la madrugada del 5 de mayo de 1976, fue secuestrado a las puertas de su casa. Desde entonces continúa desaparecido.



En sus palabras:


Después de "Sudeste" conocí por fuerza ese mundo que llaman de las letras, y pensé que nunca más iba a poder escribir una línea. Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente la más rica, sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies. Entonces decidí seguir donde estaba, igual a como estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuera justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria; dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos y no de los muertos. De alguna manera, ellos estaban muertos. En eso no descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto, acepté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino la imperiosa y hasta trágica necesidad.



A las pequeñas cosas les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida, esta ropa que para otro no significa nada y que para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted dice en cuanto a lo que dije de otros escritores, que queda su obra pero partamos de que es una minoría la que escribe; yo hablo ahora en general, de toda la humanidad. Además no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo le confieso que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más mi vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo. (De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968).

23/3/10

Ana María Matute (Revista literaria Prosofagia)

Escuchar a Ana María Matute y a Elisabet charlar sobre literatura... ¿Cómo perdérselo?


Entrevista en audio


«Por supuesto. Todos los escritores tenemos nuestros demonios familiares, bueno, los escritores y los que no lo son. Eso es una cosa muy humana… Llevamos nuestros demonios dentro, queramos o no, ¡hasta que nos morimos!». «¿Y cómo se convive con ellos?». «Unos lo hacen mejor y otros peor. Escribiendo, creo, mucho mejor. Porque tienes esa posibilidad de liberarte».

13/3/10

Una hermosa mujer en el andén

—¿Mermelada?
—Sí, gracias.

Aún así, pálida y con las suaves ojeras del insomnio, seguía siendo hermosa. Se preguntó qué sentía verdaderamente por esa mujer, con la que había dormido tantas veces. ¿Una costumbre, una dulce costumbre de otoño ya en primavera? Él llegaba a la ciudad sabiendo que ella lo esperaba en la estación de trenes, y que le permitiría invadir su departamento por un par de días. Confiaba en encontrar su cepillo de dientes en el baño, las pantuflas esperándolo, una botella de su vino preferido enfriándose en la heladera. Cuando al caer la tarde ambos regresaban de sus ocupaciones, a él le gustaba sentarse en el sillón, con una copa en la mano, y mientras mentía atención al televisor, la observaba ir y venir, trajinando por las habitaciones, acomodando, abriendo ventanas y regando las plantas. A veces cenaban en el departamento —por pura comodidad—, otras salían a cenar afuera, como una pareja que celebra su aniversario de casamiento. Se reían de las cosas cotidianas, y compartían sus sueños en la madrugada, luego de hacer el amor. A veces, también discutían, incluso casi violentamente. Ella era testaruda, tenaz en sus convicciones, constante en sus ambiciones. Él, no le iba en zaga.

—¿Qué sentís por mí, Alejandra?
—Te quiero, lo sabés.
—Yo también. Pero no sé cómo. Me parece que solo nos hemos acostumbrado el uno al otro, que nos sentimos cómodos, somos buenos amigos, pero no sé qué más.
—Bueno, eso es querer, también, ¿no es así?
—Sí, es así. No sé.

Alejandra toma una tostada, vacila, la coloca de nuevo en el plato. Lo mira, con seriedad:

—¿Querés terminar?¿Estás cansado?
—No, no, no estoy cansado, Ale, por favor, sabés que no es así.
—Pero querés terminar. A eso, no me contestaste. ¿Hay otra mujer que te importe?
—Es que no, bueno, sí, la hay, pero ella no importa, sabes, es que vengo muy poco a la ciudad. Sucede que...

Él se quedó callado, sin saber cómo continuar. Alejandra tomó de nuevo la tostada y deslizó la mermelada con cuidado, casi con parsimonia. Desde tiempo atrás sabía que habría un desayuno como este. O una salida a un cine. O un banco en la plaza. El corazón se le estruja, pequeño y solitario, pero ella continúa untando la tostada, tomando su café con leche, en silencio. ¿Qué puede decirle? En pocos minutos él saldrá a sus negocios, ella a su trabajo y luego a sus lecciones de pintura; no volverán a hablar —a mirarse a los ojos— hasta la noche, en la estación de trenes. ¿Qué contestar en tan breves instantes al hombre que se ama, cuando la desgana lo invade, así sencillamente, entre un sorbo y otro del café? La vence la inutilidad de cualquier protesta, la imposibilidad de soportar la mansa calma con la que él anuncia su desconcierto de sentimientos. Si le gritara, si jurara detestarla, si golpeara la mesa o proclamara amar a otra mujer..., entonces ella sabría qué hacer, lograría encontrar el núcleo de su desesperación, las palabras incendiarias con las que sacudirlo: «Pero qué pedazo de imbécil que sos, ¿no te das cuenta de que me querés como en tu vida lo has hecho? ¿Tan poco te conocés? ¿Costumbre? ¡Las pelotas!».

Pero no. Entonces...

—No te olvidés de meter los libros en la valija, mirá que no estaré aquí para recordártelo...
—No, no, quedate tranquila. ¿Dónde están?
—En el escritorio, claro, ¡si los dejaste ahí!
—Sí, bueno, estoy algo dormido todavía. ¿Te veo en la estación? ¿O querés que te vaya a buscar a la Academia?
—¿Cómo me vas a ir a buscar, si andás con la valija a cuestas? No seas tonto, nos vemos directamente en la estación.


El vendedor de diarios la observa. Una figura lejana, casi solitaria en el andén, que saluda a alguien que se asoma por la ventanilla, quizás en el coche ocho de la formación. El tren se pone en marcha, con dificultad de viejo asmático; la mano de quien está en la ventanilla se agita, cada vez más borrosa. Ella espera mientras el tren pasa a su lado, hasta que el último coche desparece en la curva. Luego se da vuelta y empieza a caminar, lentamente, como quien desea regresar, volver sobre sus pasos. Un leve aire de tristeza la envuelve; es leve pero está allí, inconfundible, se palpa como si fuese materia, quizás por la caída algo pronunciada de sus hombros, o porque la falda revolotea sin gracia alrededor de sus piernas. El vendedor la observa: es hermosa, la mujer, caminando sin prisa por el andén casi vacío, el bolso colgando de su hombro derecho, el suéter blanco. Bella y triste en sus movimientos, pero no con la tristeza de la melancolía —que es gris plata—, sino con la tristeza de la derrota. Que es gris plomo. La observa sin despegar la mirada de ella, y sin embargo no logra advertir en qué momento la mujer cambia —apenas— el andar; pero de pronto y con sorpresa percibe que el balancear de las caderas ya no es el mismo. Veinte pasos la separan del vendedor, y él ve cómo endereza sutilmente la espalda, cómo levanta la cabeza con vehemencia; solo diez pasos, y la falda ahora se agita libre, oscura contra la piel dorada. Pasa a su lado, altiva, la mirada encendida: una hermosa mujer envuelta en el eco desafiante de sus tacos altos, en el andén vacío.

12/1/10

Blog en hibernación

Amigos, me agotó el intentar que funcione.

Queda en hibernación mientras me tomo unas vacaciones de la blogosfera.

No se preocupen por dejar comentarios... No los podré leer, jejejeje.

Y disculpen que por unos días no pase a visitarlos a ustedes.

Abrazos!

15/12/09

Chau pesimismo (Mario Benedetti)

Ya sos mayor de edad


tengo que despedirte

pesimismo


años que te preparo el desayuno

que vigilo tu tos de mal agüero

y te tomo la fiebre

que trato de narrarte pormenores

del pasado mediato

convencerte de que en el fondo somos

gallardos y leales

y también que al mal tiempo buena cara


pero como si nada

seguís malhumorado arisco e insociable

y te repantigás en la avería

como si fuese una butaca pullman


se te ve la fruición por el malogro

tu viejo idilio con la mala sombra

tu manía de orar junto a las ruinas

tu goce ante el desastre inesperado


claro que voy a despedirte

no sé por qué no lo hice antes

será porque tenés tu propio método

de hacerte necesario

y a uno lo deja triste tu tristeza

amargo tu amargura

alarmista tu alarma


ya sé vas a decirme no hay motivos

para la euforia y las celebraciones

y claro cuandonó tenés razón


pero es tan boba tu razón tan obvia

tan remendada y remedada

tan igualita al pálpito

que enseguida se vuelve sinrazón


ya sos mayor de edad

chau pesimismo



y por favor andate despacito

sin despertar al monstruo


Mario Benedetti