Dejo el enlace a la entrada en el Foro Prosófagos.
Imperdible.
2/4/10
31/3/10
Los caminos (Haroldo Conti)
-->
A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.
Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario de Mendoza. Y yo le he dicho que bueno, que sí a esa voz precipitada que se dispara desde algún rincón de esta madre Baires y atraviesa una milla de paredes, y antes de colgar la voz me ha dicho un día de estos tomamos un café y charlamos y yo he dicho que sí, que bueno y le he pedido a mi vieja que me sirva un café y bebo en honor de Paco este solitario café que de otra manera se enfriaría en el pocilio esperando el día porque aquí no hay tiempo realmente para las ceremonias del ocio y todo se reduce a voces y urgencias y paredes y señales.
Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a seiscientos kilómetros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, sólo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte de Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy, y mira el mar después de cabalgar un día sobre el lomo de su chalana, porque es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza, y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan sólo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, seiscientos kilómetros más abajo en el mismo atardecer.
Y entonces yo me pregunto a mí vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir, la de Lirio por ejemplo, que esta madrugada volverá al mar, de manera que se duerme y me olvida. Y yo dejo de golpear esta máquina.
Y ahora, que es noche cerrada y las voces y las paredes se han muerto hasta mañana y la Gran Noche de B aires se parece al mar, pongo un disco de Jobim para no morirme del todo y pienso en mi otro amigo, porque es el momento de los amigos y las ausencias, mi amigo Alfonso Domínguez, capitán, que vive también frente al mar, algunas millas más abajo sobre el lomo salado del Cabo de Santa María y que toca la flauta como Herbie Mann y talla mascarones como el Aleijandinho y aparte de eso calcula la derrota de cada barco que pasa en el horizonte y bebe una copa de vino a cada cambio de viento, siempre que no tarde demasiado, y entonces vuelvo a golpear otra tecla y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio, y que es igualmente urgente y necesario que mi amigo Antonio Di Benedetto y Mercedes del Carmen Thierry, que tiene los ojos más sabios del mundo, y don Florencio Giacobone que vive en Rivadavia y prepara las mejores conservas de este lado de la tierra y que todos los inviernos baja al Delta a faenar un par de cerdos en el almacén del Nene Bruzzone, que nació en las islas y tripuló aquel doble par de leyenda con el flaco Bataglia cuando todos los remeros eran campeones, y el resto generoso de los muchos y buenos amigos de Mendoza tengan noticias de estos otros amigos que viven frente al mar, y es así que por fin entiendo cuál es la Gran Cosa, porque yo los junto a todos ellos, salto sobre las distancias y el tiempo y los junto a todos ellos en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos.
(septiembre de 1969)
El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Estudió filosofía, fue seminarista, maestro rural, profesor de latín, actor, director teatral aficionado, empresario de transportes, piloto civil, guinoista de cine, navegante y hasta náufrago. A pocas semanas del golpe militar,en la madrugada del 5 de mayo de 1976, fue secuestrado a las puertas de su casa. Desde entonces continúa desaparecido.
En sus palabras:
Después de "Sudeste" conocí por fuerza ese mundo que llaman de las letras, y pensé que nunca más iba a poder escribir una línea. Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente la más rica, sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies. Entonces decidí seguir donde estaba, igual a como estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuera justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria; dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos y no de los muertos. De alguna manera, ellos estaban muertos. En eso no descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto, acepté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino la imperiosa y hasta trágica necesidad.
A las pequeñas cosas les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida, esta ropa que para otro no significa nada y que para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted dice en cuanto a lo que dije de otros escritores, que queda su obra pero partamos de que es una minoría la que escribe; yo hablo ahora en general, de toda la humanidad. Además no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo le confieso que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más mi vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo. (De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968).
Los caminos
"y aunque la línea está cortada
señalando el fin yo sólo digo adiós
hasta que nos veamos de nuevo"
Bob Dylan
señalando el fin yo sólo digo adiós
hasta que nos veamos de nuevo"
Bob Dylan
A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.
Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario de Mendoza. Y yo le he dicho que bueno, que sí a esa voz precipitada que se dispara desde algún rincón de esta madre Baires y atraviesa una milla de paredes, y antes de colgar la voz me ha dicho un día de estos tomamos un café y charlamos y yo he dicho que sí, que bueno y le he pedido a mi vieja que me sirva un café y bebo en honor de Paco este solitario café que de otra manera se enfriaría en el pocilio esperando el día porque aquí no hay tiempo realmente para las ceremonias del ocio y todo se reduce a voces y urgencias y paredes y señales.
Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a seiscientos kilómetros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, sólo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte de Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy, y mira el mar después de cabalgar un día sobre el lomo de su chalana, porque es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza, y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan sólo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, seiscientos kilómetros más abajo en el mismo atardecer.
Y entonces yo me pregunto a mí vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir, la de Lirio por ejemplo, que esta madrugada volverá al mar, de manera que se duerme y me olvida. Y yo dejo de golpear esta máquina.
Y ahora, que es noche cerrada y las voces y las paredes se han muerto hasta mañana y la Gran Noche de B aires se parece al mar, pongo un disco de Jobim para no morirme del todo y pienso en mi otro amigo, porque es el momento de los amigos y las ausencias, mi amigo Alfonso Domínguez, capitán, que vive también frente al mar, algunas millas más abajo sobre el lomo salado del Cabo de Santa María y que toca la flauta como Herbie Mann y talla mascarones como el Aleijandinho y aparte de eso calcula la derrota de cada barco que pasa en el horizonte y bebe una copa de vino a cada cambio de viento, siempre que no tarde demasiado, y entonces vuelvo a golpear otra tecla y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio, y que es igualmente urgente y necesario que mi amigo Antonio Di Benedetto y Mercedes del Carmen Thierry, que tiene los ojos más sabios del mundo, y don Florencio Giacobone que vive en Rivadavia y prepara las mejores conservas de este lado de la tierra y que todos los inviernos baja al Delta a faenar un par de cerdos en el almacén del Nene Bruzzone, que nació en las islas y tripuló aquel doble par de leyenda con el flaco Bataglia cuando todos los remeros eran campeones, y el resto generoso de los muchos y buenos amigos de Mendoza tengan noticias de estos otros amigos que viven frente al mar, y es así que por fin entiendo cuál es la Gran Cosa, porque yo los junto a todos ellos, salto sobre las distancias y el tiempo y los junto a todos ellos en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos.
(septiembre de 1969)
El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires el 25 de mayo de 1925. Estudió filosofía, fue seminarista, maestro rural, profesor de latín, actor, director teatral aficionado, empresario de transportes, piloto civil, guinoista de cine, navegante y hasta náufrago. A pocas semanas del golpe militar,en la madrugada del 5 de mayo de 1976, fue secuestrado a las puertas de su casa. Desde entonces continúa desaparecido.
En sus palabras:
Después de "Sudeste" conocí por fuerza ese mundo que llaman de las letras, y pensé que nunca más iba a poder escribir una línea. Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente la más rica, sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies. Entonces decidí seguir donde estaba, igual a como estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuera justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria; dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos y no de los muertos. De alguna manera, ellos estaban muertos. En eso no descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto, acepté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino la imperiosa y hasta trágica necesidad.
A las pequeñas cosas les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida, esta ropa que para otro no significa nada y que para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted dice en cuanto a lo que dije de otros escritores, que queda su obra pero partamos de que es una minoría la que escribe; yo hablo ahora en general, de toda la humanidad. Además no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo le confieso que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más mi vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo. (De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968).
23/3/10
Ana María Matute (Revista literaria Prosofagia)
Escuchar a Ana María Matute y a Elisabet charlar sobre literatura... ¿Cómo perdérselo?
Entrevista en audio
«Por supuesto. Todos los escritores tenemos nuestros demonios familiares, bueno, los escritores y los que no lo son. Eso es una cosa muy humana… Llevamos nuestros demonios dentro, queramos o no, ¡hasta que nos morimos!». «¿Y cómo se convive con ellos?». «Unos lo hacen mejor y otros peor. Escribiendo, creo, mucho mejor. Porque tienes esa posibilidad de liberarte».
13/3/10
Una hermosa mujer en el andén
—¿Mermelada?
—Sí, gracias.
Aún así, pálida y con las suaves ojeras del insomnio, seguía siendo hermosa. Se preguntó qué sentía verdaderamente por esa mujer, con la que había dormido tantas veces. ¿Una costumbre, una dulce costumbre de otoño ya en primavera? Él llegaba a la ciudad sabiendo que ella lo esperaba en la estación de trenes, y que le permitiría invadir su departamento por un par de días. Confiaba en encontrar su cepillo de dientes en el baño, las pantuflas esperándolo, una botella de su vino preferido enfriándose en la heladera. Cuando al caer la tarde ambos regresaban de sus ocupaciones, a él le gustaba sentarse en el sillón, con una copa en la mano, y mientras mentía atención al televisor, la observaba ir y venir, trajinando por las habitaciones, acomodando, abriendo ventanas y regando las plantas. A veces cenaban en el departamento —por pura comodidad—, otras salían a cenar afuera, como una pareja que celebra su aniversario de casamiento. Se reían de las cosas cotidianas, y compartían sus sueños en la madrugada, luego de hacer el amor. A veces, también discutían, incluso casi violentamente. Ella era testaruda, tenaz en sus convicciones, constante en sus ambiciones. Él, no le iba en zaga.
—¿Qué sentís por mí, Alejandra?
—Te quiero, lo sabés.
—Yo también. Pero no sé cómo. Me parece que solo nos hemos acostumbrado el uno al otro, que nos sentimos cómodos, somos buenos amigos, pero no sé qué más.
—Bueno, eso es querer, también, ¿no es así?
—Sí, es así. No sé.
Alejandra toma una tostada, vacila, la coloca de nuevo en el plato. Lo mira, con seriedad:
—¿Querés terminar?¿Estás cansado?
—No, no, no estoy cansado, Ale, por favor, sabés que no es así.
—Pero querés terminar. A eso, no me contestaste. ¿Hay otra mujer que te importe?
—Es que no, bueno, sí, la hay, pero ella no importa, sabes, es que vengo muy poco a la ciudad. Sucede que...
Él se quedó callado, sin saber cómo continuar. Alejandra tomó de nuevo la tostada y deslizó la mermelada con cuidado, casi con parsimonia. Desde tiempo atrás sabía que habría un desayuno como este. O una salida a un cine. O un banco en la plaza. El corazón se le estruja, pequeño y solitario, pero ella continúa untando la tostada, tomando su café con leche, en silencio. ¿Qué puede decirle? En pocos minutos él saldrá a sus negocios, ella a su trabajo y luego a sus lecciones de pintura; no volverán a hablar —a mirarse a los ojos— hasta la noche, en la estación de trenes. ¿Qué contestar en tan breves instantes al hombre que se ama, cuando la desgana lo invade, así sencillamente, entre un sorbo y otro del café? La vence la inutilidad de cualquier protesta, la imposibilidad de soportar la mansa calma con la que él anuncia su desconcierto de sentimientos. Si le gritara, si jurara detestarla, si golpeara la mesa o proclamara amar a otra mujer..., entonces ella sabría qué hacer, lograría encontrar el núcleo de su desesperación, las palabras incendiarias con las que sacudirlo: «Pero qué pedazo de imbécil que sos, ¿no te das cuenta de que me querés como en tu vida lo has hecho? ¿Tan poco te conocés? ¿Costumbre? ¡Las pelotas!».
Pero no. Entonces...
—No te olvidés de meter los libros en la valija, mirá que no estaré aquí para recordártelo...
—No, no, quedate tranquila. ¿Dónde están?
—En el escritorio, claro, ¡si los dejaste ahí!
—Sí, bueno, estoy algo dormido todavía. ¿Te veo en la estación? ¿O querés que te vaya a buscar a la Academia?
—¿Cómo me vas a ir a buscar, si andás con la valija a cuestas? No seas tonto, nos vemos directamente en la estación.
El vendedor de diarios la observa. Una figura lejana, casi solitaria en el andén, que saluda a alguien que se asoma por la ventanilla, quizás en el coche ocho de la formación. El tren se pone en marcha, con dificultad de viejo asmático; la mano de quien está en la ventanilla se agita, cada vez más borrosa. Ella espera mientras el tren pasa a su lado, hasta que el último coche desparece en la curva. Luego se da vuelta y empieza a caminar, lentamente, como quien desea regresar, volver sobre sus pasos. Un leve aire de tristeza la envuelve; es leve pero está allí, inconfundible, se palpa como si fuese materia, quizás por la caída algo pronunciada de sus hombros, o porque la falda revolotea sin gracia alrededor de sus piernas. El vendedor la observa: es hermosa, la mujer, caminando sin prisa por el andén casi vacío, el bolso colgando de su hombro derecho, el suéter blanco. Bella y triste en sus movimientos, pero no con la tristeza de la melancolía —que es gris plata—, sino con la tristeza de la derrota. Que es gris plomo. La observa sin despegar la mirada de ella, y sin embargo no logra advertir en qué momento la mujer cambia —apenas— el andar; pero de pronto y con sorpresa percibe que el balancear de las caderas ya no es el mismo. Veinte pasos la separan del vendedor, y él ve cómo endereza sutilmente la espalda, cómo levanta la cabeza con vehemencia; solo diez pasos, y la falda ahora se agita libre, oscura contra la piel dorada. Pasa a su lado, altiva, la mirada encendida: una hermosa mujer envuelta en el eco desafiante de sus tacos altos, en el andén vacío.
—Sí, gracias.
Aún así, pálida y con las suaves ojeras del insomnio, seguía siendo hermosa. Se preguntó qué sentía verdaderamente por esa mujer, con la que había dormido tantas veces. ¿Una costumbre, una dulce costumbre de otoño ya en primavera? Él llegaba a la ciudad sabiendo que ella lo esperaba en la estación de trenes, y que le permitiría invadir su departamento por un par de días. Confiaba en encontrar su cepillo de dientes en el baño, las pantuflas esperándolo, una botella de su vino preferido enfriándose en la heladera. Cuando al caer la tarde ambos regresaban de sus ocupaciones, a él le gustaba sentarse en el sillón, con una copa en la mano, y mientras mentía atención al televisor, la observaba ir y venir, trajinando por las habitaciones, acomodando, abriendo ventanas y regando las plantas. A veces cenaban en el departamento —por pura comodidad—, otras salían a cenar afuera, como una pareja que celebra su aniversario de casamiento. Se reían de las cosas cotidianas, y compartían sus sueños en la madrugada, luego de hacer el amor. A veces, también discutían, incluso casi violentamente. Ella era testaruda, tenaz en sus convicciones, constante en sus ambiciones. Él, no le iba en zaga.
—¿Qué sentís por mí, Alejandra?
—Te quiero, lo sabés.
—Yo también. Pero no sé cómo. Me parece que solo nos hemos acostumbrado el uno al otro, que nos sentimos cómodos, somos buenos amigos, pero no sé qué más.
—Bueno, eso es querer, también, ¿no es así?
—Sí, es así. No sé.
Alejandra toma una tostada, vacila, la coloca de nuevo en el plato. Lo mira, con seriedad:
—¿Querés terminar?¿Estás cansado?
—No, no, no estoy cansado, Ale, por favor, sabés que no es así.
—Pero querés terminar. A eso, no me contestaste. ¿Hay otra mujer que te importe?
—Es que no, bueno, sí, la hay, pero ella no importa, sabes, es que vengo muy poco a la ciudad. Sucede que...
Él se quedó callado, sin saber cómo continuar. Alejandra tomó de nuevo la tostada y deslizó la mermelada con cuidado, casi con parsimonia. Desde tiempo atrás sabía que habría un desayuno como este. O una salida a un cine. O un banco en la plaza. El corazón se le estruja, pequeño y solitario, pero ella continúa untando la tostada, tomando su café con leche, en silencio. ¿Qué puede decirle? En pocos minutos él saldrá a sus negocios, ella a su trabajo y luego a sus lecciones de pintura; no volverán a hablar —a mirarse a los ojos— hasta la noche, en la estación de trenes. ¿Qué contestar en tan breves instantes al hombre que se ama, cuando la desgana lo invade, así sencillamente, entre un sorbo y otro del café? La vence la inutilidad de cualquier protesta, la imposibilidad de soportar la mansa calma con la que él anuncia su desconcierto de sentimientos. Si le gritara, si jurara detestarla, si golpeara la mesa o proclamara amar a otra mujer..., entonces ella sabría qué hacer, lograría encontrar el núcleo de su desesperación, las palabras incendiarias con las que sacudirlo: «Pero qué pedazo de imbécil que sos, ¿no te das cuenta de que me querés como en tu vida lo has hecho? ¿Tan poco te conocés? ¿Costumbre? ¡Las pelotas!».
Pero no. Entonces...
—No te olvidés de meter los libros en la valija, mirá que no estaré aquí para recordártelo...
—No, no, quedate tranquila. ¿Dónde están?
—En el escritorio, claro, ¡si los dejaste ahí!
—Sí, bueno, estoy algo dormido todavía. ¿Te veo en la estación? ¿O querés que te vaya a buscar a la Academia?
—¿Cómo me vas a ir a buscar, si andás con la valija a cuestas? No seas tonto, nos vemos directamente en la estación.
El vendedor de diarios la observa. Una figura lejana, casi solitaria en el andén, que saluda a alguien que se asoma por la ventanilla, quizás en el coche ocho de la formación. El tren se pone en marcha, con dificultad de viejo asmático; la mano de quien está en la ventanilla se agita, cada vez más borrosa. Ella espera mientras el tren pasa a su lado, hasta que el último coche desparece en la curva. Luego se da vuelta y empieza a caminar, lentamente, como quien desea regresar, volver sobre sus pasos. Un leve aire de tristeza la envuelve; es leve pero está allí, inconfundible, se palpa como si fuese materia, quizás por la caída algo pronunciada de sus hombros, o porque la falda revolotea sin gracia alrededor de sus piernas. El vendedor la observa: es hermosa, la mujer, caminando sin prisa por el andén casi vacío, el bolso colgando de su hombro derecho, el suéter blanco. Bella y triste en sus movimientos, pero no con la tristeza de la melancolía —que es gris plata—, sino con la tristeza de la derrota. Que es gris plomo. La observa sin despegar la mirada de ella, y sin embargo no logra advertir en qué momento la mujer cambia —apenas— el andar; pero de pronto y con sorpresa percibe que el balancear de las caderas ya no es el mismo. Veinte pasos la separan del vendedor, y él ve cómo endereza sutilmente la espalda, cómo levanta la cabeza con vehemencia; solo diez pasos, y la falda ahora se agita libre, oscura contra la piel dorada. Pasa a su lado, altiva, la mirada encendida: una hermosa mujer envuelta en el eco desafiante de sus tacos altos, en el andén vacío.
12/1/10
Blog en hibernación
Amigos, me agotó el intentar que funcione.
Queda en hibernación mientras me tomo unas vacaciones de la blogosfera.
No se preocupen por dejar comentarios... No los podré leer, jejejeje.
Y disculpen que por unos días no pase a visitarlos a ustedes.
Abrazos!
Queda en hibernación mientras me tomo unas vacaciones de la blogosfera.
No se preocupen por dejar comentarios... No los podré leer, jejejeje.
Y disculpen que por unos días no pase a visitarlos a ustedes.
Abrazos!
15/12/09
Chau pesimismo (Mario Benedetti)
Ya sos mayor de edad
tengo que despedirte
pesimismo
años que te preparo el desayuno
que vigilo tu tos de mal agüero
y te tomo la fiebre
que trato de narrarte pormenores
del pasado mediato
convencerte de que en el fondo somos
gallardos y leales
y también que al mal tiempo buena cara
pero como si nada
seguís malhumorado arisco e insociable
y te repantigás en la avería
como si fuese una butaca pullman
se te ve la fruición por el malogro
tu viejo idilio con la mala sombra
tu manía de orar junto a las ruinas
tu goce ante el desastre inesperado
claro que voy a despedirte
no sé por qué no lo hice antes
será porque tenés tu propio método
de hacerte necesario
y a uno lo deja triste tu tristeza
amargo tu amargura
alarmista tu alarma
ya sé vas a decirme no hay motivos
para la euforia y las celebraciones
y claro cuandonó tenés razón
pero es tan boba tu razón tan obvia
tan remendada y remedada
tan igualita al pálpito
que enseguida se vuelve sinrazón
ya sos mayor de edad
chau pesimismo
y por favor andate despacito
sin despertar al monstruo
Mario Benedetti
tengo que despedirte
pesimismo
años que te preparo el desayuno
que vigilo tu tos de mal agüero
y te tomo la fiebre
que trato de narrarte pormenores
del pasado mediato
convencerte de que en el fondo somos
gallardos y leales
y también que al mal tiempo buena cara
pero como si nada
seguís malhumorado arisco e insociable
y te repantigás en la avería
como si fuese una butaca pullman
se te ve la fruición por el malogro
tu viejo idilio con la mala sombra
tu manía de orar junto a las ruinas
tu goce ante el desastre inesperado
claro que voy a despedirte
no sé por qué no lo hice antes
será porque tenés tu propio método
de hacerte necesario
y a uno lo deja triste tu tristeza
amargo tu amargura
alarmista tu alarma
ya sé vas a decirme no hay motivos
para la euforia y las celebraciones
y claro cuandonó tenés razón
pero es tan boba tu razón tan obvia
tan remendada y remedada
tan igualita al pálpito
que enseguida se vuelve sinrazón
ya sos mayor de edad
chau pesimismo
y por favor andate despacito
sin despertar al monstruo
Mario Benedetti
30/11/09
Revista Literaria Prosofagia - Tercera Parte
Breve entrada será esta.
Aún no he recibido los ejemplares impresos. !Snif!
Pero Blanca, querida Blanca, sí. El cartero llamó a su puerta, y ha escrito un texto que vale la pena leer. Muy mucho...
.
18/11/09
Revista Literaria Prosofagia – Segunda parte
Estamos ya preparando, a toda máquina, el quinto número. ¿Cinco, ya? Sí… ¡Cómo pasa el tiempo!
¿Que cómo fue la historia? Bueno…
En el primer número publicamos varias entrevistas, realizadas entre noviembre del 2008 y febrero del 2009. Por estricto orden de aparición: Alberto Vázquez-Figueroa; Rosa Montero; Montserrat Rico Góngora; Arlette Geneve; Julio Maruri. Todos escritores españoles, aunque habitantes de géneros literarios diferentes.
Un primer número sencillo —excesivamente sencillo, para muchos—. ¿Sencillo?
A ver: iniciamos Prosofagia sin saberqué hacer con las líneas huérfanas y viudas. Desconocíamos la existencia de sitios donde se puede publicar una revista para leerla on line. Ninguno de nosotros es diseñador; Pepsi tuvo que empezar desde cero, estudiando programas de diseño profesional (sí, estudiando). Hubo que pensar en todos los detalles: desde qué clase de cuenta de correo electrónico abriríamos hasta cuál sería la frecuencia de aparición de los números.
La toma de decisión con respecto a… ¿a todo? Sí, a todo. Por ejemplo: en los créditos, ¿cómo aparecerían los integrantes del staff y los colaboradores? ¿Nombre real? ¿Nick? ¿Ambos? Ja. Largas discusiones al respecto. Siendo una revista de un foro virtual, lo lógico sería que nos manejáramos con nicks. Pero ¿cuántas revistas adoptan una estructura de tal naturaleza? Hasta donde sé, ninguna. ¿Romper con las tradiciones, así desde el vamos, desde la nada? ¡Hum…!
Sin embargo, las cuestiones verdaderamente complejas fueron otras. Reunir un equipo de personas que nunca habían trabajado juntas, que no se conocen cara a cara, que tienen únicamente la virtualidad como medio de comunicación. Las complicaciones de toda índole se convierten en el pan nuestro de cada día. Justamente, el inicio se nos fue en definir cómo nos comunicaríamos, de qué forma sería la participación, si habría divisiones de trabajo o no, y si las habría, cómo y cuáles. Cuando alguien da las órdenes es sencillo. Cuando se intenta un trabajo horizontal, no lo es.
Y, también, hay que tener en cuenta que la revista nació en un Foro. Si un cuento de diez renglones puede llevar a interminables discusiones y nos lleva a interminables discusiones… , ¿qué puede llegar a suceder en un proyecto de esta naturaleza?
Así que el inicio no fue sencillo. ¡Hubo tantas marchas y contramarchas! Hacer y luego darnos cuenta que había un fallo… y des-hacer para re-hacer.
Las entrevistas, como dije, ya estaban hechas y publicadas en el foro, incluso en pdf, y tras una exhaustiva revisión por parte de más de una persona. Ja. Ja. ¡Ja, ja, ja! Revisamos de nuevo: aparecieron errores, uno acá, otro allá…
Gracias a todos los dioses iniciamos con una estructura simplísima y con material ya elaborado. En caso contrario no hubiéramos llegado a buen puerto ni con el primer número.
Ver una revista desde adentro es ingresar a otro mundo. Es fascinante y se aprende muchísimo. Es trabajo, también, claro. Persistente. No es como participar del Foro; uno no puede decidir, así como así, desaparecer por dos meses, o leer lo que le agrada, escribir lo que desea. No. Hay que estar al pie del cañón.
Hoy, en:
Novedades de Prosofagia
hay una fotografía preciosa.
Me consume la impaciencia.
¿Que cómo fue la historia? Bueno…
En el primer número publicamos varias entrevistas, realizadas entre noviembre del 2008 y febrero del 2009. Por estricto orden de aparición: Alberto Vázquez-Figueroa; Rosa Montero; Montserrat Rico Góngora; Arlette Geneve; Julio Maruri. Todos escritores españoles, aunque habitantes de géneros literarios diferentes.
Un primer número sencillo —excesivamente sencillo, para muchos—. ¿Sencillo?
A ver: iniciamos Prosofagia sin saberqué hacer con las líneas huérfanas y viudas. Desconocíamos la existencia de sitios donde se puede publicar una revista para leerla on line. Ninguno de nosotros es diseñador; Pepsi tuvo que empezar desde cero, estudiando programas de diseño profesional (sí, estudiando). Hubo que pensar en todos los detalles: desde qué clase de cuenta de correo electrónico abriríamos hasta cuál sería la frecuencia de aparición de los números.
La toma de decisión con respecto a… ¿a todo? Sí, a todo. Por ejemplo: en los créditos, ¿cómo aparecerían los integrantes del staff y los colaboradores? ¿Nombre real? ¿Nick? ¿Ambos? Ja. Largas discusiones al respecto. Siendo una revista de un foro virtual, lo lógico sería que nos manejáramos con nicks. Pero ¿cuántas revistas adoptan una estructura de tal naturaleza? Hasta donde sé, ninguna. ¿Romper con las tradiciones, así desde el vamos, desde la nada? ¡Hum…!
Sin embargo, las cuestiones verdaderamente complejas fueron otras. Reunir un equipo de personas que nunca habían trabajado juntas, que no se conocen cara a cara, que tienen únicamente la virtualidad como medio de comunicación. Las complicaciones de toda índole se convierten en el pan nuestro de cada día. Justamente, el inicio se nos fue en definir cómo nos comunicaríamos, de qué forma sería la participación, si habría divisiones de trabajo o no, y si las habría, cómo y cuáles. Cuando alguien da las órdenes es sencillo. Cuando se intenta un trabajo horizontal, no lo es.
Y, también, hay que tener en cuenta que la revista nació en un Foro. Si un cuento de diez renglones puede llevar a interminables discusiones y nos lleva a interminables discusiones… , ¿qué puede llegar a suceder en un proyecto de esta naturaleza?
Así que el inicio no fue sencillo. ¡Hubo tantas marchas y contramarchas! Hacer y luego darnos cuenta que había un fallo… y des-hacer para re-hacer.
Las entrevistas, como dije, ya estaban hechas y publicadas en el foro, incluso en pdf, y tras una exhaustiva revisión por parte de más de una persona. Ja. Ja. ¡Ja, ja, ja! Revisamos de nuevo: aparecieron errores, uno acá, otro allá…
Gracias a todos los dioses iniciamos con una estructura simplísima y con material ya elaborado. En caso contrario no hubiéramos llegado a buen puerto ni con el primer número.
Ver una revista desde adentro es ingresar a otro mundo. Es fascinante y se aprende muchísimo. Es trabajo, también, claro. Persistente. No es como participar del Foro; uno no puede decidir, así como así, desaparecer por dos meses, o leer lo que le agrada, escribir lo que desea. No. Hay que estar al pie del cañón.
Hoy, en:
Novedades de Prosofagia
hay una fotografía preciosa.
Me consume la impaciencia.
2/10/09
Una interrupción en la lectura
Murió. Intentó cruzar la calle sin prestar la atención necesaria. Un camión. Me parece que el conductor no llegó a verlo; tampoco hubiera logrado evitar el choque, creo. Quedó tendido en el pavimento, casi partido en dos. De veras, no exagero: la parte superior y la inferior del cuerpo permanecieron unidas solo por la columna, el músculo y el cuero que lo recubre. El resto, abierto y con las vísceras extendidas en el asfalto. Mucha sangre, claro. Fue feo verlo allí, la mirada fija, turbia, los dientes encajados en las encías. Ignoro porqué sucede. Digo, que las encías queden así, expuestas. ¿Será eso que llaman rigor mortis? Enseguida la gente se amontonó a su alrededor; esos curiosos siempre aparecen, no sé de dónde, pero aparecen. Algunos se compadecían, otros gesticulaban, pero los más solo miraban. Una señora de trajecito sastre insistió en la necesidad de avisar a la policía, a los bomberos, a alguien que retirara el cadáver. No puede quedar esto acá, dijo. Me pareció una propuesta razonable, y pensé que uno de los presentes debería ocuparse. Entonces, antes de que algún curioso se fijara en mí, hice un bollito con la correa y el collar —ahora inútiles— y regresé al banco, a continuar leyendo bajo el cálido sol de otoño.
16/9/09
Sinestesia
No supo qué hacer ante tanto corte de ruta y de calle. Ella solo quería llegar al cumpleaños de la prima Lucía, con el regalo —una remera color lila— envuelto en papel brillante, el maquillaje fresco en sus ojos y el cabello recién arreglado en la peluquería de la vuelta. Pero no lograba salir del barrio, encontrar un colectivo, acceder a una boca de subte. Una marabunta de manifestantes se esparcía por puentes y avenidas, salvo aquellas bloqueadas por gomas incendiadas, camiones de través, peleas a puño y palos entre columnas antagónicas..., y los pies le empezaron a gemir en las sandalias nuevas, los dedos agarrotados entre las tirillas imitación cuero, el empeine forzado por la altura de los tacos. Al cabo de una hora de avanzar, retroceder, intentar un atajo, girar en círculos reflejándose en las mismas vidrieras protegidas por rejas, no le quedó otra que sentarse en un banco, a la entrada de un edificio de departamentos, sacarse las sandalias, estirar los pies, mover los dedos, apoyar la planta en el piso —sucias, las baldosas—, primero el pie izquierdo, luego el derecho, de a uno porque de otra forma el hormigueo y el dolor se volverían insoportables. De pronto, y antes de que llegara a calzarse de nuevo, los que marchaban por la calle comenzaron a correr, agitando las pancartas y vociferando como posesos. Ella miró la estampida sin saber qué hacer; solo atinó a apretar con fuerza su cartera. Uno chocó contra sus piernas extendidas, trastabilló y la insultó a gritos; el que venía detrás se agachó y agarró las sandalias y huyó con ellas, quizá para usarlas como si fueran piedras. Quedó inmóvil, casi acurrucada en el asiento, incapaz de reaccionar, y tampoco lo hizo cuando la granada de gases golpeó contra el árbol que estaba enfrente de su banco. En una perfecta sinestesia, cuando los gases le invadieron la nariz, la boca, los ojos, y le bloquearon la laringe y la tráquea y le cortaron la respiración, los pies dejaron de dolerle. Primero el derecho, luego el izquierdo.
8/9/09
Blanca, entrevistas, y también algo de Cortázar
Nos conocimos con Blanca (Blanca Miosi) hará dos años y medio, en Bibliotecas Virtuales. Entre cuentos y novelas, hemos recorrido juntas caminos de aprendizaje, de pesares y alegrías. Nos hemos divertido, también. Blanca ha publicado su segunda novela y va por la tercera; es mujer ocupada en mil cosas, y sin embargo, !tiene tiempo para entrevistarme!
Y yo, que borroneo cuentos un día sí y veinte no, y no más que eso, me emocioné, me puse extremadamente nerviosa, y en responderle gasté tanto las palabras que tenía conmigo, que he quedado en sllencio durante un par de semanas.
No poco ayudó a ese silencio el leer en el blog de Pepsi la entrada que abrió a propósito de la entrevista. Sabía que estaba armando un pdf. No que lo acompañaría sembrando datos jugosos sobre Estherlix (según ella, me caí de pequeña en una marmita de mate, y eso me otorgó poderes de lectura asombrosos).
Y yo, que borroneo cuentos un día sí y veinte no, y no más que eso, me emocioné, me puse extremadamente nerviosa, y en responderle gasté tanto las palabras que tenía conmigo, que he quedado en sllencio durante un par de semanas.
No poco ayudó a ese silencio el leer en el blog de Pepsi la entrada que abrió a propósito de la entrevista. Sabía que estaba armando un pdf. No que lo acompañaría sembrando datos jugosos sobre Estherlix (según ella, me caí de pequeña en una marmita de mate, y eso me otorgó poderes de lectura asombrosos).
Para quien desee leer ambas entradas:
(Aseguro al potencial lector que podrá encontrar, en ambos blog, entradas bastante más interesantes)
Versión On-line de la entrevista:
Versión On-line de la entrevista:
O en formato pdf para descargar en el siguiente enlace: Esther: una dama misteriosa
Y como Cortázar nunca te deja solitario, rumiando palabras que no encuentras, le pedí prestada una de sus Historias de Cronopios y Famas, para Blanca y Pepsi. Le juré que ambas son cronopios de buena ley, y entonces me dijo que sí.
Conservación de los recuerdos (Julio Cortázar)
Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones». Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.
9/8/09
Revista Literaria Prosofagia — Primera parte
Es curioso que, fomando parte del staff editorial de Prosofagia, recién luego de publicar el tercer número actualice mi blog y hable de ella. No, no es curioso: ha devorado, literalmente, buena parte de mi tiempo disponible para la vida virtual.
Todavía creo que estamos algo locos por lanzarnos en una aventura semejante: foreros casi sin formación o experiencia periodística, que se comunican exclusivamente por vías virtuales, sin lugar de trabajo y sin trabajar para Prosofagia —o sea, sin sueldo con el que comer todos los días—, sin dinero, ensayando un proyecto que abarca los doce meses de cada año.
Pero, en general, los prosófagos estamos algo locos, así que... ¿qué tiene de raro?
Pero, en general, los prosófagos tienen mucho que dar de sí. Relatos, poemas, artículos, ensayos. Fotografías y dibujos y pinturas. Conocimiento. Ideas. Imaginación. Somos muchos, y llegamos al foro desde dos continentes, cargados con las más disímeles expectativas y habiendo recorrido los más dispares caminos.
Con tal potencial, ¿cómo no pensar, suponer, soñar con atreverse a derrumbar los muros del "no se puede" y construir otros que, más que muros, sean redes de comunicación?
Felicitémonos, entonces. Todos: los que han puesto el hombro y los que han sido generosos con sus creaciones y con su tiempo y los que creyeron y apostaron a que sí, a que valía la pena. Todos los que han compartido la emoción de ingresar al foro un día cualquiera, y ver, en el tablón de anuncios, una imagen con un link: el número está en la calle.
Todavía creo que estamos algo locos por lanzarnos en una aventura semejante: foreros casi sin formación o experiencia periodística, que se comunican exclusivamente por vías virtuales, sin lugar de trabajo y sin trabajar para Prosofagia —o sea, sin sueldo con el que comer todos los días—, sin dinero, ensayando un proyecto que abarca los doce meses de cada año.
Pero, en general, los prosófagos estamos algo locos, así que... ¿qué tiene de raro?
Pero, en general, los prosófagos tienen mucho que dar de sí. Relatos, poemas, artículos, ensayos. Fotografías y dibujos y pinturas. Conocimiento. Ideas. Imaginación. Somos muchos, y llegamos al foro desde dos continentes, cargados con las más disímeles expectativas y habiendo recorrido los más dispares caminos.
Con tal potencial, ¿cómo no pensar, suponer, soñar con atreverse a derrumbar los muros del "no se puede" y construir otros que, más que muros, sean redes de comunicación?
Felicitémonos, entonces. Todos: los que han puesto el hombro y los que han sido generosos con sus creaciones y con su tiempo y los que creyeron y apostaron a que sí, a que valía la pena. Todos los que han compartido la emoción de ingresar al foro un día cualquiera, y ver, en el tablón de anuncios, una imagen con un link: el número está en la calle.
26/1/09
El columpio
El chico de enfrente
Me quieree pegaar
Pooor un ajíiiiii
Me quieree pegaar
Pooor un ajíiiiii
—¡Nena! ¡Bajá la voz! ¡No dejás dormir a nadie!
—Sí, mami…
—Hablo en serio. O hacés silencio, o te hago entrar… ¡y a la cama!
—Ta bien, mami…
La niña se impulsó de nuevo, envuelta en el viento del columpio subiendo, bajando, subiendo, la cara levantada al cielo y los ojos cerrados. El lazo carmesí en la cintura hacía juego con el que sujetaba su trenza: una nota de color en el blanco del vestido y de su piel translúcida asomando bajo las puntillas.
por un tomate,
poor una taazaa
de chocoolaateee
poor una taazaa
de chocoolaateee
—¡Nenaa…!
Dejó de cantar. La luz de las estrellas atravesaba sus párpados, y ella no quería que la obligaran a cumplir el rito —absurdo, adulto— de encerrarse en la casa, en el dormitorio, entre sábanas que huelen a muerto y no al rocío que crece en las rosas y los jazmines, en los canteros prolijos y el césped recién cortado del parque.
Volvían de una juerga a las tres de la madrugada, zigzagueando por el medio de la calle.
Voces de borrachos, interrumpidas al observar, entre la maleza y el abandono y los postigos sucios de leyendas obscenas, un columpio subiendo, bajando, subiendo. Solitario, como si bastara la luz de la luna para impulsarlo.
7/9/08
Ruidos en el techo
Me despertó el dolor; no ese de una muela infectada, ni el lacerante de una herida, sino el sordo dolor de músculos agarrotados sobre huesos torcidos. Otra vez me había dormido en el sillón del comedor, el esqueleto mal apoyado sobre el respaldo, la cabeza caída a un costado, los músculos del cuello tironeando para mantener todo junto. Miré la pantalla del televisor: la película había terminado mientras dormía mi sueño de sillón y contracturas. Hay que ser zonza, me dije. Una sensación de náuseas acurrucadas en el estómago me recordó que no había tomado la medicación. Otra zoncera.
Fui a la cocina, llené medio vaso con agua fría, y busqué la tirita de píldoras en la frutera falsa del aparador. Estaba apartando las facturas impagas que flotaban en su superficie cuando me paralizó el ruido en el techo. El galope retumbante, las chapas desencajándose unas de otras casi como si se viniera el techo abajo, y yo allí, frágil en medio de un anunciado derrumbe. Pero no, eran los gatos del vecino, insoportables criaturas insensibles a mi sensibilidad, siempre ocupadas en ignotos menesteres en horarios imposibles. No habría derrumbes, después de todo, y mi fragilidad volvió a solidificarse en cuerpo, órganos y sistemas. Tragué la píldora y el agua y regresé a la cocina para enjuagar el vaso. Eso estaba haciendo cuando el ruido me volvió a paralizar.
Y ahora, ya no se trataba de gatos.
Me vino a la memoria la rima infantil, anoche ya tarde y la noche anterior, llaman a la puerta, tengo que salir y no sé si puedo, me da mucho miedo.
Esta noche, como anoche y la otra noche... cerré la ventana de la cocina, vidrio contra vidrio, madera contra madera. Me apresuré, repasando el mapa de la casa. El baño no, el ventiluz es pequeño, no interesa; al comedor ahora, enredarse en las cortinas de puntillas y encaje, cerrar las hojas de vidrio, tironear la cinta atascada hasta conseguir bajar la persiana. Pasar de largo el dormitorio, las ventanas las cerré antes de la película, correr a la galería, los amplios ventanales abiertos de par en par, que si la galería no sirve para refrescar en verano para qué otra cosa puede servir. Estaba llegando cuando la luz se me fue de todos lados —esta noche, como la otra noche—, súbito cese de propagaciones rectilíneas de haces, de retinas y bastoncillos ópticos, todo ciego, todo inútil. Empecé a tantear los sillones, choqué contra la mesita del teléfono y contuve el gemido por el pie dañado, logré alcanzar la pared de la izquierda, la seguí ladrillo tras ladrillo, revoque tras revoque. Tras un minuto interminable palpé el marco del ventanal. Pensé que lo primero es lo primero, y bajé la persiana metálica de un tirón, de golpe. Luego, más tranquila, recorriendo el vidrio encontré la falleba, la persiana ya baja, el otro vidrio, la otra falleba. Me costó trabajo cerrar ambas hojas y asegurar el pasador, así a oscuras como estaba, así ciega como estaba.
Ya no había más que hacer.
Desandé el camino, ladrillo tras ladrillo, madera lustrada de mesa, pana de sillón, espejo con marco. Al llegar al espacio vacío de la arcada estiré los brazos hasta conseguir tocar la puerta del dormitorio. Desde allí fue más fácil; apenas unos instantes para llegar a la mesa de luz, tironear del cajón, abrirlo, deslizar la mano entre libros, paquetes de cigarrillos y botones sueltos, hasta encontrar la linterna. Guardo una en la mesa, por si los ruidos en medio de la noche, por si la perilla del velador no responde en la oscuridad. Las pilas están un poquito gastadas, la luz es vacilante y vagamente amarillenta, pero sirvió para atravesar el desorden del dormitorio hasta la repisa donde tengo velas y fósforos, precavidamente porque —esta noche y la otra noche.
Podría recorrer la casa armada con mi vela y mi linterna, revisando, reconociendo cada ventana y puerta al exterior, moviendo interruptores de luz, apagar el televisor ahora decididamente inútil, verificar si la puerta de la heladera quedó bien cerrada.
Pero no, mejor no, mejor quedarse en el dormitorio.
Entonces encendí la vela y me senté en la cama, a observar con distraído agotamiento las sombras sobre la pared. Palpé el tobillo que se cruzó con la mesita del teléfono; no parecía necesario preocuparse más por él. Puse en hora el despertador, apagué la vela, acomodé la linterna debajo de la almohada y me acosté, decidida a dormir, pese a todo. Me dije que lo primero a hacer a la mañana siguiente era llamar a la Compañía. No puede ser que caigan dos gotas de agua y corten la electricidad en todo el pueblo.
Mientras tanto —mientras el efecto del somnífero— me acurruqué en la cama, tapándome los oídos, los ojos bien cerrados. Por fin, la lluvia torrencial se descolgó de los truenos premonitorios. Esta noche, como anoche y la otra noche.
Fui a la cocina, llené medio vaso con agua fría, y busqué la tirita de píldoras en la frutera falsa del aparador. Estaba apartando las facturas impagas que flotaban en su superficie cuando me paralizó el ruido en el techo. El galope retumbante, las chapas desencajándose unas de otras casi como si se viniera el techo abajo, y yo allí, frágil en medio de un anunciado derrumbe. Pero no, eran los gatos del vecino, insoportables criaturas insensibles a mi sensibilidad, siempre ocupadas en ignotos menesteres en horarios imposibles. No habría derrumbes, después de todo, y mi fragilidad volvió a solidificarse en cuerpo, órganos y sistemas. Tragué la píldora y el agua y regresé a la cocina para enjuagar el vaso. Eso estaba haciendo cuando el ruido me volvió a paralizar.
Y ahora, ya no se trataba de gatos.
Me vino a la memoria la rima infantil, anoche ya tarde y la noche anterior, llaman a la puerta, tengo que salir y no sé si puedo, me da mucho miedo.
Esta noche, como anoche y la otra noche... cerré la ventana de la cocina, vidrio contra vidrio, madera contra madera. Me apresuré, repasando el mapa de la casa. El baño no, el ventiluz es pequeño, no interesa; al comedor ahora, enredarse en las cortinas de puntillas y encaje, cerrar las hojas de vidrio, tironear la cinta atascada hasta conseguir bajar la persiana. Pasar de largo el dormitorio, las ventanas las cerré antes de la película, correr a la galería, los amplios ventanales abiertos de par en par, que si la galería no sirve para refrescar en verano para qué otra cosa puede servir. Estaba llegando cuando la luz se me fue de todos lados —esta noche, como la otra noche—, súbito cese de propagaciones rectilíneas de haces, de retinas y bastoncillos ópticos, todo ciego, todo inútil. Empecé a tantear los sillones, choqué contra la mesita del teléfono y contuve el gemido por el pie dañado, logré alcanzar la pared de la izquierda, la seguí ladrillo tras ladrillo, revoque tras revoque. Tras un minuto interminable palpé el marco del ventanal. Pensé que lo primero es lo primero, y bajé la persiana metálica de un tirón, de golpe. Luego, más tranquila, recorriendo el vidrio encontré la falleba, la persiana ya baja, el otro vidrio, la otra falleba. Me costó trabajo cerrar ambas hojas y asegurar el pasador, así a oscuras como estaba, así ciega como estaba.
Ya no había más que hacer.
Desandé el camino, ladrillo tras ladrillo, madera lustrada de mesa, pana de sillón, espejo con marco. Al llegar al espacio vacío de la arcada estiré los brazos hasta conseguir tocar la puerta del dormitorio. Desde allí fue más fácil; apenas unos instantes para llegar a la mesa de luz, tironear del cajón, abrirlo, deslizar la mano entre libros, paquetes de cigarrillos y botones sueltos, hasta encontrar la linterna. Guardo una en la mesa, por si los ruidos en medio de la noche, por si la perilla del velador no responde en la oscuridad. Las pilas están un poquito gastadas, la luz es vacilante y vagamente amarillenta, pero sirvió para atravesar el desorden del dormitorio hasta la repisa donde tengo velas y fósforos, precavidamente porque —esta noche y la otra noche.
Podría recorrer la casa armada con mi vela y mi linterna, revisando, reconociendo cada ventana y puerta al exterior, moviendo interruptores de luz, apagar el televisor ahora decididamente inútil, verificar si la puerta de la heladera quedó bien cerrada.
Pero no, mejor no, mejor quedarse en el dormitorio.
Entonces encendí la vela y me senté en la cama, a observar con distraído agotamiento las sombras sobre la pared. Palpé el tobillo que se cruzó con la mesita del teléfono; no parecía necesario preocuparse más por él. Puse en hora el despertador, apagué la vela, acomodé la linterna debajo de la almohada y me acosté, decidida a dormir, pese a todo. Me dije que lo primero a hacer a la mañana siguiente era llamar a la Compañía. No puede ser que caigan dos gotas de agua y corten la electricidad en todo el pueblo.
Mientras tanto —mientras el efecto del somnífero— me acurruqué en la cama, tapándome los oídos, los ojos bien cerrados. Por fin, la lluvia torrencial se descolgó de los truenos premonitorios. Esta noche, como anoche y la otra noche.
20/7/08
Los consejos del Viejo Vizcacha - José Hernández
(756)
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."
(757)
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."
(758)
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."
(759)
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."
(760)
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."
(761)
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."
(762)
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe crer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro."
(763)
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come.
José Hernández (1834 – 1886)
El extracto anterior corresponde a “La vuelta del Martín Fierro” (1879), capítulo XV
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."
(757)
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."
(758)
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."
(759)
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."
(760)
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."
(761)
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."
(762)
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe crer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro."
(763)
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come.
José Hernández (1834 – 1886)
El extracto anterior corresponde a “La vuelta del Martín Fierro” (1879), capítulo XV
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