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10/3/13

El título de una novela



Esta entrada es una extensión (o deformación, según se desee) de mi contribución a la sección «Grageas literarias», Prosofagia16.

Es indudable la importancia del título en una obra literaria. ¿Cuál sería, entonces, un buen título? ¿Uno que refleje o condense el sentido de la obra, o bien que exprese la intencionalidad del autor al escribirla? ¿Uno que sea original y atraiga la atención del posible lector? ¿Aquel que sea factible de ser convertido en mantra, que se imprima como mantra en la mente de los lectores?


Umberto Eco, en sus Apostillas a El Nombre de la Rosa, escribe:

«El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título. Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Rojo y Negro o Guerra y Paz».

O sea, habla del título de la obra como un aspecto más del paradigma en el que se inserta el acto creativo de esa obra. Él asume a la novela como una máquina de generar interpretaciones. No únicamente la narración de una historia: la novela está allí para promover, incentivar, desatar el pensamiento del lector. El narrador no solo se reprime de explicar: también evita facilitar esa tarea interpretativa que ejerce el lector. Por eso le preocupa que el título regimente las ideas.

El mundo real tampoco explica ni ofrece una única interpretación. La Luna no se explica a sí misma. No puede: "explicar" es un verbo humano. No ofrece una única interpretación sobre sí misma: la Luna de los astrónomos no es la Luna de Ítalo Calvino en Las Cosmicómicas, ni la de los marinos en alta mar ni tampoco la de los enamorados o la de los licántropos. Desde este punto de vista, una novela que sea una máquina de generar interpretaciones puede ser considerada como una representación fiel de nuestra relación con el mundo real, por más fantástica que sea su trama. En una novela fantástica de esta naturaleza la narración se alejará de los hechos del mundo real; las claves de esa narración, en cambio, serían más cercanas a la realidad que cualquier crónica de hechos verídicos, si es que esta crónica cierra caminos interpretativos.

Por supuesto, al afirmar lo anterior estoy mirando al mundo desde un paradigma alejado del positivismo a ultranza. De la misma forma que Umberto Eco habla del título de una novela desde su paradigma de concepción de la novela.

Volviendo a las Apostillas… Cuenta, también, que el título provisional de su novela fue La abadía del crimen, título que, sin dudas, cierra caminos interpretativos, mientras que el definitivo, El Nombre de la Rosa, los abre casi hasta el infinito. Creo que este ejemplo es suficientemente claro: ¿cómo suponer siquiera que El Nombre de la Rosa podría haberse titulado La abadía del crimen? ¡Hubiera sido terrible! Desde el vamos el título encasillaría a la novela, en la mente del lector, como novela policial.

«La idea de El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.»

Mientras leía recordé uno de los (para mí) mejores títulos de una novela: Cien años de soledad. Es un título mágico, que despierta la atención y se queda prendido a las neuronas, se recuerda, se afirma en la memoria. Mas ¿qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Pues… ¡Hay que leer la novela entera! ¿Puede, el lector, comprender el significado del título mientras va leyendo? Creo que es muy difícil. Uno lee y lee y puede imaginar muchas cosas, pero sigue sin saber realmente el porqué del título. Hasta el último párrafo. Allí el título se explica y al explicarse también aflora el significado último de toda la novela. El título de Cien años de soledad, como el de El Nombre de la Rosa, solo puede captarse «a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades». (Aunque no son casos idénticos, por cierto.)

En las antípodas tendríamos las novelas que deliberadamente conducen a interpretaciones acotadas. Utilizando el razonamiento y las palabras de Eco, ¿sus títulos deberían regimentar ideas en vez de confundirlas? Pienso en un ejemplo: Mujercitas. Luoise May Alcott no quiso, evidentemente, crear una máquina de producir interpretaciones. Y en ese sentido el título es honesto: ya desde el vamos regimenta las ideas del lector.

Hablando de honestidad, Eco hace una referencia a ella:

«Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción».

Es cierto: es un título deshonesto. O un acto de ilusión de un mago, que nos hace mirar su mano derecha cuando es la izquierda la que lleva adelante el truco. Y luego el mago hizo exactamente lo que pregona Eco: tituló la continuación como Veinte años después. ¡Nada de regimentar ideas!

Un caso interesante es el de la novela de Mary Shelley: Frankenstein o el moderno Prometeo. El título nos dice cómo leer la novela. Nos dice cuál es la clave interpretativa a utilizar para comprender la historia (si bien utilizar esa clave no es nada sencillo desde la óptica de este siglo 21). El cine,  posteriormente, convirtió la obra de Shelley en un clásico que todo el mundo conoce. Pero lo hizo destruyendo esa clave inicial: los títulos de las películas se redujeron a Frankenstein, a secas. Podía ser Frankenstein I, II, el regreso, la ida o la vuelta, pero siempre Frankenstein a secas. ¿Abrió interpretaciones al eliminar la clave existente en el título inicial? No, porque simultáneamente redujo la novela a una historia de monstruos, castillos sombríos y terror (luego ello cambió un poco, pero ya el imaginario colectivo estaba formateado). La reducción fue tan drástica que incluso hoy muchas personas creen que Frankenstein es el monstruo. La alteración del título original abrió ventanas, pero el discurso narrativo se apresuró a cerrar esas nuevas ventanas… y las viejas también.

8 comentarios:

Boris Rudeiko dijo...

Enhorabuena, Esther. Una excelente entrada. Habrá que pensarse mucho más el título de una obra. Me inclinaría por uno que no explique de qué va.
Besos.
Boris

Esther dijo...

También yo, Boris: me gusta la idea de que una novela es una máquina de generar interpretaciones.

¿Un cuento?

Abrazos!
Esther

Vanessa Navarro Reverte dijo...

Un artículo muy interesante y didáctico. Coincido en tu elección de "Cien años de soledad" como paradigma de buen título, por todas las razones que expones.
Desde mi experiencia, encontrar un título adecuado resulta una tarea complicada. Muchas veces se me ocurre una palabra o frase y ya no puedo abandonarla, aunque no sea la mejor elección.
Quizás en la actualidad, el que sea de algún modo indicativo de lo que vamos a encontrar en la novela es lo más común.
Un abrazo.

Esther dijo...

¡Hola, Vanessa!

Sí que es tarea complicada encontrar el título adecuado. Quizás los casos que mencionás, en los que surge un título sin más y se niega a dejarse eliminar de la mente, sean los que mejores resultados dan: son actos de inspiración pura.

Todavía me estoy preguntando qué tienen (o no tienen) de común los títulos de las novelas con los de los cuentos y los de las poesías. ¿Se pueden considerar equivalentes, o esto sería una simplificación desmedida?

Abrazos!
Esther

Alejandro Laurenza dijo...

Me queda dando vueltas para cuando llegue la hora de titular la segunda novela. Eso ocurrirá seguramente luego del punto final, o poco antes.

Buen artículo, Esther.

Saludos!

Esther dijo...

Hola, Alejandro, gusto de verte por aquí...

Si este artículo te "da una mano" a la hora de titular la novela me sentiré más que bien; luego del punto final o poco antes: sí, creo que uno o tiene el título desde el inicio (casi como disparador) o recién aparecerá al final, tras largas meditaciones.

Un abrazo,
Esther

dafd dijo...

Qué interesante. El título puede ser una mera matrícula, un escurridizo acertijo, o incluso llegar a convertirse en un aleph pequeñito de la novela.

Esther dijo...

Genial, dafd: una mera matrícula, un acertijo, un pequeño aleph.

No podría encontrar mejor forma de describir las opciones.

Un abrazo!
Esther