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10/1/08

De felinos y poemas

Tenía trece años, un mes y diez días cuando se le partió el corazón en dos pedazos.

Fue al salir de la escuela, un mediodía frío, luminoso y celeste, uno de esos mediodías celestes tan raros en invierno y tan imposibles en cualquier otra estación del año. Se tardó unos minutos en la puerta, acordando con sus amigas a qué hora ir a la biblioteca, por el trabajo de geografía. Luego se acomodó la bufanda y comenzó a caminar rápido, sacándose de encima la escuela, perdiendo el olor de la escuela en la leve brisa, olvidando el polvo de la escuela en la vereda de baldosas rojas.

Recién al dar la vuelta a la esquina Elena miró hacia la vereda de enfrente. Él estaba apoyado contra el fresno de la verdulería, con esa extraña cualidad de reposo del felino que, aún relajado, está preparado para saltar sobre su presa. Sonreía y hablaba. La bicicleta del muchacho (azul y amarilla) estaba tirada en el piso, descuidadamente, como un objeto sin importancia. El vaquero desteñido, las zapatillas rojas con los cordones mal anudados, una apoyada suavemente contra el tronco. La chiquilina (estúpida) movía la cabeza negando y agitando su melena de miel (de paja), reía (zorra), la brisa movía la faldita tableada de escuela privada (zorra, zorra) y ella reía (zorra, zorra, zorra).

Entonces, a Elena se le partió el corazón en dos pedazos.

De él, sólo tenía algunas breves charlas, un par de cumpleaños en los que coincidieron y él le dedicó miradas distraídas. Lo que más tenía era un puñado de risas y charlas femeninas, horas de inconexos diálogos sin más objeto que decir su nombre, escuchar su nombre. Lo acabo de ver pasar por la plaza, a las cinco lo ví con la raqueta entrando al club, ¿viste qué bien le queda la campera nueva?, y entonces me dijo: “hola, qué tal”.

Elena está observando su derrota, allí, a la sombra del fresno, y su derrota es tan contundente que ni siquiera puede gritar, enojarse, cruzar la calle y cazar al tigre con una flecha incendiaria justo en el corazón. Porque él a duras penas sabe que Elena existe, y eso la desarma de todos los arcos y fusiles del mundo.

Sólo pudo continuar su camino, con los pedacitos de corazón latiendo sin compás ni armonía, las lágrimas que caen, las manos apretadas en la impotencia de ningún arma, ningún grito, ninguna esperanza.

No se sintió con fuerzas para soportar el almuerzo familiar, las explicaciones, para desnudar su mísero fracaso de amor infantil. Pretextó dolor de cabeza... ¡ese examen de matemáticas! Subió a su habitación, se desvistió y se puso el camisón sólo para evitar la cháchara de su madre, que si por ella fuese se tiraría en la cama así nomás, bufanda y zapatillas y libros gastados. Bajo la manta, la cabeza escondida bajo la manta, lloró su corazón roto hasta quedarse dormida.

En algún momento de esa tarde interminable de té con limón, de “pero no tenés fiebre”, “si seguís así llamo al médico”, “nene, andá a otro lado, no hagas ruido, ¿no ves que tu hermana no se siente bien?”, “llamó María pero le dije que te dolía la cabeza y estabas durmiendo”... en algún momento de esa lenta tarde se hizo la noche; su padre apagó el televisor de la salita, cesaron los ruidos en el baño, y sólo ella quedó despierta en la casa, velando solitariamente sus pedacitos de corazón. Pero a medianoche su estómago joven gruñó sin piedad ni verguenza alguna. Elena se calzó las pantuflas, cargó sobre sí los ojos hinchados, los nudos del cabello revuelto, fue al baño, a la cocina; y sin ánimo de preparar aunque sea un sandwich, cortó un pedazo de tarta de verduras fría. El primer trozo le sentó bien; cortó otro y lo llevó a la salita. No es que pensara en encender el televisor, sólo que las luces blancas de la cocina lastimaban. Ya la segunda porción fue, ¿cómo decirlo?... le deshinchó un poquito los ojos. Distraídamente observó la biblioteca, ese objeto que parecía existir sólo para compartir la habitación con el televisor. La biblioteca que rodeaba al pasar, como una molestia, a la que no se acercaba nunca, por miedo a vaya a saber qué contaminaciones, qué enfermedades. Esa noche, junto con el tercer y último pedazo de tarta, una manzana y un vaso de gaseosa, se llevó a la cama un libro elegido al azar. Lo abrió al azar, también. Las oscuras golondrinas que ya no volverán, desengáñate, como te amé no te amarán.

A él, al que escribió el poema, también se le había roto el corazón en pedacitos. Lloró de nuevo, esta vez por ella y por él, por el que escribió el poema. Y eso la consoló un poquito, apenas un poquito, tanto como un poquito.

Al día siguiente se levantó temprano para ir a la escuela, como siempre. Ejecutó toda las rutinas y llegó puntual a la escuela, sólo que sus ojos estaban algo enrojecidos. Las amigas la acosaron a preguntas; está mal acosar a alguien con preguntas, ¿no es cierto? Sobre todo cuando el corazón se te ha partido. Pero en el recreo les contó. La cofradía se puso en movimiento, aprendices de guerreras en estas lides del amor. Dos se hicieron cargo de Elena -no te preocupes, es un idiota, ya te lo decía yo, además seguro que vos viste mal-, la otra empezó a buscar datos de la chiquilina (zorra), aquella propuso planes para seguirlo a él a sol y sombra.

Quizás tanto plan hubiera dado resultado, quién sabe, pero el caso es que Elena se olvidó de él dos semanas después, cuando en el supermercado contrataron a un joven repartidor de ojos dulcemente castaños y chispas en la sonrisa.


Los años pasaron. Elena ya ni recuerda el nombre de él, apenas su bicicleta azul y amarilla, tirada al lado de un fresno. Cuando de vez en cuando se encuentra con la pandilla de la escuela, a veces se pregunta qué habrá sido de él. ¡El corazón se le partió tantas veces desde aquel día! Siempre cree que no logrará arreglarlo, pero sí, se le arregla de nuevo, es algo que los corazones hacen solos, lo deben aprender en el útero materno. Por las dudas, por si es necesario ayudarlo a encajar arteria con arteria, vena con vena, célula con célula, ella sigue leyendo poesía. Bueno, también escribe poesía. A decir verdad, escribe mucho. Por cierto, está adquiriendo una sólida fama como joven promesa literaria. Sabe que ese día, a los trece años, un mes y diez días, el jovencito de la bicicleta azul y amarilla echó a rodar pequeñas casualidades enredadas entre sí, y por puro azar le abrió futuros impensados. No es que, después, el azar haya faltado a las citas con ella, no, no, siempre asistió puntualmente a cada encrucijada. Sólo que ella aprendió a vivir su vida, a golpes, con pasos de baile, con caricias, a empujones. La construyó de a poco, con estrellas fugaces, horarios de oficina, flores en el cementerio, visitas al ginecólogo, el olor salobre del mar, el corazón rompiéndose y arreglándose. La construyó silenciosamente, con decisión y también con dudas. En ésta su vida le es suficiente recordar la bicicleta azul y amarilla al lado del fresno, para volver a ver con nitidez y ternura a la niña que fue y todavía es, saludándola del otro lado del espejo.

Elena pensaba distraídamente en todo esto y en muchas otras cosas, mientras esperaba que el café se enfriara lo suficiente. Se había dormido, no tenía mucho tiempo si quería pasar por la farmacia antes de ir a la oficina. Ya estaba terminando su último libro. Trataba, todo él, de los dulces ojos castaños que irrumpieron en su vida hace menos de dos años. Su dueño dormía, probablemente con el cobertor caído, seguro abrazado a su osito nuevo pero ya maltratado. Sin dudas alguna, había reservado sus mejores poemas para este ahora, para crearlos en este ahora único de su vida, con el corazón ya entero e indivisible y completo y abrumado por tanto amor que hasta traduce pañales sucios en una línea de poesía. Sale y camina apurada las dos cuadras hasta la farmacia, el monedero, el paraguas y las llaves de la casa. Se impacienta con un cliente que no parece estar seguro qué quiere comprar, a qué vino a la farmacia. Fastidiada, observa a los dos muchachos que ingresan empapados por la lluvia, veinte y pico o treinta años, parecen algo idos, gritan mucho, qué es lo que gritan, por qué gritan, la farmacéutica se congela de miedo, el señor de las gafas también, Elena también, todos se congelan. La farmacia es una pulcra fotografía en blanco y negro, de pronto nadie habla, nadie grita, y en ese instante alguien trata de entrar empujando con fuerza la puerta, la puerta choca contra uno de los asaltantes, él tambalea, casi cae, su compañero se asusta. Elena, en un extraordinario microsegundo de lucidez, se da cuenta que está pensando su mejor poema, las imágenes se le agolpan en la mente y las convierte en palabras sin esfuerzo alguno, encuentra antónimos y parónimos y sinónimos sin siquiera buscarlos. Con el corazón roto en dos pedazos por última vez, irrevocablemente y sin posibilidad de arreglo, cae al suelo, recordando (ahora sí) la cara y el nombre de su antiguo amor. Seguro que la bicicleta azul y amarilla está apoyada en la pared, a la entrada de la farmacia.

10 comentarios:

Luna dijo...

Hola Esther! Soy la hija de Margartia. Hoy he estado mirando sus blogs favoritos y entre ellos encontré el tuyo.

Este relato me ha encantado. Te hace pensar en los amores y desamores que tenemos todas cuando somos pre-adolescentes, cuando somos adolescentes y ya siendo adultas... Lo insignificante que parece algo que tanto significado tenía en aquella época... y lo difícil que es olvidar, verdad?

También me ha gustado el final. El mundo es un pañuelo en el que a veces encuentras cosas interesantes y cosas, también, desagradables... Así es la vida.

Besos
LUNA

Esther dijo...

Hola, Luna, qué gusto tu visita... sí, te "conozco" un poquito a través de blogs y comentarios... y has abierto uno, veo (ya me pasaré)

Los amores sufren rápidos "desamores" cuando pre-adolescentes o adolescentes... aunque muchas veces, nos marcan, pese a su fugacidad. A veces, también, los volvemos a encontrar allende los años;aunque (espero) con finales diferentes a éste...

Gracias por tu comentario, Luna.

Un abrazo,
Esther

mi primo y yo dijo...

Hola prima.

Me pongo a leer tu relato y,ya por la parte central, me digo: hoy está sacando la vena poética bien, bien, bien.
Sigo leyendo; voy recordando esos momentos que ya uno vivió, los "veo" en tu escrito, me dejo llevar por toda esa atmósfera que creas y ¡zas! tres párrafos y una bicicleta azul y amarilla me lleva al final más inesperado.

Me sorprendo diciendo: Esto está bueno, bueno, bueno.

Saludos

PD:
Sabes que me gustan resaltar las imágenes que se crean en los textos. En este caso es facil, porque me quedo con todo el texto.

Pablo dijo...

Buf esther, iba a pasarme un momento por tu blog y ha sido un momentazo, ¡menudo cuento! Si has leído ya el mp, espero que hablemos mañana tranquilamente.

Como dicen ruin y juan, has dejado salir tu lado poético, ¿vés que no es tán difícil? Solo hace falta estar inspirado, podrías hacer buenos poemas si te lo propusieses ;).

Un placer leerte compañera, un abrazo :D

Esther dijo...

!Hola, primo de España!

Realmente un gusto que encuentres una cierta vena poética en el cuento, con imágenes que te recordaron a la atmósfera esa, la de los años jovencitos, en los que había escuela y bicicletas y amores imposibles y que duraban una eternidad.
Gracias por tu apreciación de la calidad del texto. Alegra, viniendo de los primos españoles...

Un abrazo,
Esther

Esther dijo...

Vaya, Pablo, qué lindo comentario el tuyo... ¿te quedaste más de lo pensado, por aquí? Mmm... pero te dejo las poesías a vos, que te luces más de lo que podría lucirme en cien años.

Un cariño,
Esther

hanksiolitico dijo...

Me has llevado de la mano de tu exquisita sensibilidad (zorra, qué bien suena en tus dedos) de bueno en mejor hasta ese final cerrado, tan súper cerrado que me ha sacado del goce supremo con un pescozón.

Ay, soy tan ajeno a las conclusiones explícitas...

No, decididamente no me gusta el final, que por lo que veo es el secreto de tu cuento, la chispa que lo hizo nacer.

Yo estaba a otro nivel, justo a varios palmos del suelo y viéndolo todo con ojos de recien nacido cuando me has echado encima un desenlace de película de toda la vida. ¿Cómo compaginar la forma en que describes cómo la niña vuelve a lal vida, se materializa conforme se va tomando porciones de tarta con esa terminación que huele a truco de salón?

¿Está en mí el problema, Esther?

Esther dijo...

¿Una de cal y otra de arena, Hank? Jejejejeje...

Ambas son bienvenidas, por cierto.
Que hables de sensibilidad, y de estar varios palmos por encima del suelo... eso me halaga, y mucho, conociendo tus escritos.

También es bienvenida tu crítica del final. No está en vos el problema, eso es seguro; también he tenido y sigo teniendo mis dudas al respecto. Eso sí, el cuento no fue escrito a partir del final, sino alrededor del párrafo que inicia en:
“el jovencito de la bicicleta azul y amarilla echó a rodar pequeñas casualidades enredadas entre sí, y por puro azar le abrió futuros impensados.”

Azar y necesidad, justamente. Enredo de casualidades que hacen que el azar y la necesidad se confundan entre sí.

Pero admito que no estoy conforme con la forma en la que está desarrollada la trama alrededor de este nudo, y mi inconformidad se basa justamente en la crítica que hacés. Sospecho que en algún momento sedimentará lo suficiente como para arremangarme y revisar muy a fondo el final, ya sea incorporándolo más al texto, o ya sea modificándolo.

Así que dobles gracias por pasar por aquí, Hank

Un abrazo,
Esther

Anónimo dijo...

La chiquilina (estúpida) movía la cabeza negando y agitando su melena de miel (de paja), reía (zorra), la brisa movía la faldita tableada de escuela privada (zorra, zorra) y ella reía (zorra, zorra, zorra).

Apenas dos líneas que valen por todo el cuento. Magnífico. Igual que éste:

Bajo la manta, la cabeza escondida bajo la manta, lloró su corazón roto hasta quedarse dormida. En algún momento de esa tarde interminable de té con limón, de “pero no tenés fiebre”, “si seguís así llamo al médico”, “nene, andá a otro lado, no hagas ruido, ¿no ves que tu hermana no se siente bien?”, “llamó María pero le dije que te dolía la cabeza y estabas durmiendo”... en algún momento de esa lenta tarde se hizo la noche; su padre apagó el televisor de la salita, cesaron los ruidos en el baño, y sólo ella quedó despierta en la casa, velando solitariamente sus pedacitos de corazón. Pero a medianoche su estómago joven gruñó sin piedad ni verguenza alguna. Elena se calzó las pantuflas, cargó sobre sí los ojos hinchados, los nudos del cabello revuelto, fue al baño, a la cocina; y sin ánimo de preparar aunque sea un sandwich, cortó un pedazo de tarta de verduras fría.

Pero...

Lo acabo de ver pasar por la plaza...

Sería Acabó de verlo pasar por la plaza... pero ni así.

Hola, qué tal >> Hola, ¿qué tal?...

No está acabado, hay que pulir. Pero es muy bueno.

Saludos.

Esther dijo...

Hola, anónimo

Me alegra que señales esos dos fragmentos: son de los que más me gustan, y en parte no resultaron fáciles de lograr.

Falta pulir, es cierto; aunque no creo que en las líneas que señalas: son representativas de los diálogos que ella sostiene sobre él (no con él), y por consiguiente las expresiones son, en gran medida, coloquiales.

Saludos,
Esther